Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
NovelToon tiene autorización de andrea para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 10
—Creo que necesito un descanso de tanta gente —dije, después de que Erick se alejara para saludar a otro grupo de invitados, dejándonos momentáneamente solos.
—El balcón sigue disponible —respondió Kael, todavía con esa tensión apenas perceptible en los hombros que no se había disipado del todo desde el encuentro con Theodore.
—Pensé que odiaba la idea de quedarse ahí arriba.
—Las circunstancias cambian.
No discutí. La verdad era que después de tantas conversaciones, sonrisas forzadas y miradas evaluativas de toda la corte, un poco de aire fresco y distancia sonaba exactamente a lo que necesitaba.
Subimos juntos, y el ruido de la fiesta se atenuó considerablemente en cuanto cerramos la puerta del balcón detrás de nosotros. La noche estaba despejada, con esa clase de cielo estrellado que en mi vida anterior solo veía en fotografías, demasiado opacado por la contaminación lumínica de la ciudad. Me apoyé contra la baranda, dejando que el aire frío me refrescara después del calor sofocante del salón.
—¿Theodore Ashford? —dijo Kael, después de un silencio que duró más de lo que esperaba.
—¿Qué hay con él?
—Solo pregunto.
—No suena a que solo esté preguntando.
—Es una pregunta perfectamente neutral.
—Su tono no tiene nada de neutral, Majestad.
Kael se apoyó contra la baranda a una distancia prudente de mí, con la vista fija en el jardín iluminado por antorchas que se extendía más allá del salón.
—Solo me parece curioso —dijo finalmente— que mi prometida tenga un... amigo de la infancia tan efusivo.
—Theo es así con todo el mundo —respondí—. Es parte de su encanto.
—Qué conveniente que use exactamente la misma palabra que él usó antes.
—¿Está celoso, Su Majestad?
—Por supuesto que no —respondió, demasiado rápido para resultar convincente.
—Porque sonó exactamente a eso.
—Los reyes no sienten celos, Lady Evelyn.
—Ah, entonces es una emoción reservada solo para nosotros los mortales comunes —respondí, sin poder ocultar la sonrisa que se me escapaba—. Qué interesante distinción.
—No dije eso.
—Lo insinuó.
—Usted tiene una habilidad particular para retorcer mis palabras.
—Y usted tiene una habilidad particular para evitar admitir lo obvio —contraataqué, girándome para mirarlo directamente—. Pero está bien, Majestad. No necesita confirmarlo. Su expresión durante toda la conversación con Theo lo dijo todo.
Kael se giró también, y por un momento sus ojos verdes se encontraron con los míos con una intensidad que no esperaba.
—¿Y si lo estuviera? —preguntó, su voz más baja de lo habitual—. ¿Eso le resultaría divertido?
La pregunta me tomó desprevenida, lo suficiente para que tardara un segundo en responder.
—Me resultaría... revelador —dije finalmente, recuperando la compostura—. Considerando que hace apenas unos días usted mismo me dejó bastante claro que yo era la persona más fastidiosa que había pisado su palacio.
—Las circunstancias, como dije, cambian.
—¿Ahora soy menos fastidiosa, entonces?
—Nunca dije que fuera menos fastidiosa —respondió él, con esa media sonrisa que ya empezaba a reconocer como su versión personal de rendirse sin admitirlo del todo—. Solo dije que las circunstancias cambian.
—Ah, claro, cómo olvidarlo. Su infinita claridad al hablar.
—Es un rasgo poco apreciado.
—Es un rasgo absolutamente insufrible —corregí, aunque sin verdadero veneno en la voz—. Pero, en fin, ya me estoy acostumbrando.
—¿Eso significa que empiezo a agradarle, Lady Evelyn?
—Significa que estoy desarrollando una tolerancia notable a personalidades insoportables —respondí—. No confunda eso con afecto.
—Qué lástima —dijo él, con un tono que sonaba genuinamente decepcionado, aunque disfrazado de ligereza—. Y yo que empezaba a creer que estábamos progresando.
—¿Progresando hacia qué, exactamente?
—Hacia una tolerancia mutua aceptable, supongo —respondió, aunque algo en su expresión sugería que no era exactamente eso lo que había querido decir.
Nos quedamos en silencio un momento, observando el jardín iluminado y el distante murmullo de la fiesta que continuaba sin nosotros. El viento nocturno movía mi cabello, y a pesar del frío relativo, no sentí ningún impulso de usar mi magia para calentarme, extrañamente cómoda en ese silencio compartido.
—Theodore mencionó que estuvo gravemente enferma —dijo Kael, rompiendo el silencio con un tono más serio—. Antes de que despertara.
—Así es.
—¿Qué tan grave?
Lo miré, sopesando cuánto quería compartir de una verdad que él jamás podría comprender del todo: que la "enfermedad grave" había sido en realidad mi muerte, en otro mundo completamente distinto, por una pastilla para la tos que cualquier persona normal habría tomado sin problema alguno.
—Grave —respondí finalmente, eligiendo la versión más simple de la verdad—. Lo suficiente como para que todos pensaran que no despertaría.
Algo cambió en la expresión de Kael, una seriedad que no había visto antes, despojada por completo de su arrogancia habitual.
—Pero despertó —dijo, casi como si necesitara confirmarlo en voz alta.
—Desperté —confirmé—. Diferente, quizás. Pero aquí estoy.
—Diferente ¿cómo?
—Es difícil de explicar —respondí, evadiendo la pregunta con la habilidad de alguien que llevaba practicando esa evasión específica desde el primer día—. Digamos que la fiebre me hizo ver las cosas de otra manera.
Kael me observó un momento más, como si intentara descifrar algo que no terminaba de encajar del todo, pero finalmente pareció decidir no presionar más.
—Bien —dijo, en cambio—. Sea cual sea esa "otra manera" en que ahora ve las cosas, debo admitir que resulta... considerablemente más interesante que la versión que esperaba conocer.
—¿Eso es un cumplido, Majestad?
—Es una observación —respondió, repitiendo deliberadamente sus propias palabras de antes, con esa sonrisa torcida que ya empezaba a resultarme casi entrañable, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
—Suena sospechosamente a un cumplido —repetí también, sosteniéndole la mirada.
Por un momento, ninguno de los dos dijo nada más, simplemente sosteniendo esa mirada cargada de algo que ninguno parecía dispuesto a nombrar todavía, mientras abajo la fiesta continuaba completamente ajena a lo que sea que estuviera empezando a formarse, lento y terco, en ese balcón silencioso.