Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Consejo
La oficina permanecía completamente en silencio.
Edward seguía de pie detrás del escritorio.
Harriet permanecía frente a él.
Ninguno hablaba.
Finalmente, el duque carraspeó ligeramente.
Todavía se sentía algo incómodo por la inesperada visita.
—Lady Harriet...
Señaló uno de los sillones frente al escritorio.
—Por favor. Tome asiento.
Harriet sonrió con educación.
—Gracias.
La sonrisa era impecable.
Pero cualquiera que la observara con atención notaría que no estaba feliz.
En absoluto.
Edward también se sentó.
Entrelazó las manos sobre el escritorio.
—¿Qué necesita?
Harriet respiró profundamente.
[Con calma.]
[No vine a pelear.]
[Aunque sí tengo muchas ganas.]
Lo miró directamente.
—Creo que debemos dejar algunas cosas claras.
Edward asintió.
—La escucho.
Harriet cruzó lentamente las manos sobre su regazo.
Su voz era tranquila.
Sorprendentemente tranquila.
Y precisamente por eso...
Resultaba más intimidante.
—Primero...
Hizo una pequeña pausa.
—Si usted decidió ignorarme... Es su decisión.
Edward levantó ligeramente las cejas.
Ella continuó.
—No puedo obligarlo a hablar conmigo. Ni pretendo hacerlo.
El duque permaneció en silencio.
Harriet siguió.
—Pero...
Sus ojos adquirieron una firmeza distinta.
—Ignorar también a los niños... Eso sí me parece inaceptable.
Edward abrió apenas la boca para responder.
Pero Harriet levantó un dedo.
—Permítame terminar.
El duque volvió a guardar silencio.
—Voy a darle un consejo que usted nunca me pidió.
Hizo una breve pausa.
—Sus hijos...
Una sonrisa muy pequeña apareció en su rostro.
Esta vez era completamente sincera.
—...son adorables.
Edward la observó.
—Son curiosos. Se ríen por cualquier cosa. Eric intenta agarrarlo todo. Ellie cree que cada flor existe únicamente para ella.
Harriet bajó un instante la mirada, recordando las pequeñas travesuras de ambos.
Después volvió a mirarlo.
—Y usted...
Su voz se volvió mucho más suave.
—...se está perdiendo todo eso.
Aquellas palabras hicieron que la oficina quedara completamente en silencio.
Edward sintió una extraña presión en el pecho.
Intentó responder.
—Lady Harriet...
Pero ella continuó.
—Creo que...
Respiró profundamente.
—Quizá no solo debería contratar niñeras...
Hizo otra pausa.
—O comprar una esposa.
Edward permaneció inmóvil.
Harriet no elevó la voz.
No era necesario.
—También debería asumir sus responsabilidades como padre.
El duque volvió a intentar intervenir.
—Yo...
—Y antes de que diga que trabaja por ellos...
Lo interrumpió nuevamente.
—Lo sé.
Edward cerró la boca.
—Sé perfectamente que administra un ducado. Sé que tiene obligaciones. Y también sé que todo esto es un matrimonio por contrato.
Harriet dejó escapar una pequeña sonrisa cargada de ironía.
—Créame... No soy tan ingenua como para pensar que esto fue una historia de amor.
Edward sintió un ligero remordimiento.
Harriet continuó.
—Sé que mi padre...
Su expresión cambió apenas.
Había un dejo de tristeza.
—Lord Yeser... Prácticamente me vendió.
Edward levantó lentamente la vista.
—Sé que el contrato establece un mínimo de un año. Y que antes de ese plazo ninguno de los dos puede solicitar la disolución del matrimonio.
Sonrió con amargura.
—Créame. Leí el contrato con bastante atención.
[Porque después de morir una vez...]
[No pienso firmar nada sin leerlo.]
[Aunque revivi cuando ese maldito contrato ya estaba firmado, aun asi sé lo que puedo hacer]
Edward seguía escuchándola sin interrumpir.
—No espero que me quiera. Ni siquiera espero agradarle.
Se encogió ligeramente de hombros.
—Y, siendo sincera... Eso tampoco me importa demasiado.
Edward sintió un pequeño golpe en su orgullo.
[Eso fue directo.]
Harriet volvió a hablar.
—Pero aunque nuestro matrimonio sea únicamente un acuerdo...
Su mirada se volvió completamente seria.
—Ellos siguen siendo sus hijos. Y usted... Sigue siendo su padre.
Terminó de hablar.
Por fin.
La oficina quedó completamente en silencio.
Edward respiró lentamente.
Ahora...
Por fin...
Podía responder.
Abrió la boca.
Pero en ese mismo instante volvió a mirarla.
La luz del atardecer entraba por la enorme ventana del despacho.
Iluminaba el largo cabello rubio de Harriet.
Sus ojos azules parecían reflejar el cielo.
Su postura era elegante.
Y aun estando claramente enfadada...
Era extraordinariamente hermosa.
Edward se quedó completamente inmóvil.
[Ella...]
Su mente volvió a quedarse en blanco.
Harriet esperó unos segundos.
Al ver que él seguía sin decir nada, entrecerró apenas los ojos.
[Por favor...]
[No otra vez.]
[¿Se volvió a congelar?]
[¿Este hombre se queda sin palabras cada vez que alguien le habla?]
Mientras tanto, detrás de la puerta... Mary seguía con ambas manos juntas.
Miró al techo con desesperación.
—Por favor...
Susurró.
—Que ninguno de los dos salga declarando la guerra al otro...
Porque, sin saberlo, el problema ya no era que discutieran.
El verdadero problema era que el duque Edward Montagu acababa de descubrir que era mucho más fácil negociar con cinco nobles enfurecidos...
Que sostener una conversación con su propia esposa.