A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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El reflejo
El juego se sentía raro desde el primer minuto.
No era un horror convencional, no había sustos ni sangre ni criaturas saltando desde las sombras. Era algo más sutil, más incómodo. Los gráficos eran simples, casi minimalistas: pasillos grises, puertas que se abrían solas, habitaciones vacías donde solo había una silla y una lámpara parpadeante. El protagonista era un personaje sin rostro que caminaba en cámara lenta mientras una música de fondo sonaba distorsionada, como un vinilo rayado.
Pero seguí sonriendo. Eso era lo que hacía Valeria en sus transmisiones: sonreír, comentar, bromear. La audiencia no necesitaba saber que mis dedos sudaban sobre el mouse, que mi estómago se revolvía con cada puerta que se abría, que una voz en mi cabeza susurraba "esto no es normal" una y otra vez.
"Miren qué ambientación tan bonita", dije en un momento, señalando una habitación llena de espejos. Pero cuando el personaje se acercó a uno, el reflejo no se movió al mismo tiempo que él. Se quedó quieto. Mirándome. A mí, no al personaje.
La risa que solté sonó forzada hasta para mis propios oídos. "Bugs gráficos, ¿verdad? Cosas de juegos independientes." El chat no pareció notarlo, o tal vez sí, porque algunos comentarios empezaron a decir cosas como "¿Eso fue un bug o qué?" o "Val, tu cara cambió". Los ignoré todos.
Dos horas después, el juego se acabó. La pantalla se volvió negra y apareció un letrero que decía "Gracias por jugar". Nada más. Créditos vacíos, sin nombres de desarrolladores, sin logos de estudio. Como si el juego hubiera sido creado por nadie.
"Bueno, chicos", dije, estirando los brazos y fingiendo un bostezo. "Fue tranquilo, no pasó nada. Mañana jugamos algo más divertido, ¿ok?" La audiencia comenzó a despedirse con emojis y corazones. Cerré la transmisión y apoyé la cabeza contra el respaldo de la silla, cerrando los ojos.
Y entonces, el silencio.
Pero no un silencio vacío. Un silencio lleno, como si el cuarto estuviera respirando conmigo. Algo se sintió raro, muy raro. Como una corriente de aire frío en la nuca, como una mirada desde un ángulo ciego. Abrí los ojos y miré la computadora. La pantalla seguía en negro, pero el marco del monitor parecía diferente. Más oscuro. Más profundo. Como si detrás de él hubiera un espacio vacío y alguien estuviera mirando desde allí.
"Estás cansada", me dije, frotándome los ojos. "Son horas de pantalla, estrés, café. Solo eso."
Pero no podía quitarme la sensación de que algo, o alguien, había estado viéndome durante toda la transmisión. No desde el chat. Desde la computadora.
Me levanté con un impulso nervioso y abrí mi programa antivirus. El que usaba para escanear archivos sospechosos. Lo puse en marcha y, mientras la barra de progreso avanzaba lentamente, decidí tomar una ducha. Necesitaba agua caliente, vapor, el ruido del grifo ahogando cualquier pensamiento inquietante.
La ducha fue rápida pero efectiva. El agua me ayudó a relajar los hombros, a lavar la sensación pegajosa del miedo. Me vestí con ropa cómoda: unos shorts y una camiseta holgada. Cuando volví al estudio, el programa antivirus seguía abierto. Su veredicto, frío y claro: "No se encontraron amenazas". Cero virus, cero troyanos, cero archivos maliciosos. Nada.
Exhalé el aire que no sabía que estaba conteniendo. "Ves, todo bien", susurré, y por un momento creí en ello. Apagué la computadora, me aseguré de que el monitor quedara completamente oscuro, y me alejé.
Pero entonces, un golpe en la puerta.
Sonó seco, insistente, y mi corazón saltó en mi pecho. Pero enseguida me relajé. "Seguro es mi Sofía", dije en voz baja, con una sonrisa. Siempre aparecía sin avisar, con algo de comer o un chisme nuevo. Caminé hacia la puerta y me asomé por la mirilla.
No era Sofía.
Era el chico del departamento de al lado. El nuevo vecino. Llevaba la misma gorra al revés de antes, una sudadera gris y una sonrisa amable que parecía genuina. "Seguro viene a presentarse formalmente", pensé. Aflojé el pestillo y abrí.
—Hola —dijo con una voz suave, casi tímida—. Soy Mateo, el nuevo vecino. Perdón por molestar tan tarde, pero quería presentarme y, bueno, saber si necesitas algo. Café, azúcar, lo que sea. Estoy apenas acomodándome.
Había algo en su tono que desarmaba cualquier sospecha. Hablaba como un chico normal, un poco torpe, con esa energía amistosa de alguien que quiere caer bien. Intercambiamos algunas frases: cuánto tiempo llevaba en el edificio, si era ruidoso o tranquilo, qué tal el vecindario. Él asentía, reía en los momentos adecuados, y yo sentí que mi paranoia empezaba a disiparse.
—Bueno, cualquier cosa, toca mi puerta —dijo despidiéndose—. Estoy casi siempre en casa.
Cerré la puerta y me quedé unos segundos apoyada contra ella, sintiendo que la normalidad volvía a instalarse en mi pecho. "Un vecino amable. Eso es todo."
Caminé de vuelta al estudio para apagar las luces, y en el umbral de la puerta me detuve. Desde allí, a lo lejos, vi la computadora apagada. Pero por un instante, solo un instante, el reflejo en la pantalla negra no era el mío. Había una silueta sentada en mi silla. Una forma borrosa, como una mancha de tinta, que se movió cuando yo me moví.
Parpadeé y la imagen desapareció.
Sacudí la cabeza con fuerza, apretando los ojos. "No, no, esto no es real", repetí mentalmente. "Demasiado estrés, demasiadas horas, estoy viendo cosas."
Me tomé una pastilla en la cocina. La que me recetaron para la ansiedad. Tragué con agua y caminé hacia la cama, sintiendo que mis piernas apenas me sostenían. Me acosté, cubriéndome hasta la barbilla, y miré al techo.
La pastilla empezó a hacer efecto pronto. Mis párpados se volvieron pesados, mi respiración se acompasó. Y mientras el sueño me envolvía como una manta espesa, la última imagen que cruzó mi mente fue la de mi computadora. Encendida. La pantalla brillando en la oscuridad del estudio vacío.
Pero ya estaba demasiado dormida para procesarlo.
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A las 3:17 de la madrugada, la computadora de Valeria se encendió sola. La pantalla mostró el escritorio vacío, y luego, sin que nadie tocara el mouse, un archivo se abrió.
Era el juego.
El personaje sin rostro estaba en una nueva habitación. Una habitación que no había estado antes. Y en el centro, sentada en una silla, había una figura con la cara de Valeria. Sonriente. Inmóvil.
Mirando directamente al monitor.
Esperando.