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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:166
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

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Capítulo 11: El contraataque de la lágrima

El viernes de la Fiesta de la Otoñada, el patio del Colegio Comercial era un hervidero absoluto de música, gritos adolescentes, olor a panchos, frituras del buffet y puestos decorados con guirnaldas de colores opacos que intentaban darle vida al frío invierno que ya se asomaba en Neuquén. Bruno y Camila sentían la adrenalina pura correrles por el cuerpo, acelerándoles el pulso a cada paso; el stand de 1° "A", armado con maderas rústicas y hojas secas de los álamos del barrio, estaba finalmente listo y el momento exacto de acorralar a Milena, de ponerle un freno definitivo a sus intrigas, había llegado. Tenían todas las cartas en la mano y no pensaban dar marcha atrás.

Lo que ellos no sabían, lo que ni siquiera alcanzaban a imaginar en su honestidad, era que Milena no era ninguna improvisada ni una aficionada en el arte de la supervivencia. Diez minutos antes de que estallara el recreo central —el horario pactado para el brindis de inauguración—, mientras ella buscaba unos afiches sobrantes y plasticola en el aula vacía del fondo, escuchó unos pasos apurados y la voz de Thiago hablar con un chico de segundo año en el pasillo, justo al lado de la ventana entornada:

—Hoy en el brindis del stand se le cae la careta a la víbora, olvidate. Camila y Bruno le tienen armada una emboscada frente a todos para que no pueda negar nada.

A Milena se le heló la sangre por un segundo. Un frío agudo le recorrió la espina dorsal y sintió un vacío en el estómago. La desesperación, sin embargo, lejos de paralizarla, le encendió el cerebro a mil revoluciones por minuto. ¿La habían descubierto? Sí, el escenario era innegable. ¿Iba a dejar que la arrastraran, que la expusieran y la humillaran frente a todo el colegio arruinando su reputación? Jamás. Su orgullo era más grande que cualquier amenaza. Tenía que cambiar la estrategia de inmediato, patear el tablero y reescribir las reglas del juego antes de que ellos dieran el primer paso.

Cuando el timbre del recreo central estalló con su zumbido estridente y la masa de estudiantes se amontonó ruidosamente alrededor del stand de primer año, Camila le hizo una seña rápida con la mirada a Bruno. Él, con su metro setenta y cinco y su habitual postura de chico distante, se despegó de la pared del fondo donde fumaba de reojo un cigarrillo imaginario y la siguió. Se pararon los dos, firmes y compactos, frente a Milena en el rincón más apartado y sombrío del puesto rústico, aprovechando que el resto del curso gritaba y festejaba del otro lado del mostrador.

—Se te terminó el juego, Milena —le soltó Camila con la voz llamativamente firme, cruzándose de brazos y clavándole los ojos color miel, despojados de su alegría habitual—. Hablamos con los chicos en el viejo galpón abandonado. Ya sabemos absolutamente todo lo que inventaste de los dos, todas las mentiras que anduviste esparciendo para separarnos y hacernos pelear. No tenés cómo negarlo.

Bruno la miró fijo desde arriba, con sus ojos oscuros inyectados en una bronca contenida que le tensaba los músculos del cuello, con los puños apretados dentro de los bolsillos de su campera gris, esperando el típico grito defensivo, el insulto o la negación cínica a la que Milena los tenía acostumbrados. Pero Milena, fiel a su genialidad retorcida, hizo algo que los descolocó por completo, borrándoles el libreto de un plumazo. No se enojó. No chicaneó. No devolvió la mirada con soberbia.

Milena bajó la cabeza despacio, se tapó la cara por completo con las manos y soltó un llanto desgarrador, un lamento profundo de esos que parecen nacer del fondo del pecho y que cortan la respiración de golpe. Sus hombros delgados empezaron a temblar con una fragilidad tan perfectamente ejecutada, tan extrañamente real, que tanto Camila como Bruno dieron un paso involuntario hacia atrás, desconcertados, sintiendo cómo la furia de la acusación se evaporaba en el aire del patio.

—Tienen razón... tienen toda la razón del mundo —sollozó Milena entre hipos, descubriéndose la cara para mirándolos con los ojos inundados de lágrimas legítimas, las pestañas pegadas y las mejillas completamente rojas por el ahogo—. Soy una basura de persona, una completa porquería. Pero les juro por mi vida, por lo más sagrado que tengo, que no lo hice de mala... lo hice porque no sabía cómo parar este dolor horrible que sentía acá adentro, que me estaba matando.

Camila pestañeó varias veces, desarmada, mirando de reojo a Bruno, quien mantenía la mandíbula rígida pero acusaba el golpe con una mirada totalmente descolocada. El monstruo que iban a cazar se había convertido en una víctima indefensa en un segundo.

—¿De qué estupidez estás hablando, Milena? Nos hiciste pasar meses de mierda a los dos, desconfiando uno del otro —dijo Camila, aunque el tono de jueza ya no le salía tan duro ni tan convencido.

—¡Porque me dejaron sola, Cami! —gritó Milena en un susurro quebrado, desesperado, estirando las manos para agarrarle las muñecas a Camila, aunque esta intentó esquivar el contacto por puro instinto—. Pensá un poco... Desde que entramos al Comercial, todo cambió. Vos pasaste a ser la delegada perfecta de 1° "A", te hiciste compinche de Thiago, te la pasás de reunión en reunión con los profesores... y a mí me dejaste tirada en el último banco, como si fuera un estorbo. Y vos, Bruno... antes en la vereda del barrio charlábamos de todo, me contabas tus cosas, y ahora solo tenías ojos y tiempo para ella. Sentí que los únicos dos amigos reales, los únicos hermanos que tuve en toda mi vida me habían desplazado de un día para el otro, que yo ya no encajaba en su nuevo mundo del centro.

Milena se limpió bruscamente las lágrimas con la manga de su buzo escolar, hipando con fuerza, mostrando una vulnerabilidad absoluta que calaba hondo en el ambiente festivo del patio.

—Me dio pánico perderlos, me agarró una desesperación que no pude controlar. Me encerré en una película horrible en mi cabeza y empecé a decir pavadas, a inventar cosas para ver si alguno de los dos se peleaba y buscaba refugiarse en mí de nuevo, para sentirme útil. Fui una cobarde, una estúpida, no supe ser sincera y sentarme a decirles: "Chicos, me siento sola, por favor no me dejen de lado". Prefiero mil veces que me odien ahora mismo, pero no me digan que lo hice por pura maldad. Los amo, son mis hermanos de la vereda... si los pierdo a ustedes dos, yo no tengo a nadie más en este colegio de mierda.

El silencio que siguió a sus palabras fue denso, pesado, casi asfixiante, interrumpido solo por los gritos lejanos del buffet del colegio. Camila miró fijamente a Milena y, a través de la máscara de lágrimas, ya no vio a la villana manipuladora de las últimas semanas; vio a la nena con la que compartía las tardes enteras de juegos en la plaza de Neuquén, la que corría a abrazarla cuando se raspaba las rodillas, la que conocía todos sus secretos. Eran años y años de historia compartida sobre el asfalto caliente del barrio. La psicología quirúrgica de Milena había dado exactamente en el blanco más blando de su enemiga: la culpa.

Bruno desvió la vista y miró el piso de tierra del patio, sintiendo cómo los puños se le iban aflojando lentamente dentro de los bolsillos de la campera azul de gimnasia. El resentimiento y la rabia acumulada se le mezclaron en el pecho con una inevitable y amarga lástima. El peso de los años compartidos era una cadena difícil de romper.

—Hubieras hablado con nosotros, Mile... —murmuró Camila, sintiendo que los ojos se le cristalizaban a ella también, perdiendo la poca postura firme que le quedaba—. No hacían falta tantas mentiras ni dar tantas vueltas si te sentías así.

—Fui una estúpida, Cami. Perdón... de verdad, les pido perdón de rodillas a los dos. Si ustedes quieren que me cambie de colegio para no molestar más, armo los papeles y me cambio, pero por favor no me miren más con ese odio que me parte el alma —suplicó Milena, volviendo a taparse la cara con las manos, entregada al castigo.

Camila miró a Bruno buscando una última palabra, pero el chico solo asintió levemente con la cabeza, resignado, completamente derrotado por el peso invisible de los años de amistad y el código del barrio. Camila suspiró con el corazón estrujado, dio un paso al frente y abrazó con fuerza a Milena, rompiendo la distancia y sintiendo, en su ingenuidad, que la paz del barrio finalmente volvía a la normalidad y que todo se había tratado de un doloroso malentendido infantil.

Apoyada firmemente en el hombro de Camila, con los ojos cerrados y la cara oculta para que nadie pudiera verla, las lágrimas de Milena desaparecieron instantáneamente de sus mejillas, como si un interruptor se hubiera apagado. Una sonrisa helada, tensa y profundamente calculadora se dibujó en sus labios delgados en medio de la oscuridad del abrazo. Había salido completamente ilesa de una ejecución pública, seguía metida hasta el cuello adentro del grupo de confianza y, lo mejor de todo: ahora sabía con precisión matemática cuál era el punto débil exacto de Camila. La compasión y la culpa iban a ser su tumba.

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