En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 19 La niña del bosque
Mi padre levantó una mano, fue un gesto sencillo, pero bastó para que toda la escolta permaneciera inmóvil.
Nadie habló, nadie dio un paso más.
El bosque entero parecía contener la respiración.
Yo seguía escuchando el rumor del arroyo, pero todo lo demás había desaparecido. Ni el canto de los pájaros, ni el zumbido de los insectos, ni el movimiento de las hojas. Era un silencio tan profundo que resultaba imposible no sentir un escalofrío. Entonces volvió a escucharse.
—...¿Hay... alguien...?
Era la misma voz, suave, temblorosa. Como si quien la pronunciara estuviera haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse despierta. Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Padre...
Él no apartó la vista del bosque.
—Quédate detrás de mí.
Asentí inmediatamente.
Cassian dio un paso hacia mi lado y, sin decir una palabra, tomó mi mano. Apreté sus dedos con fuerza. Era extraño. Normalmente era yo quien buscaba esconderse detrás de él cuando algo me daba miedo. Sin embargo, aquella vez él también parecía inquieto.
Thomas avanzó unos pasos con la espada todavía envainada.
—¿Quién anda ahí?
No obtuvo respuesta, solo el silencio, los soldados comenzaron a intercambiar miradas, uno de ellos murmuró.
—Quizá fue el viento.
Otro negó con la cabeza.
—Yo también la escuché.
Mi padre volvió a hablar.
Esta vez con una voz firme, tranquila, propia del duque que gobernaba nuestras tierras.
—No venimos con malas intenciones. Si alguien necesita ayuda, puede salir.
Pasaron varios segundos, nadie apareció. Yo comenzaba a pensar que todo había terminado cuando distinguí un pequeño movimiento entre unos arbustos.
Era apenas una sombra, muy baja, como si alguien estuviera agachado.
—¡Allí! —señalé con el dedo.
Todos dirigieron la mirada hacia el mismo lugar, los arbustos se movieron otra vez y, muy despacio, una niña salió de entre los árboles.
Debía tener más o menos mi edad, quizá un año menos. Su vestido blanco estaba rasgado en varios lugares y cubierto de tierra. Caminaba descalza. Tenía el cabello tan largo que le caía casi hasta la cintura y ocultaba parte de su rostro. Parecía agotada, pero lo primero que llamó mi atención fueron sus ojos.
Eran de un azul tan claro que parecían reflejar el cielo, nunca había visto un color igual.
La niña permaneció completamente quieta, nos observaba como si no supiera si debía acercarse o echar a correr, mi padre dio un paso adelante.
—No tengas miedo.
Ella bajó la cabeza.
—Estoy... perdida.
Su voz era tan débil que casi no la escuché.
Mi corazón se encogió, no podía imaginar lo aterrador que debía ser estar sola en un bosque tan grande, sin pensarlo dos veces, solté la mano de Cassian.
—Espera...
Escuché la voz de mi padre , pero ya era tarde, había comenzado a caminar hacia la niña.
—No pasa nada.
Le sonreí como Margaret solía sonreírme cuando yo tenía miedo.
—Nosotros podemos ayudarte.
La niña levantó lentamente la vista, durante un instante nuestras miradas se encontraron y ocurrió algo muy extraño.
Sentí un fuerte latido en el bolsillo donde guardaba la llave, uno solo, pero tan intenso que tuve que llevarme la mano al vestido.
La niña bajó la vista exactamente hacia ese lugar, como si pudiera sentirlo también, sus labios se entreabrieron.
—Al fin...
Susurró aquellas palabras con una mezcla de alivio y tristeza, fruncí el ceño.
—¿Nos conocemos?
No respondió, en cambio, levantó lentamente una mano, pensé que iba a tomar la mía, pero señaló el colgante que llevaba colgado del cuello.
El pequeño colgante de estrella, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Ella... cumplió su promesa...
No entendía absolutamente nada, miré hacia mi padre. Él también parecía confundido. Alaric, en cambio... Había perdido completamente el color del rostro. Avanzó con una rapidez impropia de un anciano.
—¡Aléjese de ella, mi lady!
Su grito hizo que todos se sobresaltaran, la niña dio un pequeño paso hacia atrás, no parecía enfadada, parecía... triste, muy triste.
—No he venido a hacerle daño...
Murmuró... Alaric negó con desesperación.
—No puede estar aquí.
—Lo sé.
—¡Es imposible!
La niña sonrió con una melancolía que no correspondía al rostro de alguien tan pequeño.
—Hace mucho tiempo que dejó de importar lo que es posible.
No entendía aquella conversación, no mi padre tampoco, pero sí comprendí una cosa.
Alaric estaba asustado, mucho más que cuando vio la llave, mucho más que cuando hablamos de la torre y eso hizo que yo también comenzara a sentir miedo.
La niña volvió a mirarme, su expresión se volvió sorprendentemente dulce, como si me conociera desde hacía muchísimo tiempo.
—Seraphine...
Contuve la respiración.
Jamás le había dicho mi nombre, ni nadie lo había pronunciado desde que ella apareció. Entonces... ¿Cómo podía conocerlo?