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Mechas Carmesí

Mechas Carmesí

Status: En proceso
Genre:Demonios / Mujer poderosa
Popularitas:503
Nilai: 5
nombre de autor: AlexAugustus

Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.

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Capítulo 23: Alianza de Ceniza y Cristal

Marcus Hale descendió del helicóptero blindado Abyssal en una zona neutral delimitada entre el Distrito Medio y los restos del Barrio Bajo 17. El viento cargado de ceniza y ozono azotaba su abrigo táctico negro, hecho a medida con fibras de kevlar y micro-runas de supresión que costaban más que un año de salario de cualquier cazador independiente. Eran las 14:17 horas del día siguiente a la incursión del enjambre. No había dormido. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, mostraban las venas rojas de quien ha pasado la noche revisando proyecciones que se desmoronaban una tras otra.

A su lado bajaron seis de sus mejores operadores de élite, armados con rifles de plasma de última generación y armaduras Mark IV completas. No venían a pelear. Venían a negociar. Pero Marcus sabía que, en este nuevo mundo, la diferencia entre ambas cosas era cada vez más difusa.

Frente a ellos, en una plaza improvisada de hormigón agrietado y protegida por barricadas mixtas, esperaba el contingente de la Iglesia. El Cardenal Giovanni Rossi estaba de pie, con su sotana roja reforzada con placas discretas bajo la tela. A su derecha, el hermano Mateo Ruiz, rifle al hombro y mirada dura. A su izquierda, Elena Vargas, con su relicario visible y el machete encantado colgando del cinturón. Detrás de ellos, varias monjas y novicias atendían a heridos en camillas de campaña. Entre ellas, alta y serena, destacaba Verónica. Su hábito blanco y negro estaba manchado de sangre seca y polvo, pero su postura seguía siendo impecable. Sus manos largas trabajaban sin pausa, aplicando esa luz dorada con vetas carmesí que Marcus había visto en los vídeos de Sofia Ramírez.

—No vengo a pelear, Eminencia —dijo Marcus alzando las manos vacías mientras se acercaba—. Vengo a proponer una alianza temporal. Hélix tiene recursos que ustedes necesitan. Ustedes tienen legitimidad y manos que nosotros no podemos comprar en este momento.

Rossi lo observó con ojos penetrantes, como si pudiera leer los cálculos detrás de cada palabra.

—Vicepresidente Hale. Qué inesperado verlo fuera de su torre. La última vez que Hélix “ayudó”, fue solo donde el contrato lo permitía. ¿Ahora quiere alianza? ¿Después de que sus rivales y ustedes mismos contribuyeron a abrir estas fisuras?

Marcus mantuvo la expresión neutra, pero internamente maldecía. El Cardenal era más astuto de lo que esperaba.

—Reconozco errores estratégicos —admitió, midiendo cada sílaba—. Eclipse y Kurogane actuaron con imprudencia. hélix también subestimó la escala. Pero ahora el Enjambre no distingue entre torres y conventos. Mis analistas proyectan que en menos de setenta y dos horas habrá una oleada mayor. Necesitamos coordinar.

Elena Vargas soltó una risa amarga.

—¿Coordinar? Sus equipos cobraron triple por “apoyo selectivo” anoche mientras nosotros perdíamos gente defendiendo familias. ¿Ahora quiere que luchemos juntos?

Mateo colocó una mano en el hombro de Elena, calmándola, pero su propia voz era de acero.

—Diga lo que ofrece, Hale. Y sea claro. No confiamos en contratos corporativos.

Marcus activó un proyector portátil. Un holograma se materializó entre ellos: mapas detallados de fisuras, proyecciones de movimiento del Enjambre, inventarios de armamento y suministros.

—Ofrecemos lo siguiente: cincuenta armaduras Abyssal Mark III modificadas para compatibilidad con bendiciones eclesiásticas. Mil rifles de plasma con munición consagrada que nuestros laboratorios pueden producir en masa. Drones de vigilancia y contención con IA calibrada para detectar firmas abisales. Además, acceso a nuestros laboratorios médicos de élite para tratar heridos graves. A cambio, pedimos coordinación táctica: compartir información en tiempo real sobre fisuras y patrones del Enjambre. Y… una presencia simbólica. hélix participará en operaciones mixtas bajo mando conjunto.

Rossi guardó silencio un largo momento. Verónica, desde atrás, levantó la vista de un herido al que acababa de estabilizar. Sus ojos azules se encontraron brevemente con los de Marcus. No dijo nada, pero él sintió un escalofrío. Esa mujer no era solo una monja. Había algo en su presencia que desestabilizaba sus cálculos.

—Necesitamos más manos —admitió finalmente Rossi, con evidente disgusto—. El Vaticano envía refuerzos, pero tardarán días en llegar en masa. Los independientes y la Orden están al límite. Si rechazamos su oferta, más gente morirá. Pero esto no es una alianza de confianza, Hale. Es una alianza de necesidad. Cualquier traición, cualquier intento de usar esto para ganar mercado, y romperemos el acuerdo públicamente.

Marcus asintió, ocultando su satisfacción.

—Entendido. Firmaremos un protocolo temporal. Sin exclusividad comercial. Solo supervivencia.

Elena Vargas escupió al suelo.

—Mientras sus ejecutivos sigan cobrando fortunas en las torres, nosotros moriremos aquí. Pero si sus armas salvan, aunque sea a un niño… acepto. Por ahora.

La negociación duró casi dos horas. Detalles logísticos, protocolos de mando, zonas de responsabilidad. Marcus insistía en mantener el control de sus activos tecnológicos; Rossi exigía veto eclesiástico sobre experimentos con esencia demoníaca. Al final, se llegó a un acuerdo incómodo pero funcional.

Mientras firmaban el documento digital en una tablet reforzada, Marcus observaba a Verónica. La monja se movía entre los heridos con una eficiencia casi quirúrgica. Sus manos brillaban con esa luz dorada-carmesí que aceleraba la regeneración de tejidos y calmaba el dolor mental. No usaba magia ostentosa. Solo lo necesario. Pero cada persona que tocaba parecía recuperar algo más que salud física: recuperaba esperanza.

—Sor Verónica —dijo Marcus en un momento en que ella pasaba cerca—. Sus informes han sido… influyentes. El Vaticano los valora mucho.

Verónica levantó la vista con serenidad angelical.

—Solo cumplo con mi deber, señor Hale. Transcribir, ayudar, curar. Nada más.

Pero Marcus no le creyó del todo. Había visto las imágenes. Había sentido la energía residual en los nidos destruidos. Esa mujer ocultaba algo.

El Cardenal Rossi se acercó.

—Empezaremos esta noche. Una operación conjunta en el Sector 8-C. hélix proporciona fuego de cobertura y drones. Nosotros lideramos el ritual de contención. ¿Está de acuerdo?

—Estoy de acuerdo —confirmó Marcus—. Enviaré al Equipo Delta bajo el mando de la capitana Irina Voss. Yo mismo supervisaré desde el centro de comando móvil.

Elena Vargas lo miró con desconfianza.

—Más vale que sus hombres no se retiren cuando el contrato les diga que ya cumplieron.

—No se retirarán —prometió Marcus—. Esta vez no.

La operación nocturna en el Sector 8-C fue el primer test real de la alianza.

Marcus estaba presente físicamente en un puesto de comando blindado a trescientos metros de la fisura principal. Vestía armadura completa bajo el abrigo, rifle en mano. No era solo un ejecutivo esta noche. Era un participante.

A través de los monitores veía a los equipos mixtos: cazadores de hélix con armaduras negras brillantes junto a exorcistas con sotanas reforzadas y los Vigilantes de Elena con equipo improvisado. Mateo coordinaba el frente. Verónica estaba en la retaguardia médica, instalada en una tienda de campaña que hélix había proporcionado con tecnología de esterilización avanzada.

La fisura se abrió a las 22:45. No fue tan masiva como la anterior, pero sí más inteligente. Zánganos elite emergieron en formaciones coordinadas, protegiendo a susurrantes que intentaban corromper las mentes de los defensores.

—¡Fuego concentrado en los nexos! —ordenó Marcus a través del comunicador compartido.

Los rifles de hélix escupieron plasma bendito, abriendo brechas en las líneas enemigas. Los exorcistas aprovecharon para lanzar rituales de contención que sellaban parcialmente la fisura. Elena y sus Vigilantes entraban en los flancos con tácticas guerrilleras, usando trampas y granadas caseras.

Marcus salió del puesto de comando con su escuadra personal. Quería estar cerca. Quería ver.

Un zángano elite cargó contra su posición. Marcus levantó su rifle y disparó una ráfaga precisa al punto débil bajo la mandíbula. La criatura cayó, pero otra lo reemplazó. Uno de sus operadores cayó herido. Marcus lo arrastró a cubierto personalmente.

En medio del caos, vio a Verónica. Había salido de la tienda médica para atender a un herido grave en el campo. Sus manos brillaban intensamente mientras cerraba una herida arterial. Un zángano se acercó por su flanco. Mateo lo derribó de un disparo antes de que llegara.

Marcus sintió una punzada extraña. No era admiración. Era cálculo: esa mujer era un activo demasiado valioso para perderlo. Y demasiado peligroso para dejarlo solo en manos de la Iglesia.

La batalla duró cincuenta y tres minutos. La fisura fue sellada. Dieciséis heridos, solo tres muertos. Un éxito relativo gracias a la combinación de tecnología Helix y poder espiritual de la Orden.

De regreso en el puesto de comando, Marcus se reunió con Rossi y Mateo.

—Funcionó —admitió el Cardenal a regañadientes—. Sus armas marcaron la diferencia en el frente. Pero seguimos vigilándolo, Hale.

—Igual que nosotros los vigilamos a ustedes —respondió Marcus con una sonrisa fría—. Esto es supervivencia mutua.

Elena Vargas, sucia de icor, se acercó.

—Sus hombres pelearon bien esta vez. No se retiraron. Eso… cuenta.

Marcus asintió. Internamente, sus analistas ya estaban calculando: la alianza aumentaría la efectividad de contención en un 38%. Los contratos premium seguirían fluyendo. hélix ganaría tiempo.

Pero mientras observaba a Verónica regresando a la tienda médica, exhausta pero serena, sintió que algo no encajaba en sus ecuaciones. Ella seguía limitándose a curar. No combatía. No lideraba. Sin embargo, su presencia parecía estabilizar más que cualquier armadura.

Las siguientes cuarenta y ocho horas fueron un torbellino de actividad coordinada.

Marcus dividía su tiempo entre la Torre hélix —donde manejaba la narrativa corporativa y los accionistas— y el campo. Visitó personalmente dos operaciones más. En cada una, hélix proporcionaba superioridad tecnológica mientras la Iglesia y los independientes aportaban moral y conocimiento del terreno.

En una reunión privada con Rossi, Marcus presionó sutilmente:

—Sor Verónica… sus habilidades curativas son excepcionales. ¿Ha considerado permitir que nuestros laboratorios estudien su técnica? Podríamos replicarla en escala.

Rossi lo miró con dureza.

—Sus dones son de fe, no de laboratorio. No la convertiremos en otro experimento corporativo.

Marcus no insistió. Por ahora.

La noche del tercer día de alianza, todo cambió.

Marcus estaba en el centro de comando conjunto instalado cerca del convento. Verónica acababa de terminar una sesión maratoniana de curaciones y descansaba en una celda cercana. Mateo y Elena coordinaban patrullas. Rossi revisaba antiguos textos.

Entonces, los sensores enloquecieron.

—Pico masivo en el Sector Central del Bajo 17 —reportó Harlan por comunicador—. Firma enorme. No es un enjambre. Es… singular.

Marcus se levantó de golpe.

—Vorath.

Las alarmas sonaron. Todos corrieron a posiciones. Marcus se puso el casco táctico y salió al campo con su equipo élite.

El cielo se rasgó como tela podrida. Una grieta colosal se abrió sobre los restos de un edificio derruido. De ella emergió una figura que hacía palidecer todo lo anterior.

El Caballero Abisal Vorath.

Tres metros de altura. Armadura de obsidiana viva que latía como un corazón corrupto. Cuernos curvados. Ojos violeta ardientes. En su mano derecha, una espada hecha de hueso y sombra que absorbía la luz.

Vorath pisó el suelo y el pavimento se agrietó en un radio de veinte metros. Su presencia sola hizo que varios cazadores independientes cayeran de rodillas, abrumados por visiones de terror.

Marcus sintió el miedo primitivo subir por su columna, pero lo contuvo con disciplina.

—¡Todas las unidades! ¡Fuego concentrado! ¡No dejen que avance!

Los rifles de hélix abrieron fuego. Plasma bendito impactó contra la armadura del Caballero, pero apenas lo ralentizó. Vorath levantó su espada y una onda de energía oscura barrió el frente, lanzando a diez hombres por los aires.

Mateo y Elena cargaron desde un flanco. Rossi comenzó un ritual mayor con los exorcistas.

Y en la retaguardia, Verónica salió de la tienda médica, sus ojos azules fijos en la figura colosal. Sus mechas carmesíes parecieron palpitar con vida propia bajo el velo.

Por primera vez, Marcus vio algo romper la serenidad de la monja.

Vorath rio. Una risa que resonó como mil universos colapsando.

—Mortales… vuestra alianza es patética. Vuestro miedo… delicioso.

El Caballero Abisal había llegado. Y con él, la verdadera prueba de la frágil alianza entre Helix y la Iglesia comenzaba.

Marcus Hale, rifle en mano y cálculos deshechos, comprendió en ese instante que los números ya no importaban. Solo sobrevivir.

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