Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 3 LA GALA
La Gala Anual de _Volkov Industries_ era intocable en Moscú.
Todos los ministros, oligarcas, modelos y periodistas importantes del país. Vestidos de 20 mil dólares. Champán francés. Orquesta en vivo. Y en el centro, siempre, Dmitri Volkov.
Este año tenía un problema.
Su acompañante oficial lo dejó plantado 6 horas antes. Una modelo checa que consiguió un trabajo mejor en París. Le mandó un audio de 3 segundos: _"Sorry, Dmitri. Business."_
Él tiró el teléfono contra la pared de su ático. "Inútiles. Todas."
Su padre, Viktor, lo llamó 10 minutos después. "Dmitri. No puedes ir solo. Es un escándalo. Parecerá que la empresa se está cayendo a pedazos."
"No voy a ir con una secretaria", escupió.
"Entonces busca una. Ahora."
Dmitri bajó al piso 48 como una tormenta. Era viernes, 7 PM. La mayoría se había ido.
Solo quedaban 3 personas: Irina, Katya... y Ana.
Estaba sola en su escritorio, con el saco gris, los lentes, el rodete. Corrigiendo el discurso que Dmitri leería esa noche y que seguro ni iba a mirar.
Él se paró frente a su escritorio. Sin saludar.
"Tú. Ven conmigo esta noche."
Ana levantó la vista. Parpadeó tras los lentes. "¿Perdón, señor?"
"La Gala. Necesito una acompañante. No discutas. Es una orden."
El bolígrafo se le cayó de la mano. "Señor Volkov, yo no... yo no tengo vestido. Yo no soy..."
"No me importa", cortó. "Irina, consíguele un vestido. Uno negro. Simple. Que no parezca una cortina. Ahora."
Irina abrió la boca para protestar y la cerró. Porque cuando Dmitri usaba ese tono, Moscú temblaba.
"Señor, yo trabajo atrás del escritorio", dijo Ana, ya de pie. "Yo no salgo en fotos. Yo no..."
Dmitri se inclinó sobre su escritorio. Los ojos grises a 20 cm de los suyos. "Asistente B. ¿Quiere conservar su trabajo?"
Era un ultimátum disfrazado de pregunta.
Ana asintió. Una vez. Pequeña.
"30 minutos", dijo él. Y se fue.
*El baño de mujeres, piso 48, 7:14 PM*
Irina la empujó literalmente al baño. Katya cerró la puerta con seguro.
"Chica, no tienes opción", dijo Irina, abriendo una bolsa de una tienda de lujo que Dmitri mandó a comprar con tarjeta corporativa. "Póntelo."
Era negro. De seda. Corte sirena. Espalda descubierta. Nada escotado adelante, pero se ajustaba como una segunda piel.
"Me queda grande", mintió Ana.
"Te queda perfecto", dijo Katya, tirando del cierre. "Ahora el pelo."
"No."
"El señor dijo que no parecieras una cortina, Ana."
Con manos expertas, Katya le sacó las horquillas. El rodete cayó. Peinó. Ondas suaves. Le quitó los lentes antes de que pudiera protestar.
"¡Mis lentes!"
"Por 4 horas no existen", dijo Irina, firme. "Mírate."
Ana se negó a abrir los ojos frente al espejo. Hasta que Katya la obligó.
Y se rompió.
La chica del espejo no era "Ana B.". Era una mujer. Pómulos altos. Labios llenos sin labial. Ojos almendra, grandes, asustados. Pecas como estrellas alrededor de la nariz. Cuello largo.
Era hermosa. De una forma que dolía.
"Ay, Dios", susurró Katya. "Volkov está muerto."
"Se va a enojar", dijo Ana, tapándose la cara. "Va a decir que lo engañé."
"No", dijo Irina. "Va a darse cuenta de que es un idiota."
*Lobby, 8:02 PM*
Dmitri esperaba apoyado en una columna de mármol. Traje negro, sin corbata. Aburrido. Furioso. Revisando el teléfono.
Levantó la vista cuando escuchó pasos.
Y se quedó quieto.
Ana venía caminando lento. Sin lentes. Sin saco. Con el pelo suelto. Con los zapatos de Irina que le quedaban un poco grandes.
Todo el lobby se quedó en silencio.
Los guardias. La recepcionista. Dos directores que bajaban.
Todos miraron a la chica gris. Y no la reconocieron.
Dmitri tampoco.
Sus ojos grises la recorrieron de arriba a abajo. Lento. Como si fuera la primera vez que la veía. Porque lo era.
No dijo "estás hermosa". No dijo nada.
Solo tragó saliva. Y le ofreció el brazo.
"Vamos", dijo. Voz ronca. "Llegamos tarde."
En el auto, no hablaron.
Ana miraba por la ventana, con los brazos cruzados, rogando que se tragara la tierra. Dmitri miraba el reflejo de ella en el vidrio. Sin disimulo. Sin control.
Por primera vez en 6 meses, no sabía qué decirle.
*La Gala, Hotel Four Seasons, 8:40 PM*
Fue un infierno de flashes.
_"¿Quién es ella, Dmitri?"_
_"¿Nueva modelo?"_
_"¿Desde cuándo Volkov esconde así?"_
Dmitri no la soltó en toda la noche. Mano en su espalda baja. Protegiéndola de la gente. Respondiendo por ella cuando alguien le hablaba.
"Es mi asistente", decía. Y la palabra sonaba mal en su boca. Demasiado chica para lo que ella era ahí.
Ana sonreía incómoda. Contestaba en inglés. En ruso básico. Era inteligente, graciosa sin querer. Y Dmitri se dio cuenta de algo horrible: le gustaba escucharla.
En un momento, una socialité se le acercó a él. "Dmitri, cariño, hace siglos. ¿Y esta quién es? ¿Tu nueva secretaria?"
Ana se tensó.
Dmitri la miró. A ella. No a la socialité.
"No", dijo. "Es Ana Beltrán. Mi asistente personal."
Dijo su apellido completo. Por primera vez.
Ana lo miró sorprendida.
Él no le sostuvo la mirada. Tomó dos copas de champán y se la dio. "Toma. Te ves nerviosa."
*1:17 AM. Auto de vuelta.*
El silencio era distinto ahora. Pesado. Eléctrico.
Ana se quitó un zapato bajo el abrigo. Le dolían los pies.
Dmitri lo notó por el reflejo. "¿Te lastiman?"
"Un poco."
Sin preguntar, se inclinó y abrió la guantera. Sacó un par de balerinas negras. De mujer. Talla 38.
"¿De dónde...?"
"Las llevo por si alguna... se queja", dijo rápido. Demasiado rápido. "Póntelas."
Ana dudó. Y se las puso. Le quedaban perfecto.
Dmitri miró esos pies descalzos, luego su cara. Luego volvió a mirar al frente. Mandíbula tensa.
Cuando el auto paró frente al edificio de Ana, ella abrió la puerta rápido. "Gracias por la noche, señor Volkov. Buenas noches."
"Espera."
Ella se congeló.
Dmitri bajó del auto también. Caminó hasta su lado. Sin chofer. Sin testigos. Solo ellos dos y la nieve de Moscú.
"Estabas... bien esta noche", dijo. Como si le doliera admitirlo. "No hiciste el ridículo."
"Gracias", susurró ella.
Quería irse. Quería correr.
Dmitri levantó la mano. Por un segundo pareció que le iba a tocar la cara. Que le iba a quitar un mechón.
En vez de eso, se metió la mano en el bolsillo. Puño cerrado.
"El lunes vuelves con ropa de trabajo", dijo seco. "Esto no se repite."
"Entendido, señor."
Se dio vuelta y subió corriendo.
Dmitri se quedó parado en la vereda. Mirando cómo se cerraba la puerta.
En el auto, golpeó el techo con la frente. Una vez. Dos.
"Idiota", murmuró para nadie.
Porque durante 4 horas, no vio a su asistente.
Vio a Ana Beltrán. Y no supo qué hacer con eso.