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La Rosa Sin Espinas

La Rosa Sin Espinas

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Edad media / Época / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: María Esperanza Mendoza

Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.

NovelToon tiene autorización de María Esperanza Mendoza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Aprender a Sobrevivir

Después de aquello, comprendí que la infancia podía terminar sin previo aviso.

No hubo una despedida, ni un instante en el que pudiera señalar el momento exacto en que dejé de ser una niña. Solo desperté una mañana con la sensación de que el mundo era un lugar mucho más frío de lo que había imaginado. Las paredes de la casa de la duquesa seguían siendo las mismas, los largos corredores conservaban el olor a cera y humo de leña, las criadas continuaban riendo en la cocina y los muchachos corrían por el jardín como siempre.

Pero yo ya no era la misma.

Caminaba con la cabeza baja para que nadie pudiera leer lo que llevaba dentro. Me convencí de que el silencio era una armadura. Si nadie preguntaba, nadie descubriría mis heridas.

En Lambeth nadie parecía advertir que una muchacha podía cambiar de un día para otro.

O quizá sí lo advertían.

Solo que nadie hacía nada.

Aprendí a sonreír cuando era necesario.

Aprendí a reír con las otras jóvenes mientras cosíamos vestidos o bordábamos pañuelos.

Aprendí a fingir que todo marchaba bien.

Era la única forma de sobrevivir.

Cada vez que oía los pasos de Francis Dereham Manox por algún pasillo, mi cuerpo entero se tensaba. No importaba que él no dijera una palabra. Bastaba el sonido de sus botas para que el aire abandonara mis pulmones.

Él seguía caminando con la tranquilidad de quien no teme ser descubierto.

Yo era quien vivía con miedo.

Aquella injusticia comenzó a parecerme parte del orden natural del mundo.

Con el paso de las semanas comprendí algo todavía más doloroso.

Las muchachas hablaban en voz baja sobre hombres que las cortejaban, sobre promesas de matrimonio y sobre besos robados entre los rosales.

Yo permanecía callada.

No podía distinguir dónde terminaba el afecto y dónde comenzaba el abuso.

Todo se había mezclado en mi memoria como tinta derramada sobre un pergamino.

A veces me preguntaba si alguna vez volvería a sentirme limpia.

Después me avergonzaba por haber pensado aquello.

¿Por qué debía avergonzarme yo?

No encontraba respuesta.

La casa de la duquesa seguía siendo un lugar lleno de gente, pero nunca me había sentido tan sola.

Había demasiados niños para que alguien notara una tristeza más.

Demasiadas obligaciones.

Demasiados secretos.

Cada persona cargaba con los suyos.

Las criadas tenían miedo de perder el empleo.

Los sirvientes ocultaban pequeños robos para sobrevivir.

Las damas fingían obediencia mientras soñaban con escapar mediante un buen matrimonio.

Todos escondían algo.

Yo escondía el dolor.

Con el tiempo descubrí que el miedo podía convertirse en costumbre.

Eso era lo más terrible.

Uno dejaba de esperar justicia.

Solo esperaba que el día siguiente fuera un poco menos difícil.

Comencé a refugiarme en la capilla.

No porque creyera encontrar respuestas inmediatas, sino porque allí reinaba un silencio distinto.

Las velas iluminaban las piedras antiguas con una luz cálida.

Durante unos minutos podía imaginar que el mundo todavía conservaba algo de bondad.

Rezaba sin saber exactamente qué pedir.

No pedía riqueza.

Ni un título.

Ni un esposo.

Solo deseaba no sentir aquel peso permanente sobre el pecho.

Las monjas decían que Dios escuchaba incluso las oraciones pronunciadas en silencio.

Yo esperaba que también escuchara las lágrimas que nunca me permitía derramar delante de otros.

Fue entonces cuando empecé a observar a las mujeres mayores de la casa.

Sus sonrisas eran medidas.

Sus palabras, cuidadosamente elegidas.

Comprendí que muchas también habían aprendido a sobrevivir.

No hablaban de su pasado.

No porque no existiera.

Sino porque el mundo prefería escuchar historias felices.

Las demás eran incómodas.

Una tarde encontré a una anciana sirvienta remendando un vestido junto a una ventana.

Me vio detenerme.

—Los desgarros siempre parecen imposibles de reparar —dijo sin levantar la vista—. Pero con paciencia se cose uno por uno.

No hablaba del vestido.

Lo entendí mucho después.

Aquella frase permaneció conmigo durante años.

Porque yo también estaba hecha de pequeños desgarros invisibles.

Desde entonces empecé a prestar atención a todo cuanto pudiera enseñarme.

Aprendí a coser con mayor habilidad.

Aprendí a bordar flores tan delicadas que parecían reales.

Aprendí a bailar con elegancia durante las celebraciones.

Aprendí música.

Aprendí modales.

Cada nueva destreza era una piedra más en el camino que intentaba construir hacia un futuro distinto.

Si no podía cambiar el pasado, al menos podía prepararme para sobrevivir al porvenir.

La duquesa apenas reparaba en nosotras.

Éramos muchas.

Demasiadas jóvenes creciendo bajo el mismo techo.

Su autoridad existía, pero estaba lejos.

Las verdaderas reglas las imponían los pasillos, las miradas y los rumores.

Aprendí a identificar cuándo una conversación podía convertirse en peligro.

Aprendí qué puertas no debía cruzar.

Aprendí a permanecer acompañada siempre que fuera posible.

La inocencia había desaparecido.

En su lugar nació una vigilancia constante.

Era agotadora.

Pero también me mantenía a salvo.

Algunas noches soñaba con mi madre.

Apenas recordaba su voz.

Intentaba imaginar cómo habría sido mi vida si hubiera permanecido junto a ella.

Quizá me habría peinado antes de dormir.

Quizá habría notado mi tristeza.

Quizá me habría abrazado.

Nunca lo sabría.

Despertaba con la almohada húmeda y volvía a guardar aquellas preguntas donde nadie pudiera encontrarlas.

Con el tiempo descubrí otra verdad.

El dolor no desaparecía.

Solo cambiaba de forma.

Había días en que parecía un cuchillo.

Otros, una sombra.

Y algunos, un simple cansancio que me acompañaba desde el amanecer hasta la noche.

Sin embargo, también descubrí algo inesperado.

Seguía siendo capaz de reír.

Una tarde las muchachas organizaron un pequeño juego en el jardín.

Corrimos entre los árboles mientras el viento agitaba nuestras faldas.

Durante unos minutos olvidé todo.

Mi risa sonó verdadera.

Cuando terminó el juego me sorprendí llorando.

No porque estuviera triste.

Sino porque comprendí que todavía existía una parte de mí que se negaba a desaparecer.

Aquella pequeña chispa se convirtió en mi mayor tesoro.

Nadie podía verla.

Pero estaba allí.

Era la niña que aún soñaba con un hogar donde nadie tuviera miedo.

Las estaciones continuaron sucediéndose.

La primavera dio paso al verano.

El verano al otoño.

Y yo seguía creciendo.

Mi reflejo comenzó a cambiar.

El rostro infantil desaparecía lentamente.

Mi cabello rubio caía cada vez más largo sobre los hombros y mis ojos, antes curiosos, adquirían una expresión más reservada.

Las criadas comentaban que pronto sería toda una dama.

Yo pensaba que aún estaba aprendiendo a sostener los pedazos de mí misma.

Comprendí que sobrevivir no era vivir.

Era simplemente continuar.

Respirar.

Caminar.

Sonreír cuando era necesario.

Guardar silencio cuando convenía.

Esperar que el siguiente amanecer no trajera una nueva desgracia.

Pero, incluso en medio de esa existencia marcada por el miedo, comenzó a nacer una determinación silenciosa.

No permitiría que mi historia terminara allí.

Todavía ignoraba cuánto sufrimiento me aguardaba.

No podía imaginar los salones del palacio, la corona de Inglaterra ni el destino que me uniría al hombre más poderoso del reino.

Solo sabía una cosa.

Había sobrevivido al primer gran naufragio de mi vida.

Y aunque las cicatrices permanecían ocultas bajo vestidos de seda y sonrisas educadas, seguían recordándome quién era.

No una muchacha invencible.

Sino una joven que, pese a todo, seguía levantándose cada mañana.

A veces, sobrevivir era el acto más valiente de todos.

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Arisleidy Alvarez Santana
aparentemente parece buena vamos a ver 🤭
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