Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.
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Capítulo 13
...Valentina...
Descubrí algo peligroso esa semana: Martín Herrera Solís no era perfecto.
Suena ridículo después de haberlo idolatrado durante cuatro años, pero es la verdad.
Eran las siete de la tarde. Yo había vuelto del trabajo más temprano de lo normal porque Lorena nos dejó ir después de cerrar la presentación del trimestre. Abrí la puerta del 302 esperando encontrar el departamento vacío —él generalmente llegaba a las ocho— y lo que encontré fue humo.
No humo de incendio. Humo de desastre culinario.
Martín estaba frente a la estufa, con el delantal azul oscuro cubierto de harina, el pelo revuelto y una expresión de concentración feroz. En la sartén, algo que alguna vez pretendió ser una tortilla de huevo se había convertido en un objeto carbonizado de forma irreconocible.
—¿Qué… pasó? —pregunté desde la puerta.
Él me miró. Por primera vez desde que lo conocía, parecía genuinamente avergonzado.
—Intenté hacer tortillas —dijo, con la dignidad de un hombre que acaba de perder una batalla importante.
—¿Tortillas? Usted hace tortillas todos los días.
—Tortillas de maíz. De masa. —Señaló un montón informe de masa gris que descansaba en la barra como un animal atropellado—. Vi un video. Parecía sencillo.
Miré la masa. Miré la sartén. Miré el techo, donde una mancha de harina marcaba el punto exacto donde algo había salido volando.
Y me reí.
No pude evitarlo. La risa me salió del fondo del estómago, explosiva, incontrolable, como un dique que se rompe. Me doblé sobre la barra de la cocina, con las manos en el vientre y los ojos llenos de lágrimas.
—No sabía… —dije entre risas y sin aliento— que hubiera algo que no supiera hacer.
Él apagó el fuego con un movimiento seco. Su boca se torció en esa cuasi-sonrisa que reservaba para los momentos en que algo le hacía gracia pero no quería admitirlo.
—Ahora lo sabes.
—Profesor, eso no es una tortilla. Es un arma biológica.
—Valentina.
—¿Sí?
—Cállate y ayúdame.
Sonreí como una idiota. Porque Martín Herrera pidiéndome ayuda era como ver a un león pedirle indicaciones a un gato. Improbable, adorable y absolutamente inolvidable.
Le enseñé. Bueno, intenté enseñarle. Le mostré cómo amasar —«Más suave, profesor, no está peleando con la masa»—, cómo hacer bolitas parejas —«No tan grandes, no estamos haciendo pizzas»—, y cómo aplanarlas con las palmas.
Sus manos, que cortaban verduras con precisión de cirujano, resultaron ser completamente torpes para la masa. Cada tortilla salía con una forma diferente: una parecía un mapa de un país que no existía, otra tenía un agujero en el centro.
—Esto es humillante —murmuró, mirando su quinta tortilla deforme.
—Bienvenido a mi mundo. Así me sentí yo cuando quemé el arroz.
Me miró. Y entonces, sin previo aviso, dijo:
—Te ves muy guapa cuando hablas así.
Me congelé con las manos llenas de masa.
—¿Perdón?
—Cuando te ríes de mí y me enseñas algo. Te ves… segura. Es una versión de ti que no conocía en el aula. —Volvió a amasar, como si no hubiera dicho nada extraordinario—. Me gusta.
Mi cerebro dejó de funcionar. Mis manos siguieron trabajando por inercia pura. La masa se aplastó entre mis dedos de una forma que definitivamente no era correcta, pero no me importó.
—Usted también se ve… —empecé, sin pensar.
No. No. No lo digas.
Demasiado tarde.
—…muy guapo cuando habla así —terminé, con una voz tan pequeña que casi no se oyó.
Silencio.
Levanté la mirada.
Él me estaba mirando. Los ojos castaños, sin lentes, suaves bajo la luz amarilla de la cocina. La harina le manchaba el pómulo izquierdo. Y la sonrisa —esa sonrisa mínima, apenas un alza de la comisura— estaba ahí, completa, real, sin defensas.
—Gracias —dijo—. Tú te ves muy bonita cuando te sonrojas.
Me sonrojé. Obviamente. Como si alguien me hubiera prendido fuego desde las orejas hasta los pies.
—¡No estoy sonrojada! —mentí, con la cara ardiendo como una fogata.
—No, claro que no —dijo, volviendo a su masa con una expresión de absoluta inocencia que no le creí ni por un segundo.
Cenamos tortillas —las mías pasables, las de él heroicas en su deformidad— con frijoles y aguacate. Comimos en la barra de la cocina, con los pies colgando de los bancos altos, hombro con hombro. El silencio era cómodo, como una manta.
Mientras lavaba los platos, dije algo impulsivo:
—¿Quiere… ir mañana conmigo a la biblioteca? Necesito devolver unos libros y… bueno, usted siempre está ahí de todos modos.
Él cerró la llave del agua.
—¿Me estás invitando?
—Estoy… proponiendo un traslado logístico conjunto de materiales bibliográficos.
—Valentina.
—Sí.
—Di que me estás invitando.
Tragué saliva.
—Lo estoy invitando.
—Acepto.
Mi celular vibró. Un mensaje de un número que no conocía.
«Hola Vale!! Soy Felipe Morales, ¿te acuerdas? Del consejo estudiantil de la uni. Vi tu nombre en el directorio de la agencia. ¿Cenamos un día? Conozco un lugar nuevo.»
Lo leí. Lo archivé sin responder.
Porque la única persona con la que quería cenar estaba secando los platos a mi lado, con harina en el pómulo y una sonrisa que valía más que todos los restaurantes nuevos del mundo.
Esa noche, en la cama, miré el techo y pensé: mañana vamos a la biblioteca juntos. Eso es casi una cita. ¿Verdad? ¿Es una cita?
Valentina Torres Medina, veintidós años, recién graduada, enamorada sin remedio, con una cita que probablemente no es una cita con el hombre que le enseñó a amar la poesía.
No sé si estoy viviendo una novela o una comedia. Pero sea lo que sea, no quiero que termine.
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