Es una cumbre empresarial internacional de alto nivel.
Él espera ver a otra ejecutiva manipulable o intimidada por su presencia.
Ella llega con su armadura de hierro, luciendo impecable, sin dejar que nadie pase por encima de ella.
La chispa: Cuando él intenta imponer su poder o coquetear de forma dominante, ella lo frena en seco y lo pone en su lugar frente a otros magnates. Nadie le ha hablado así jamás. Por primera vez, "El Demonio" encuentra a una mujer que no solo lo aguanta... sino que desafía su autoridad.
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FUEGO DE LA SOMBRA PARTE 2
Mientras tanto, en la suite presidencial del hotel más exclusivo de Ginebra, el ambiente era completamente opuesto, aunque no menos tenso.
Isabella se acababa de quitar los tacones de aguja y caminaba descalza sobre la densa alfombra de lana. Había servido una copa de agua mineral y se encontraba frente al gran ventanal mirando la noche. A su lado, Camila Cordero y Giselle Peralta la observaban desde el sofá de cuero con expresiones mezcladas entre la admiración y el pánico.

—Sigo sin poder creer que le dijiste eso en la cara a Kael Montero —dijo Giselle, llevándose la copa de vino a los labios con mano temblorosa—. Bella, ese hombre es un monstruo. En Wall Street dicen que ha destruido carreras enteras solo porque alguien le sostuvo la mirada durante una reunión de directorio. Sin contar los rumores que corren en los círculos financieros de Europa... dicen que tiene conexiones muy oscuras, gente en las sombras que hace desaparecer a sus competidores.
Isabella tomó un sorbo de agua y se giró hacia sus amigas. Su rostro no mostraba ni un solo rasguño de arrepentimiento.
—Me tiene sin cuidado quién se crea que es Kael Montero —contestó Isabella con voz firme y serena—. Estaba acostumbrado a que las mujeres del salón se derritieran al verlo entrar o que los empresarios le entregaran sus empresas en bandeja de plata para evitar un conflicto. Intentó acorralarme en público, usando la condescendencia que todos los hombres de su clase usan cuando ven a una mujer al frente de un gigante logístico. Si no le ponía un alto en ese instante, pasaría el resto de la cumbre intentando pisotear Aero-Logix.
—Es un hombre peligroso, Isabella —insistió Camila, acomodándose sus gafas de montura fina con gesto profesional—. Como tu abogada y como tu amiga, te pido que tengas cuidado. Kronos Capital maneja fondos de inversión ilimitados. Si Montero decide iniciar una compra hostil de las acciones de los Thorne —tus ex-suegros—, podría meter un pie dentro de tu junta directiva. Y sabes perfectamente que Roberto y Silvia Thorne venderían sus almas al diablo con tal de hacerte daño.
Un destello de acero puro cruzó los ojos de Isabella. El recuerdo de los abusos verbales de sus ex-suegros y sus intentos desesperados por arrebatarle a Bruno y Mía tras la tragedia aérea volvió a su mente.
—Que vendan sus acciones si quieren —sentenció la Viuda de Hierro, caminando hacia el escritorio donde descansaba su computadora portátil—. Gabriel y yo tenemos el control del cincuenta y un por ciento de los votos en la mesa.
Si Montero compra la parte de los Thorne, solo habrá comprado un billete de entrada para una batalla que no puede ganar. No le tengo miedo a sus millones, ni a su aura de hombre indestructible.
El teléfono de Isabella vibró sobre la mesa de noche. Al ver la pantalla, la frialdad corporativa que la caracterizaba se desvaneció al instante, siendo reemplazada por una calidez profunda y genuina. Era una videollamada desde su residencia.
Al contestar, las caritas de Bruno y Mía aparecieron en la pantalla, despeinados y en pijamas de colores, mientras su madre, Doña Leonor, saludaba desde el fondo.
—¡Mami! —gritó Mía pegando la cara a la cámara—. ¡Bruno no me deja ver los dibujos animados!
—¡Es porque ya es hora de dormir, Mía! —protestó el niño de seis años con tono serio—. Mami dijo que teníamos que ponernos los pijamas a las ocho.
Isabella dejó escapar una risa suave, sintiendo cómo todo el estrés de la cumbre empresarial y la molesta presencia de Kael Montero se evaporaban en un segundo.
—Mis amores, no peleen —dijo Isabella con voz dulce, sentándose en el borde de la cama—. La abuela tiene razón, ya es tarde. ¿Se lavaron los dientes?
—¡Sí, mami! —respondieron ambos a coro.
—Mañana por la tarde estaré de vuelta en casa para llevarlos al parque, ¿de acuerdo? Los amo con todo mi corazón.
Tras despedirse de sus hijos y de su madre, Isabella colgó la llamada y cerró los ojos un momento. Aquellos dos pequeños eran su universo entero. Por ellos había soportado el duelo, las humillaciones de la élite machista y la presión ininterrumpida de dirigir una corporación multinacional.
Nada ni nadie en este mundo iba a desestabilizar la fortaleza que había construido para protegerlos.
A tres calles de allí, en la suite de un hotel vecino, Kael Montero terminaba de escuchar el reporte telefónico del Dr. Fabián Lanza.
—Te lo repito, Kael —decía la voz de Fabián al otro lado de la línea, acompañada por el sonido de instrumental médico de fondo—. Tus niveles de presión están altos y tu insomnio no va a mejorar si sigues usando el trabajo y el sexo como anestesia.
Necesitas parar un poco. Tu madre me llamó esta tarde llorando porque dice que apenas pasaste a saludarla el domingo.
—No tengo tiempo para sermones médicos, Fabián —respondió Kael secamente, sirviéndose un vaso de agua—. Tengo un asunto urgente que resolver aquí antes de regresar a la capital.
—¿Qué asunto? Héctor me dijo que cancelaste la firma de los cuatrocientos millones. ¿Qué demonios te pasa?
—Encontré una pieza que falta en mi tablero —dijo Kael, mirando su propia sombra reflejada en el cristal de la ventana—. Una mujer que cree que es de hierro.
—Oh, no... —Fabián soltó una carcajada amarga al otro lado de la línea—. Dime que no te estás enganchando con una ejecutiva de la cumbre. Kael, tú no sabes tratar a las mujeres normales. Las asustas, las dominas, las usas y las desechas en veinticuatro horas. Si intentas meterte con alguien de la alta sociedad que no conoce el mundo de la mafia, la vas a destruir.
—Ella no se va a destruir tan fácil, Fabián —susurró Kael, apretando el teléfono en su mano—. Y esa es exactamente la razón por la que no voy a parar hasta tenerla bajo mi control.
Kael colgó la llamada sin esperar respuesta. Caminó hacia la mesa de centro donde Héctor ya había dejado la carpeta confidencial con los datos de Isabella Rivas. La abrió despacio, pasando los dedos sobre la fotografía impresas de la ejecutiva.
La cacería había comenzado, pero "El Demonio" no tenía idea de que la presa que había elegido no estaba dispuesta a convertirse en su víctima, sino en su peor pesadilla.