La caja apareció el día del funeral de su abuela.
Dentro había cientos de cartas con fechas imposibles, nombres desconocidos y secretos que jamás debieron existir.
Cuando Luna abre una de ellas, despierta en una vida diferente. Una donde es cantante. Otra donde nunca nació. Otra donde alguien la ama desesperadamente.
Pero cada carta tiene un precio.
Con cada viaje, un recuerdo desaparece.
Y cuando descubre una carta escrita por ella misma desde el futuro, comprende una aterradora verdad:
Alguien está borrando historias.
Y ella podría ser la siguiente.
✨ "Toda historia tiene un final. Algunas tienen más de uno."
NovelToon tiene autorización de Giulian Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: El Hombre de la Fotografía
Luna no durmió aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar los aplausos.
Volvía a sentir las luces del escenario.
Volvía a ver al hombre vestido de negro observándola entre la multitud.
Y aquellas palabras.
"Te encontré."
Eran las seis de la mañana cuando decidió levantarse.
La fotografía seguía sobre su escritorio.
La misma fotografía imposible.
La misma imagen que demostraba que lo que había vivido no había sido un sueño.
Luna la tomó entre sus manos.
Todavía podía verse sobre aquel escenario gigantesco.
Miles de personas frente a ella.
Luces.
Pantallas.
Y detrás...
Él.
El hombre de negro.
Su rostro seguía siendo imposible de distinguir.
Como si una sombra cubriera sus facciones.
Pero aquella sonrisa...
Aquella sonrisa parecía atravesar el papel.
Luna sintió un escalofrío.
—¿Quién eres?
Por supuesto, la fotografía no respondió.
La joven suspiró.
Necesitaba respuestas.
Y la única posibilidad de encontrarlas estaba en el altillo.
En la caja.
Volvió a subir las escaleras lentamente.
La vieja puerta seguía abierta.
Todo parecía exactamente igual que el día anterior.
Excepto por una cosa.
La caja ya no estaba cerrada.
La tapa permanecía abierta.
Como si alguien hubiera estado allí.
Esperándola.
Luna se acercó.
Observó las cartas.
Miles de sobres ordenados cuidadosamente.
Y entonces notó algo extraño.
Había una nueva carta.
No recordaba haberla visto antes.
Estaba colocada encima de todas las demás.
Como si hubiera aparecido durante la noche.
El sobre llevaba escrito su nombre.
Luna.
Nada más.
Sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
No quería abrirla.
Pero tampoco podía ignorarla.
Tomó aire profundamente.
Y rompió el sello.
Dentro encontró una hoja doblada.
Solo tenía una frase.
"Los recuerdos son más frágiles de lo que imaginas."
Luna frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
De repente sintió una sensación extraña.
Algo pequeño.
Insignificante.
Pero inquietante.
Intentó recordar el nombre de su maestra de primaria.
La que había tenido durante tres años.
La que tanto quería.
No pudo.
Parpadeó.
Confundida.
Lo intentó otra vez.
Nada.
El nombre había desaparecido.
Como si jamás lo hubiera conocido.
Un nudo se formó en su estómago.
Era imposible.
No podía olvidar algo así de repente.
¿O sí?
La joven bajó rápidamente las escaleras.
Necesitaba distraerse.
Necesitaba pensar en otra cosa.
Durante el desayuno intentó comportarse con normalidad.
Pero cuanto más lo intentaba, más cosas extrañas notaba.
Su madre mencionó unas vacaciones familiares.
Luna apenas recordaba ese viaje.
Su hermano habló de una anécdota que todos parecían conocer.
Ella no la recordaba.
Era como si pequeños fragmentos de su vida estuvieran desapareciendo.
Poco a poco.
Sin hacer ruido.
Sin dejar rastros.
Y eso la aterraba.
Aquella tarde decidió salir a caminar.
Necesitaba despejar su mente.
Las calles estaban tranquilas.
El sol brillaba.
La gente seguía con sus vidas normales.
Y por un momento Luna consiguió convencerse de que todo estaba bien.
Hasta que vio la fotografía.
Estaba pegada en la vidriera de una vieja tienda de antigüedades.
Una fotografía antigua.
En blanco y negro.
Mostraba a varias personas posando frente a un edificio.
Nada extraño.
Nada fuera de lo normal.
Excepto por una cosa.
Uno de ellos era el hombre de negro.
Luna sintió que el corazón se detenía.
Se acercó rápidamente.
Observó la imagen.
No había dudas.
Era él.
Más joven.
O quizás no.
Porque seguía viéndose exactamente igual.
La misma postura.
La misma sonrisa.
La misma presencia inquietante.
Miró la fecha.
—No puede ser...
—Bonita fotografía, ¿verdad?
Luna se giró sobresaltada.
Un anciano la observaba desde el interior de la tienda.
—¿Conoce a este hombre?
El anciano la miró durante varios segundos.
Y entonces palideció.
—¿Dónde viste esa cara?
—Está en la fotografía.
El hombre negó lentamente con la cabeza.
—No.
Luna volvió a mirar la imagen.
Y sintió que el mundo se detenía.
El hombre había desaparecido.
La fotografía mostraba únicamente a las personas originales.
Como si nunca hubiera estado allí.
Como si ella hubiera imaginado todo.
Retrocedió un paso.
Confundida.
Asustada.
—Yo lo vi.
El anciano la observó en silencio.
Luego cerró la puerta de la tienda.
Y bajó las cortinas.
—Escúchame bien.
—¿Qué?
—Si realmente viste a ese hombre...
Debes dejar de abrir las cartas.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
—¿Cómo sabe lo de las cartas?
El anciano no respondió.
Simplemente abrió un cajón.
Sacó una fotografía vieja.
Y la colocó sobre el mostrador.
Luna sintió que las piernas dejaban de responderle.
Porque en aquella fotografía aparecía una mujer.
Una mujer idéntica a ella.
La misma sonrisa.
Los mismos ojos.
El mismo rostro.
Y junto a ella estaba el hombre de negro.
Debajo de la fotografía había una fecha.
18 de septiembre de 1954.
Y una frase escrita a mano.
Una frase que hizo que el corazón de Luna se detuviera.
"Desapareció después de abrir la séptima carta."
Continuará...