Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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El juicio
El amanecer llegó envuelto en una niebla espesa.
Desde la estrecha ventana de mi celda observé cómo la luz apenas lograba atravesar el cielo gris de Londres.
No necesitaba que nadie pronunciara una palabra.
Sabía que aquel día decidirían mi destino.
Las horas transcurrieron lentamente.
Los pasos de los guardias resonaban una y otra vez en los pasillos de piedra, mientras el silencio de la Torre parecía pesar más que los propios muros.
A media mañana, la puerta se abrió.
Entraron varios funcionarios del rey.
Sus rostros permanecían serios, casi inexpresivos.
Ninguno parecía disfrutar de la tarea que había venido a cumplir.
Me comunicaron que el Parlamento había concluido sus deliberaciones y que la decisión contaba con la aprobación de Enrique VIII.
No habría un juicio como los que tantas veces había imaginado.
No habría una sala repleta de nobles.
No habría oportunidad de llamar testigos en mi defensa.
Mi destino ya había sido escrito.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Durante unos instantes fui incapaz de pronunciar palabra.
Después reuní el valor suficiente para preguntar:
—¿El rey... ha dicho algo de mí?
Los hombres intercambiaron una breve mirada.
Finalmente, uno respondió con voz baja.
—Su Majestad no ha deseado recibirla.
Aquellas palabras me hirieron más profundamente que cualquier condena.
El hombre que un día me llamó su rosa sin espinas ahora ni siquiera deseaba verme por última vez.
Me entregaron el documento.
Mis manos temblaban mientras recorría aquellas líneas.
Cada palabra hablaba de traición.
De deshonra.
De un matrimonio mancillado.
También recordaba mi pasado con Francis Dereham y mis encuentros secretos con Thomas Culpeper, considerados pruebas suficientes para destruir mi nombre.
Levanté lentamente la vista.
—No negaré mis errores —dije con la voz quebrada—. Pero jamás deseé la ruina del reino ni la muerte del rey.
Nadie respondió.
Los funcionarios permanecieron inmóviles.
Ellos no habían acudido para escuchar explicaciones.
Solo eran los mensajeros de una decisión irreversible.
Cuando salieron de la celda, permanecí largo rato contemplando el documento.
Pensé en mi infancia.
En la casa de la duquesa.
En aquella niña que solo soñaba con ser querida.
Pensé en Francis.
En Thomas.
Y, finalmente, en Enrique.
A pesar de todo, una parte de mí seguía recordando al hombre que me sonreía cuando aún creía que yo podía devolverle la juventud perdida.
Las lágrimas comenzaron a caer lentamente.
No lloraba por la corona.
Ni por los vestidos.
Ni por los títulos.
Lloraba por la vida que jamás tendría.
Por los hijos que nunca abrazaría.
Por los años que nunca llegarían.
Esa noche recibí la visita de un sacerdote.
Rezamos juntos durante largo tiempo.
Confesé mis pecados.
Pedí perdón a Dios por mis faltas y rogué que tuviera misericordia de mi alma.
Cuando terminó la oración, una paz inesperada comenzó a instalarse en mi corazón.
Comprendí que ya no podía cambiar el pasado.
Solo podía decidir cómo enfrentaría el final.
Antes de retirarse, el sacerdote me preguntó si tenía algún último deseo.
Miré la pequeña ventana por donde apenas se veía un fragmento del cielo.
—Solo deseo que algún día recuerden que fui más que mis errores.
Que detrás de la reina existía una mujer.
Una muchacha que buscó amor en los lugares equivocados.
Y que pagó el precio más alto por ello.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, apoyé la mano sobre mi pecho.
Mi corazón seguía latiendo con fuerza.
Pero, por primera vez, comprendí que cada latido me acercaba al último amanecer de mi vida.