Samanta Ruiz es la fría CEO de un imperio de papelería Kawaii. Conduce un Lamborghini y tiene todo bajo control, excepto su amor. Por su cumpleaños, sus amigas le regalan un viaje VIP al Caribe, pero un error de reserva la obliga a compartir apartamento con Samuel Vargas, un imponente y jovial magnate de la logística internacional. Tras quince días de piques y tensión, la última noche estalla en una pasión inolvidable. Se despiden en el aeropuerto como adultos realistas: la distancia hace imposible su amor.
Pero un virus estomacal anula la píldora de Samanta. El diagnóstico es brutal: embarazada de mellizos. Orgullosa, decide criarlos sola y en secreto.
Tres años después, Samuel irrumpe en su sala de juntas para negociar una alianza millonaria. Él no la ha olvidado, pero ignora que tiene una parejita de herederos. Con la ayuda de Carlos, su metódico hermano y abogado, Samanta intentará blindar su nido. Pero Samuel es un tiburón implacable que no parará hasta recuperar a su mujer.
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CAPITULO 18. EL LAMBORGHINI DE LAS SILLITAS.
El embarazo de Samanta avanzaba viento en popa, y con la tripa creciendo por semanas, su mente analítica y controladora no paraba de diseñar planes de futuro. Una noche de viernes, aprovechando que el cansancio del sexto mes le daba una tregua, volvió a convocar a Rosa y a Vanesa para una cena informal de chicas en el salón de su ático. Esta vez, la mesa estaba inundada de catálogos inmobiliarios y planos de arquitectura.
—Bueno, amiga, veo que el chip de constructora se te ha activado —bromeó Rosa, dándole un mordisco a su porción de pizza mientras miraba los folletos de viviendas—. ¿Qué tramas ahora? ¿Vas a abrir una sucursal de papelería cuqui en la luna?
Samanta soltó una carcajada suave y se acarició el vientre con ternura.
—No, nada de sucursales espaciales. He tomado una decisión ejecutiva muy importante respecto a mi vida personal. Voy a vender este ático.
Vanesa y Rosa se quedaron de piedra, mirándola con los ojos como platos. Sabían lo mucho que le había costado a Samanta comprar ese lujoso ático en el centro de la ciudad; era el símbolo de su éxito profesional.
—¿Vender el ático? Pero si te encanta este sitio, Sam —intervino Vanesa con sorpresa—. Las vistas son espectaculares y lo decoraste al milímetro.
—Sí, para una mujer soltera y adicta al trabajo es el lugar ideal, no lo niego —explicó Samanta con total madurez y pragmatismo—. Pero un ático no es el entorno adecuado para criar a mis bebés. Vienen un niño y una niña, la parejita. Necesitan espacio real, tener cada uno su propia habitación independiente para cuando crezcan y, sobre todo, necesitan un jardín amplio con césped donde poder jugar seguros, correr y tener un perro si les apetece. No quiero pasarme el día sufriendo por si se acercan demasiado a las barandillas de la terraza del ático. Así que he estado buscando opciones y he encontrado una casa preciosa con un terreno enorme, situada en una urbanización muy tranquila y, lo mejor de todo, muy cerca de la casa de mis padres.
—¡Eso es una idea maravillosa! —exclamó Rosa, con los ojos brillando de entusiasmo—. Tener a tus padres cerca va a ser una bendición para cuando tengas que quedarte hasta tarde en la fábrica o viajar por negocios. Además, un jardín da mucha vida.
—Exacto. La red de apoyo familiar estará a solo cinco minutos en coche —asintió Samanta con una sonrisa—. Ya he puesto el ático en manos de una agencia inmobiliaria de lujo y la venta está casi cerrada. El dinero lo invertiré directamente en la nueva casa para dejarla impecable y adaptada a la estética de los peques antes de que nazcan.
Vanesa miró de reojo hacia el gran ventanal del salón, apuntando hacia abajo, hacia el garaje subterráneo del edificio.
—Oye, Sam... ¿Y qué va a pasar con tu otra joya de la corona? Porque me cuesta mucho imaginar un Lamborghini Huracán Evo de color lila metalizado con dos sillitas de bebé idénticas encajadas en los asientos de carreras. Es físicamente imposible.
Samanta soltó una carcajada limpia y cómplice, recostándose en el sofá con total suficiencia.
—Eso también lo tengo bajo estricto control, Vane. No pienso renunciar a mi pasión por los deportivos de lujo solo por ser madre. He estado investigando en el concesionario oficial de la marca y resulta que sí existe el Lamborghini familiar definitivo. Se llama Lamborghini Urus. Es un Super SUV espectacular, con la misma potencia bruta, el motor V8 biturbo y el diseño agresivo y afilado de mi Huracán, pero con cinco plazas comodísimas, un maletero gigante y los últimos sistemas de seguridad para niños.
—¿Un Lamborghini todoterreno familiar? —Rosa alucinaba, muerta de risa—. Definitivamente eres incorregible, Samanta Ruiz. Vas a ser la mamá más rápida y estilosa de toda la guardería.
—He encargado uno en el mismo color lila satinado personalizado —confesó Samanta con un guiño pícaro—. En un par de meses me lo entregan. Las dos sillitas de bebé a juego con la estética Kawaii ya están reservadas en el almacén de distribución. Mis hijos van a viajar seguros, pero con el rugido de la marca de siempre.
Las tres amigas brindaron con sus vasos de agua y zumo, celebrando la nueva etapa que se abría ante ellas. Samanta se sentía pletórica, feliz y con la absoluta certeza de que estaba construyendo el nido perfecto para su nueva vida. Tenía una casa con jardín en camino, el coche familiar de sus sueños listo para las sillitas y a su familia y amigas blindando su secreto a capa y espada. Samuel seguía a cientos de kilómetros de distancia, metido en sus propios balances empresariales y completamente ajeno a la revolución que su última noche en la isla había provocado. Todo marchaba según el plan ejecutivo de la CEO, convencida de que su férreo control la mantendría a salvo de cualquier imprevisto durante los próximos años.
te felicito autora, está hermosa,no tardes tanto en actualizar por fis👏