Elisa Ramos, una brillante graduada en literatura, ve sus sueños destrozados una fatídica noche tras sufrir una brutal agresión en los suburbios que la deja atrapada en un mutismo selectivo severo. Justo cuando su humilde familia se enfrenta a la ruina y a una tragedia irreparable, en su vida irrumpe Liam Vance, un implacable y hermético CEO de la construcción. Lo que comienza como un frío acuerdo corporativo se transforma en un refugio inquebrantable cuando Liam la traslada a su mansión y se convierte en su "sombra pacífica". Mientras Elisa intenta recuperar su voz a través de las páginas de una libreta, Liam utiliza su inmenso poder para tejer una red de ingeniería legal y atrapar al culpable: Hugo Santoro, un heredero arrogante e intocable de la zona alta. Una historia magistral donde la sed de justicia y el amor más puro se unen para demostrar que los cimientos del corazón son indestructibles.
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CAPITULO 1. EL PERFUME DE LAS PAGINAS IMPRESAS
El olor a papel viejo y tinta fresca era, para Elisa, el mejor perfume del mundo.
Sentada en el gastado sofá de la sala, con las piernas encogidas contra el pecho, devoraba las últimas páginas de su novela favorita por quinta vez. En ese universo de tinta, las promesas se cumplían, los malentendidos se solucionaban con una mirada intensa y los caballeros de armadura brillante siempre llegaban a tiempo para rescatar a la damisela de cualquier peligro.
—Si sigues leyendo con tan poca luz, te vas a quedar ciega antes de publicar tu primer libro, mi niña —dijo Lucía, su madre, entrando a la sala mientras se limpiaba las manos en el delantal.
Elisa apartó la mirada del libro y sonrió, con los ojos brillando de ilusión.
—Mamá, no exageres. Además, estaba justo en la mejor parte. El duque por fin le ha declarado su amor bajo la lluvia. ¿Te imaginas vivir algo así? Un amor tan puro que desafíe al mundo entero.
Lucía sonrió con una mezcla de ternura y nostalgia. Se acercó y acarició el cabello castaño de su hija.
—La vida real es más complicada que los libros de Jane Austen, Elisa. El amor de verdad no siempre viene en caballos blancos ni con títulos nobiliarios. A veces viene cansado del trabajo, con las manos llenas de grasa, pero con el pan para la mesa.
—Lo sé —respondió Elisa, suavizando la mirada—. El amor de papá y tú es hermoso. Pero déjame soñar un poco. Algún día escribiré una historia que haga llorar y sonreír a miles de personas. Una historia donde el amor lo cure todo.
Aquella era la mayor meta de Elisa. A sus veintidós años, acababa de graduarse con honores en Literatura con una beca que se había ganado a pulso gracias a sus calificaciones perfectas. En su escritorio descansaban tres manuscritos terminados a mano, historias de romance idílico que enviaba con el corazón lleno de esperanza a cuanta editorial encontraba, esperando que alguna puerta se abriera.
La puerta de la modesta casa se abrió, interrumpiendo sus pensamientos. Mateo, su padre, entró arrastrando los pies, visiblemente agotado tras una larga jornada en la obra de construcción. A pesar del cansancio de sus hombros, sus ojos se iluminaron al ver a su familia.
—Buenas noches, mis mujeres hermosas —saludó, dejando sus herramientas a un lado y dándole un beso a su esposa y otro a Elisa en la frente.
—Hola, papá. Déjame ayudarte —Elisa se levantó de inmediato para quitarle la pesada chaqueta de lona.
—No te preocupes, mi escritora favorita. Dime, ¿has recibido alguna respuesta de las editoriales hoy?
Elisa forzó una sonrisa y negó levemente con la cabeza.
—Aún no, pero no tengo prisa. Sé que el momento llegará. Mientras tanto, me preparo para mi turno en la cafetería.
Mateo suspiró, sentándose en la mesa del comedor. Le dolía el alma ver a su hija, una joven tan brillante y con un título universitario, teniendo que trabajar de noche sirviendo mesas para ayudar a pagar las cuentas de la casa. El sueldo de Mateo como obrero apenas cubría la renta y la comida básica; la aportación de Elisa era el aire que les permitía respirar sin ahogarse en deudas.
—Siento mucho que tengas que hacer esto, Elisa —dijo Mateo, mirándose las manos agrietadas—. Deberías estar descansando, escribiendo tus historias, no limpiando mesas hasta la madrugada.
Elisa se acercó por la espalda y le dio un fuerte abrazo, apoyando la barbilla en su hombro.
—Papá, no digas eso. Somos un equipo. Además, la cafetería es tranquila y me sirve para observar a la gente. ¿Quién sabe? Tal vez el protagonista de mi próxima novela entre por esa puerta cualquier día de estos. Un hombre perfecto, un príncipe azul moderno que cambie mi vida para siempre.
Mateo y Lucía compartieron una mirada de profundo cariño. Su hija era un ángel, una joven llena de luz e inocencia que aún creía en los finales felices de los cuentos de hadas.
Elisa miró el reloj de la pared. Faltaba poco para las ocho de la noche. Se despidió de sus padres con un beso, tomó su bolso y caminó hacia la puerta, sintiendo el peso reconfortante de su cuaderno de notas en la mochila.
Al salir a la calle, el aire fresco de la noche la recibió. Elisa respiró hondo, mirando las estrellas que empezaban a titilar en el cielo, sin imaginar que aquella sería la última noche en que miraría el mundo con los ojos de una soñadora. La tormenta perfecta estaba a punto de desatarse, y el cuento de hadas se convertiría en su peor pesadilla.