Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 8
Madeline permaneció unos minutos más en el balcón, intentando comprender las palabras de Elías.
Cuanto más pensaba en ellas, menos sentido tenían.
¿Qué quería decir con que dejara de intentarlo?
¿Y qué era exactamente aquello que supuestamente ella y el conde estaban tramando?
No lograba encontrar una respuesta.
Con un suspiro cansado, regresó al interior del salón.
Apenas había avanzado unos pasos cuando un sirviente pasó junto a ella sosteniendo una bandeja de copas.
—¿Lady Fairchild?
Madeline aceptó una por simple cortesía.
Tenía demasiadas cosas en la cabeza y, en aquel momento, una copa parecía una excelente forma de distraerse.
Bebió un pequeño sorbo.
Luego otro.
A lo lejos sintió la mirada de su padre sobre ella.
Julián continuaba observándola desde el otro extremo del salón.
Madeline apartó la vista.
No quería pensar más en él.
Ni en Elías.
Ni en aquel compromiso.
Sin embargo, apenas unos minutos después comenzó a sentirse extraña.
Un calor inusual se extendió por su cuerpo.
Al principio pensó que era por la cantidad de personas reunidas en el salón.
Pero el calor no desapareció.
Al contrario.
Se intensificó.
Y poco después llegó el mareo.
Madeline apoyó una mano sobre una columna cercana.
—Qué raro...
Su cabeza daba vueltas.
La música parecía sonar cada vez más lejana.
—¿Será por la copa...?
Murmuró para sí misma.
Según los recuerdos de la antigua Madeline, apenas había probado alcohol unas pocas veces.
Quizá simplemente no estaba acostumbrada.
Aunque algo le decía que aquello era diferente.
Mucho más diferente.
La sensación de inquietud aumentó.
Necesitaba salir de allí.
Necesitaba descansar.
Antes de que pudiera dar otro paso, una doncella se acercó rápidamente.
—Lady Madeline, ¿se encuentra bien?
—Solo un poco mareada.
La joven pareció preocuparse.
—Permítame acompañarla a su habitación.
Madeline aceptó agradecida.
En ese momento caminar sola parecía una tarea imposible.
La doncella la condujo por los largos pasillos de la mansión hasta llegar a la habitación asignada para ella.
—Descanse, lady Madeline.
—Gracias.
La puerta se cerró.
Y por fin quedó sola.
O al menos eso creyó.
Madeline avanzó tambaleándose hacia el interior de la habitación.
El calor seguía aumentando.
Su respiración se volvió irregular.
Algo no estaba bien.
Definitivamente no estaba bien.
Con movimientos torpes intentó aflojar algunas partes de su vestido.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
Necesitaba...
De pronto se detuvo.
Una sensación extraña recorrió su espalda.
Como si no estuviera sola.
Como si hubiera alguien más en la habitación.
El corazón comenzó a latir con fuerza.
Lentamente levantó la vista.
La oscuridad ocultaba gran parte de la estancia.
Pero una figura se distinguía cerca de la cama.
Alta.
Inmóvil
El mareo empeoró.
Madeline intentó retroceder.
Intentó hablar.
Intentó preguntar quién estaba allí.
Pero las palabras no llegaron a salir.
Madeline apenas logró articular un débil
— No...
cuando la figura alta y fuerte la agarró del brazo con firmeza pero sin violencia y la tumbó sobre la cama. El colchón cedió bajo su peso y, antes de que pudiera reaccionar, unos labios calientes y desesperados se posaron en su cuello, besándolo con hambre.
Un gemido traicionero escapó de su garganta.
Se sentía demasiado bien.
Todo estaba borroso. La habitación daba vueltas, el calor en su vientre era insoportable y se concentraba entre sus piernas como un fuego líquido. El desconocido olía a madera, especias y algo intensamente masculino que le nublaba aún más la mente.
— Por favor… ¿quién…? —intentó preguntar, pero sus palabras se convirtieron en un gemido cuando él succionó la piel sensible de su cuello mientras sus manos grandes terminaban de aflojar el vestido que ya colgaba de sus hombros.
La tela se deslizó con facilidad, dejando al descubierto sus s*nos. Él no dudó. Su boca descendió y capturó uno de sus p*zones con avidez, chupando con fuerza mientras su mano amasaba el otro. Madeline arqueó la espalda, clavando los dedos en las sábanas. El calor entre sus muslos se volvió insoportable.
— Ahh… —gimió, sin saber si era protesta o súplica.
Él no hablaba. Solo gruñía bajito, como si también estuviera perdido en la misma niebla de deseo. Sus manos bajaron por su cintura, quitándole el resto del vestido con movimientos torpes pero decididos.
Cuando sus dedos rozaron su intimidad ya empapada, Madeline soltó un grito ahogado y abrió las piernas sin pensar.
El desconocido introdujo dos dedos en ella con facilidad, moviéndolos con un ritmo urgente mientras su pulgar frotaba su cl*toris hinchado. Madeline se retorcía bajo él, gimiendo sin control. Todo su cuerpo ardía.
De pronto él se apartó solo lo necesario para quitarse la camisa y bajar sus propios pantalones. Madeline apenas pudo distinguir un torso ancho y fuerte antes de que él se colocara entre sus piernas. Sintió la cabeza gruesa y caliente de su miembro frotándose contra sus pliegues mojados.
— Espera… —susurró débilmente, pero su cuerpo lo traicionó: levantó las caderas buscando más contacto.
Él empujó.
Un gemido largo y ronco escapó de ambos cuando la p*netró de una sola embestida profunda. Madeline se sintió llena por completo, estirada deliciosamente. El placer y dolor era tan intenso que le nubló la vista.
Él empezó a moverse con fuerza, embestidas profundas y rápidas, como si no pudiera controlarse. Sus caderas chocaban contra las de ella con un ritmo salvaje. Cada vez que entraba hasta el fondo, Madeline gritaba de placer, las uñas clavadas en su espalda.
— Dios… sí… más… —jadeaba ella, completamente perdida en la droga y el deseo.
Él la besó con desesperación, tragándose sus gemidos mientras aceleraba. Sus manos sujetaban sus caderas con posesión, levantándola para penetrarla aún más profundo. El sonido húmedo de sus cuerpos llenaba la habitación junto con sus respiraciones agitadas y gemidos.
Madeline sintió el *rgasmo acercarse como una ola gigantesca. Sus paredes internas se contrajeron con fuerza alrededor de él y se corrió con un grito ahogado, temblando violentamente bajo su cuerpo.
Él gruñó contra su boca, embistiéndola unas cuantas veces más con fuerza antes de hundirse hasta el fondo y correrse dentro de ella con un gemido gutural, derramando su semilla caliente en pulsos intensos.
Ambos quedaron jadeando, sudorosos y temblorosos. Él se dejó caer sobre ella, aún dentro, respirando contra su cuello. Madeline sentía la cabeza darle vueltas, el cuerpo pesado y saciado, hasta que sus ojos empezaron a cerrase cayendo en una completa oscuridad.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada