Un divorcio es solo el principio
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Depredador y Presa
A las diez de la mañana del lunes, Alberto entró en el despacho de Dante Quintana con el pecho inflado y una sonrisa de "camaradería" que daba náuseas. Se había ajustado el nudo de la corbata frente al espejo del ascensor, convencido de que su mensaje de las tres de la mañana había calado en la "solidaridad masculina" del abogado.
Dante estaba sentado tras su escritorio de cuero, impecable, con una pluma estilográfica en la mano y una expresión que Alberto confundió con amabilidad.
—Dante, qué gusto que me recibas tan rápido —dijo Alberto, sentándose sin invitación y dejando su maletín sobre la mesa—. Supongo que leíste mi mensaje. Sabía que un hombre de tu nivel entendería que esto es solo un... berrinche doméstico que se nos salió de las manos. Elena es intensa, ya sabes, las mujeres y sus hormonas cuando se sienten desplazadas.
Dante no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Dejó la pluma sobre el escritorio con un clic metálico que cortó el aire como una guillotina.
—Alberto —su voz era un susurro profundo, peligrosamente calmado—. Te cité aquí porque me causaste una curiosidad casi antropológica. Hacía años que no veía a un hombre tan... fascinantemente estúpido.
La sonrisa de Alberto se congeló.
—¿Perdón? Dante, estamos hablando de hombre a hombre...
—No, Alberto. Estamos hablando de un depredador a su presa —Dante se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio vital de Alberto. El aroma a sándalo y peligro era ahora asfixiante—. Cometiste tres errores fatales en menos de seis horas. Primero, subestimaste a Elena, quien es, por mucho, la persona más brillante que ha pisado esta oficina. Segundo, creíste que yo comparto tu código de ética de alcantarilla solo por tener el mismo cromosoma. Y tercero... —Dante deslizó una tableta sobre el escritorio con los mensajes de la madrugada en pantalla—, me enviaste pruebas por escrito de que intentaste coludir con el abogado de la contraparte para perjudicar a tu esposa.
Alberto empezó a sudar. El aire acondicionado parecía haber dejado de funcionar.
—Dante, era una broma, un decir...
—Escúchame bien, porque no lo voy a repetir —lo interrumpió Dante con una elegancia gélida—. No soy tu "hermano". No soy tu aliado. Soy el hombre que Elena eligió para que te quite hasta los botones de ese traje de saldo que llevas puesto. Ella estuvo en tu proceso cuando no eras nada, y ahora yo voy a estar en el mío mientras vuelves a ese mismo estado.
Dante se levantó, dándole a entender que la audiencia había terminado.
—Si vuelves a enviarme un mensaje, o si te atreves a poner un pie a menos de cien metros de ella, no solo te hundiré en el juzgado. Me encargaré personalmente de que no puedas conseguir trabajo ni administrando un carrito de hot-dogs. Ahora, sal de mi oficina antes de que decida cobrarte estos cinco minutos de mi tiempo con tu última propiedad en la playa.
Alberto se levantó, temblando, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Al salir, vio a través del cristal de la sala de juntas a Elena. Estaba allí, divina, revisando unos documentos con una calma absoluta. Ni siquiera levantó la vista para mirarlo. Para ella, él ya era un fantasma