Kiara Jiménez sólo quería desahogarse de su jefe frío, exigente e insoportable. Así que hizo lo que jamás admitiría en voz alta: escribió una novela adulta con Darío Zárate como protagonista.
El problema fue que, por error, no la subió a la plataforma.
Se la mandó a él.
Una noche de alcohol, vergüenza y deseo termina en la cama del hombre que más quería evitar. Kiara intenta fingir que todo fue un accidente, pero Darío no parece dispuesto a dejarla escapar. Entre ascensos inesperados, una prometida celosa, secretos familiares y amenazas que la persiguen, Kiara tendrá que decidir si Darío es su peor error… o el único hombre capaz de protegerla cuando todo se derrumba.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Guardé el medicamento en la bolsa y aceleré el paso.
No miré hacia atrás.
Ni una vez.
Si Darío seguía en la entrada, si estaba molesto, si le daba igual, no quería saberlo.
Necesitaba llegar al salón, sentarme, firmar el contrato y sobrevivir la noche sin volver a pensar en su mano sosteniendo esa caja.
El cliente ya estaba dentro.
Lo había tratado varias veces durante el proyecto y, por suerte, nuestra comunicación siempre había sido bastante buena. Apenas me vio, se levantó con una sonrisa.
—Señorita Jiménez.
—Buenas noches.
—Hace tiempo que no nos vemos. Le mostré a mi equipo los bocetos que usted preparó y la reacción fue excelente. Brindemos por adelantado por esta colaboración.
Tomé la copa.
Era vino tinto.
Me dije que una copa no iba a matarme.
La bebí de un trago y, al dejarla sobre la mesa, pensé en mi renuncia.
Había sido impulsiva.
Ni siquiera había hecho una entrega formal del proyecto.
Por más ganas que tuviera de desaparecer, lo mínimo era cerrar bien el contrato. Después podría volver a hablar de renunciar.
La puerta del salón se abrió.
Un compañero se enderezó de inmediato.
—¡Director Zárate!
Me giré.
Darío entró con su paso tranquilo, como si no acabara de verme recoger anticonceptivos del suelo de un hotel.
Y detrás de él venía una mujer.
Bonita.
Muy bonita.
Rasgos delicados, sonrisa suave, vestido elegante, ese tipo de presencia que no necesitaba levantar la voz para hacer que todos voltearan.
Al sentir las miradas, ella levantó la mano y se sujetó del brazo de Darío con naturalidad.
Se me apretó el estómago.
El cliente fue el primero en reconocerla.
—¿Usted es la señorita Camila Serrano? ¿La hija del presidente Serrano?
Ella sonrió con educación.
—Usted debe ser el señor Ruiz. Mi papá lo ha mencionado.
Le tendió la mano.
—Acabo de regresar del extranjero. Mi padre cree que me falta experiencia práctica, así que entraré a trabajar en Grupo Zárate desde abajo. Quería familiarizarme con el flujo de trabajo cuanto antes, y Darío me dijo que hoy tenía una cena con clientes. Por eso vine con él.
Darío.
No director Zárate.
Darío.
La voz de la llamada.
Seguro.
Sentí una incomodidad tan pesada que moví mi plato un poco hacia un lado y me hice más pequeña en la silla.
Darío sólo dijo:
—Siéntate.
Camila se sentó junto a él.
No intentó ocultar la cercanía.
—Hoy no bebas demasiado —le dijo con un tono dulce—. Tu mamá me pidió que te vigilara. La última vez que tomaste de más terminaste con gastritis hemorrágica y todos se preocuparon muchísimo.
Yo abracé mi plato.
Literalmente.
Lo acerqué a mi cuerpo y me moví un poco hacia Lina, mi asistente.
No por nada.
Por culpa.
Por vergüenza.
Por haber despertado esa misma mañana en una cama con un hombre que, al parecer, ya tenía a alguien cuidándole hasta las copas.
Lina mordía la punta de un palillo de botana mientras veía su celular debajo de la mesa.
—Jefa —susurró—, acabo de buscarla. Esta Camila Serrano es de la familia Serrano, la de Monterrey. Hija única. Dicen que tiene prometido, pero nunca lo han mostrado en público.
Se quedó a media frase.
Luego levantó los ojos hacia Darío.
Sus pupilas se agrandaron.
—No me diga que el prometido es el director Zárate.
Suspiré.
—Me preguntas como si yo supiera.
Acababa de decirlo cuando sentí una mirada.
Levanté la cara.
Camila me observaba con una sonrisa ligera.
—Usted debe ser Kiara Jiménez, ¿verdad?
Me enderecé.
—Sí.
Ella me recorrió con una calma demasiado fina para ser casual.
—Escuché que esta colaboración la llevó usted casi por completo. Qué impresionante. Darío, tienes suerte de contratar gente tan capaz.
El comentario sonaba amable.
Demasiado amable.
Yo elegí mis palabras con cuidado.
—No fue sólo mi trabajo. También participó el equipo de planeación. Fue un esfuerzo conjunto.
Era una respuesta segura.
Sin margen para que nadie dijera que me estaba luciendo.
Camila parpadeó y sonrió todavía más.
—Entonces brindaré por usted, señorita Jiménez. Espero que, en adelante, nos llevemos muy bien.
Tomó una botella y sirvió una copa llena.
El líquido era claro.
No vino.
Tequila.
O algo igual de fuerte.
Sentí que la garganta se me cerraba.
Esa mañana había tomado un anticonceptivo de emergencia. Ya había bebido vino. Otra copa fuerte podía caerme horrible.
Pero la hija de la familia Serrano me estaba ofreciendo un brindis frente a todo el salón.
No podía rechazarlo sin parecer grosera.
Estiré la mano.
Antes de tocar la copa, unos dedos largos la tomaron primero.
Darío.
No cambió de expresión.
Levantó la copa y se la bebió de un solo trago.
El vidrio sonó seco al volver a la mesa.
No explicó nada.
No dijo que yo no podía beber.
No dijo que me estaba cubriendo.
Sólo lo hizo.
Camila se llevó una mano a la boca.
—Ay, perdón, señorita Jiménez. No me fijé. Pensé que era vino blanco. No se vaya a molestar.
Su disculpa sonó limpia.
Pero no había calor en ella.
Yo sonreí como pude.
—No se preocupe.
La cena continuó.
Regular.
Incómoda.
Eficiente.
La presencia de Camila ayudó al cierre más de lo que cualquiera quiso admitir. El cliente fue generoso, el contrato se firmó sin vueltas y hasta cedieron dos puntos de utilidad entre risas, copas y felicitaciones.
Cuando todo terminó, los compañeros se fueron en grupos.
Yo salí a la calle y me abracé los brazos por el frío. Mientras esperaba un taxi, vi una figura conocida al otro lado de la avenida.
Darío.
Estaba bajo la luz amarilla de un poste, con el rostro medio hundido en sombras. Camila hablaba frente a él. Él miraba su celular, como si no escuchara del todo.
Cuando ella terminó, Darío levantó la cabeza y respondió algo breve.
No pude oírlo.
Pero vi el efecto.
Camila cambió de expresión. Molestia. Vergüenza. Rabia contenida.
Luego se dio la vuelta y se fue.
Me quedé tiesa.
¿Yo tenía una especie de maldición con Darío?
¿Por qué cada vez que salía de algún lugar me tocaba verlo en una escena incómoda con su supuesta novia?
En ese instante, Darío levantó la mirada.
Me vio.
Ya era tarde para fingir que yo estaba mirando una maceta imaginaria.
Levanté la mano, rígida.
—Director Zárate... qué coincidencia.
Sus ojos se veían más oscuros bajo la noche.
—El proyecto de hoy salió bien.
Tardé medio segundo en entender que hablaba de trabajo.
—Fue esfuerzo de todo el departamento. Yo sólo participé en una parte pequeña.
Me interrumpió.
—Leí el informe. Los puntos clave los resolviste tú.
Me quedé callada.
Darío añadió:
—Tienes talento.
No supe qué hacer con eso.
¿Darío Zárate acababa de elogiarme?
¿El mismo Darío que podía encontrarle defectos a una presentación aunque estuviera bendecida por todos los santos?
Antes de que pudiera responder, dijo:
—A partir de mañana serás subdirectora del departamento de diseño. Mi secretaria arreglará los trámites.
Me quedé mirándolo.
Sin aire.
Sin palabras.
Y con la terrible sensación de que mi renuncia acababa de alejarse muchísimo más.