Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo XVIII El regreso de la reina de cristal
La verja de hierro forjado de la residencia Villaseñor crujió con un lamento metálico cuando el automóvil de Ester atravesó la entrada. La propiedad, que en otros tiempos había sido el símbolo vivo del esplendor y el estatus de la familia, ahora lucía un velo sutil de abandono. Las sombras del atardecer se estiraban sobre el jardín descuidado, proyectando una atmósfera sombría que combinaba a la perfección con el peso del pasado que todavía habitaba entre sus paredes.
Ester bajó del vehículo con paso firme, vistiendo la misma elegancia sobria que la caracterizaba desde su regreso. Miró la fachada de piedra y respiró hondo. Seis años atrás había huido de ese lugar envuelta en la desesperación y el miedo, perseguida por la sombra implacable de Vincet Vane. Hoy regresaba por la puerta principal, no como la joven asustada que fue sacrificada por los errores ajenos, sino como la dueña de su propio destino.
Al cruzar el umbral del vestíbulo, el eco de sus tacones rompió el silencio helado de la casa. Desde el fondo del pasillo, una puerta se abrió bruscamente.
—¿Quién anda ahí? Les dije que no quería interrupciones hasta la hora de la cena —protestó una voz cansada, áspera y cargada de una irritación añeja.
Ismael Villaseñor avanzó hacia el recibidor ajustándose la chaqueta del traje. Llevaba en el rostro las marcas evidentes de un hombre consumido por la ambición, las deudas y la prisión sofocante de su matrimonio de conveniencia con Valeria de la Vega. Tenía los ojos hundidos y la mirada opaca de quien sabe que el suelo bajo sus pies se derrumba día con día.
Pero al levantar la vista y chocar de frente con la mujer que estaba de pie bajo la luz del candelabro, Ismael se congeló.
El tiempo pareció detenerse en la estancia. Un vaso de cristal que Ismael sostenía en la mano izquierda resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo de mármol y esparciendo fragmentos y licor por doquier. El sonido no logró sacarlo de su estupor.
—No... no es posible —susurró Ismael, dando un paso vacilante hacia atrás mientras la tez se le cubría de un pálido cadavérico—. Estoy volviéndome loco... La bebida me está haciendo ver fantasmas...
Ester permaneció inmóvil, observándolo con una mezcla de lástima amarga y una severidad serena.
—No soy un fantasma, Ismael —dijo con una voz suave pero tajante—. Estoy muy viva.
Ismael ahogó un gemido en la garganta. Se llevó ambas manos a la cabeza, como si intentara despertar de una pesadilla o confirmar que la imagen frente a él era real. Caminó hacia ella con pasos torpes, temblando visiblemente, hasta quedar a solo unos centímetros. Extendió una mano vacilante y rozó el hombro de Ester. Al sentir la calidez de su piel y la firmeza de su presencia, el orgullo y la coraza de hombre frío que Ismael había construido durante seis años se hicieron pedazos en un instante.
Ismael se cayó de rodillas ante ella, rompiendo a llorar con un sollozo desgarrador que retumbó en las paredes del vestíbulo.
—¡Ester! ¡Dios mío, Ester! —gemía abrazándose a la cintura de su hermana, escondiendo el rostro en su traje mientras las lágrimas le empapaban la ropa—. Te maté... Yo te maté… Todo lo que hice, la codicia, las deudas... Pensé que habías muerto en ese acantilado por mi culpa. ¡Perdóname, por favor, perdóname!
Ester no se apartó, pero tampoco correspondio al abrazo con calidez. Mantuvo la espalda erguida, dejando que su hermano desahogara el peso insufrible de una culpa que lo había carcomido en la soledad.
—Ponte de pie, Ismael —ordenó con tranquilidad—. Levántate.
Transcurrieron varios minutos antes de que Ismael pudiera recomponerse. Se limpió el rostro con el pañuelo, respirando con dificultad, con los ojos rojos y desencajados por la conmoción.
—¿Cómo es posible? —preguntó Ismael, intentando asimilar la realidad—. Buscamos tu cuerpo durante semanas. Los periódicos, la policía... Vincet usó tu muerte para aplastarme, para arrebatarme hasta el último centavo. ¿Dónde estuviste todo este tiempo? ¿Cómo sobreviviste?
—Sobreviví porque alguien me sacó de este infierno antes de que fuera demasiado tarde —respondió Ester, dando unos pasos hacia la gran escalera de madera—. Y la persona que financió mi recuperación en el extranjero, quien se encargó de que nadie en esta ciudad volviera a poner un dedo sobre mí, fue nuestro padre.
Ismael la miró con los ojos desorbitados, como si le hubieran propinado un golpe físico en el pecho.
—¿Papá? —balbuceó Ismael en un susurro incrédulo—. Eso no puede ser... Papá ha estado enfermo, postrado en esa cama desde hace años, consumiéndose en el remordimiento por tu pérdida. Me decía todos los días que la familia estaba maldita...
—Papá siempre supo que yo estaba viva, Ismael —reveló Ester, girándose para mirarlo a los ojos con absoluta firmeza—. Mantuvimos contacto desde el primer mes. Él fue quien coordinó los fideicomisos internacionales y los recursos que me permitieron estudiar, levantar mi propia empresa y prepararme para este momento. Prefirió guardar el secreto y soportar el dolor frente a ti y frente al mundo porque era la única forma de asegurarle mi protección. Sabía que si Vincet Vane o los De la Vega sospechaban que yo seguía respirando, no descansarían hasta destruirme para siempre.
Ismael retrocedió hasta apoyarse en la pared, completamente abrumado por la revelación. La idea de que su padre hubiese preferido mantener el secreto más grande de sus vidas antes que confiar en él le dolía en lo más profundo, pero en el fondo de su conciencia sabía la razón: su propia ambición e irresponsabilidad habían sido las causantes de la tragedia inicial.
—Me ocultó la verdad... porque no confiaba en mí —murmuró Ismael, bajando la cabeza con una humillación aplastante.
—Te ocultó la verdad porque estabas ciego por el dinero y por los pactos que hiciste con gente peligrosa —sentenció Ester, sin alterarse—. Pero eso quedó en el pasado. Hoy he vuelto a esta casa no para lamentarme por lo que perdimos, sino para saldar cuentas. Y lo primero que voy a hacer es ver a mi padre.
Ester comenzó a subir los peldaños de la escalera hacia las habitaciones superiores, dejando a Ismael en la penumbra del recibidor, asimilando que la hermana a la que lloró como muerta había regresado convertida en una fuerza implacable dispuesta a reescribir el destino de los Villaseñor.
Al final supieron renacer como pareja
Dale con todo por idiota