Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 3: El libro prestado
A la mañana siguiente, cuando llegué al hospital, Nicolás ya estaba esperando en la puerta de la biblioteca.
No dentro. En la puerta. Apoyado contra la pared con un libro abierto en las manos y una sonrisa que parecía decir "sabía que vendrías".
Llevaba la misma bata azul de ayer, pero esta vez tenía una chaqueta de lana por encima y una bufanda roja alrededor del cuello. A pesar del calor que hacía en el hospital, parecía tener frío. Sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas, y sus dedos, los que sostenían el libro, temblaban apenas un poco.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista del libro.
—Llego a mi hora.
—Pues he estado aquí desde las ocho. —Cerró el libro y lo sostuvo contra su pecho. —Así que para mí, llegas tarde.
—¿Por qué has venido tan temprano?
—Porque no podía dormir. —Se encogió de hombros y se incorporó con un esfuerzo que intentó disimular. —Y porque tenía que devolverte esto.
Extendió el libro hacia mí. Era una edición vieja, con la portada desgastada y las páginas amarillentas. "Cien años de soledad", leí en el lomo.
—No es mío —dije.
—Lo sé. Lo cogí de la biblioteca ayer por la tarde. —Sonrió con esa sonrisa suya, tan peligrosa. —Pero quería tener una excusa para verte esta mañana.
—No necesitas excusa para verme.
—¿Ah, no? —Sus ojos se iluminaron. —Entonces puedo venir solo porque quiero.
—No he dicho eso.
—Pero lo has insinuado.
Abrí la boca para rebatirle, pero me di cuenta de que tenía razón. Acababa de decirle, sin querer, que podía venir sin necesidad de libros ni excusas. Que podía venir porque sí.
Me odié un poco por eso.
—Dame el libro —dije, extendiendo la mano.
Él lo colocó en mi palma con una lentitud deliberada, dejando que nuestros dedos rozaran apenas un segundo. El contacto fue breve, fugaz, como una chispa en la oscuridad.
Y luego, como si nada, se apartó.
—¿Lo has leído? —preguntó.
—¿El libro?
—Sí. ¿Lo has leído?
—Varias veces. —Guardé el libro bajo el brazo y rodeé a Nicolás para abrir la puerta de la biblioteca. —Es uno de mis favoritos.
—¿Y de qué va?
—¿No lo sabes?
—Lo he empezado. —Entró detrás de mí, con las manos en los bolsillos de la chaqueta. —Pero me he quedado en la primera página. Se me da mejor que me lo cuenten.
Me giré y lo miré con una mezcla de incredulidad y diversión.
—¿Quieres que te lo cuente?
—Si no es mucha molestia.
—Es un libro de cuatrocientas páginas.
—Tengo tiempo. —Se dejó caer en una de las sillas de lectura, con un suspiro que delataba su cansancio. —Y además, me gusta cómo hablas. Tienes una voz tranquila. Como de bibliotecaria.
—No soy bibliotecaria. Soy voluntaria.
—Pues tienes voz de bibliotecaria. —Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el respaldo. —¿Me cuentas el libro?
Debería haberle dicho que no. Debería haberle recordado que tenía trabajo que hacer, que había libros que organizar, que no podía pasarme el día contando historias a un paciente que claramente estaba usando eso como excusa para estar cerca de mí.
Pero cuando vi la forma en que sus párpados se cerraban, la forma en que su pecho subía y bajaba con esa respiración débil y entrecortada, no pude decirle que no.
—Está bien —dije, sentándome frente a él. —Pero solo un capítulo.
—Un capítulo. —Sonrió sin abrir los ojos. —Y mañana otro. Así hasta que termine el libro.
—Eso es mucho tiempo.
—No tengo prisa.
Y entonces, con el libro abierto sobre mis rodillas y la voz más suave que pude, empecé a leerle la historia de los Buendía, de Macondo, de ese mundo mágico donde todo era posible.
Nicolás no dijo nada durante la primera media hora. Solo escuchaba, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera saboreando cada palabra. De vez en cuando, una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios. Otras veces, fruncía el ceño, como si algo le hiciera pensar.
Cuando llegué al final del primer capítulo, cerré el libro y lo dejé sobre la mesa.
—Se ha acabado por hoy —dije.
Él abrió los ojos. Había algo en ellos que no había visto antes. Una mezcla de gratitud y tristeza, de alegría y melancolía.
—Me ha gustado —dijo en voz baja. —Sobre todo la parte de José Arcadio, cuando el gitano le enseña el hielo.
—¿Y qué te ha gustado de esa parte?
—Que algo tan simple pueda ser tan mágico. —Se incorporó lentamente, con las manos apoyadas en los brazos de la silla. —El hielo. Algo tan normal. Pero para él, era un milagro.
—Para ti también debería serlo. —La frase se me escapó antes de que pudiera pensarla. —Quiero decir... estás vivo. Eso es un milagro.
Nicolás me miró durante un largo momento. Sus ojos azules se clavaron en los míos, y por un instante, el mundo se detuvo.
—¿Sabes, Valeria? —dijo al final, con una voz que apenas era un susurro. —Eres la única persona que me ha dicho eso sin que sonara a lástima.
—No es lástima. Es...
—¿Qué?
—No lo sé. —Bajé la mirada y jugué con las páginas del libro. —Quizás es que no quiero que te vayas.
El silencio que siguió fue tan intenso que casi podía oír el latido de mi propio corazón.
—No pienso irme —dijo él. —No tan pronto. —Su mano se movió sobre la mesa y cubrió la mía. —Prométeme que vas a seguir viniendo. Aunque sea solo para leerme.
—Nicolás...
—Solo un capítulo al día. —Su sonrisa volvió, pero esta vez era más suave, más vulnerable. —Es todo lo que te pido.
—¿Y si no puedo?
—Entonces me leeré yo el libro. Pero será mucho menos bonito. —Apretó suavemente mis dedos. —Porque tú tienes una manera de leer que hace que las palabras parezcan canciones.
No supe qué responder. Así que en lugar de hablar, asentí.
Y él sonrió. Una sonrisa tan amplia que iluminó toda la biblioteca.
—Entonces mañana, misma hora. —Se levantó, con un esfuerzo que no pudo ocultar del todo. —Tráeme otro libro. Uno de amor.
—¿Por qué de amor?
—Porque quiero aprender. —Se inclinó hacia mí, lo suficiente para que su aliento rozara mi oído. —Nunca he sabido querer bien. Y tú pareces saber mucho de eso.
—No sé nada de amor —dije, con la voz temblorosa.
—Pues vamos a aprender juntos.
Y entonces, sin esperar mi respuesta, se dio la vuelta y se fue.
Me quedé allí, con el libro de "Cien años de soledad" entre las manos y el corazón latiéndome tan fuerte que creí que iba a saltar del pecho.
Porque sabía que, contra toda lógica y contra toda maldición, estaba empezando a quererlo.
Y eso, más que cualquier enfermedad, era lo que realmente me daba miedo.