Fabián Vargas se quedó con su fortuna. Gael Sotomayor se quedará con su mujer. Tras ser despojado de su herencia por las trampas de su medio hermano Fabián, Gael Sotomayor decide ejecutar la venganza más despiadada: arrebatarle lo que más ama. La oportunidad perfecta llega con la ruina de los Villarreal. Aprovechando el colapso financiero de su familia, Gael acorrala a Isabel Villarreal y la obliga a firmar un contrato matrimonial. Para salvar a los suyos, ella deberá convertirse en la señora Sotomayor y entrar en la boca del lobo. Isabel cree que solo será el trofeo en una guerra de poder y resentimiento. Sin embargo, en las sombras de un matrimonio forzado, el odio mutuo empezará a transformarse en una atracción oscura, peligrosa e inevitable. El juego de venganza ha comenzado, pero cuando el deseo se mezcla con el rencor... ¿quién pagará el precio de la deuda?
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Una dulce sorpresa
Los imponentes portones de hierro se abrieron de par en par, dando paso a la camioneta blindada por una entrada bordeada de pinos perfectamente podados. La mansión Sotomayor era una estructura monumental de arquitectura moderna, donde el mármol blanco, el vidrio y el acero se conjugaban para proyectar una opulencia fría y distante. La misma atmósfera que Gael Sotomayor cargaba consigo a donde quiera que iba.
El chofer se apresuró a abrir la portezuela trasera. Isabel descendió primero, respirando el aire espeso de la tarde, sintiendo que sus piernas pesaban como el plomo al dar los primeros pasos hacia el interior de lo que ahora sería su prisión. Gael bajó justo detrás de ella, recuperando de inmediato su postura erguida y su semblante hermético, ese rostro de piedra con el que manejaba sus negocios y con el que acababa de amenazarla hacía apenas unos minutos en el auto.
Las enormes puertas dobles de la entrada principal fueron abiertas por el personal de servicio. Isabel cruzó el umbral hacia un vestíbulo de techos altísimos y suelos pulidos que reflejaban la luz como un espejo. Pero antes de que pudiera procesar la fría majestuosidad del lugar, el eco de unos pasos apresurados y menudos rompió el silencio del recinto.
—¡Papá! —exclamó una voz infantil, dulce y llena de una emoción desbordante.
Una pequeña niña apareció corriendo desde el gran salón. No tenía más de cinco años. Su cabello castaño y alborotado flotaba en el aire mientras sus pequeños zapatos resonaban contra el mármol. Vestía un mameluco de colores claros y traía las mejillas encendidas por el entusiasmo de la espera.
Isabel se quedó estática, observando la escena sin comprender.
—¡Tábata, cuidado no te vayas a caer! —advirtió Gael.
En ese preciso instante, ante los ojos atónitos de Isabel, ocurrió una metamorfosis absoluta. El hombre implacable, el titán corporativo que movía los hilos de la justicia a su antojo y que acababa de sentenciar a los Villarreal y a los Vargas al mismo infierno, desapareció por completo. Gael se arrodilló sobre el frío suelo de mármol, abriendo los brazos de par en par. Una enorme y genuina sonrisa, cargada de una calidez insondable, iluminó su rostro, borrando de golpe las líneas de severidad que Isabel le había visto desde el primer segundo en que lo conoció hace apenas unas horas atrás.
La pequeña Tábata se lanzó con fuerza contra el pecho de su padre, rodeando su cuello con sus pequeños brazos. Gael la levantó en vilo, estrechándola contra sí con un amor tan profundo y protector que congeló el aire a su alrededor. La llenó de besos en la mejilla mientras la niña reía con ganas, ajena por completo a las tormentas que su padre desataba en el mundo exterior.
—Te extrañé mucho, papá. Te tardaste un siglo —protestó la pequeña con un tierno puchero, acomodándose en los brazos de Gael.
—Lo sé, mi princesa, lo sé. Tenía unos negocios importantes que cerrar —respondió Gael con una voz suave, dulce, un tono que Isabel jamás habría creído capaz de salir de la garganta de ese hombre—. Pero ya estoy aquí. Cumplí mi promesa.
Isabel permaneció un paso por detrás, completamente desconcertada. Miraba al Gael que adoraba a su hija y luego al Gael que la había comprado a ella, intentando conciliar ambas facetas en su mente. Era evidente que el monstruo que destruía imperios financieros tenía un punto débil, un tesoro sagrado que protegía del resto del mundo: su pequeña hija Tábata.
Gael acomodó a la pequeña en sus brazos y se puso de pie con una fluidez elegante. Al girarse hacia Isabel, la calidez que había iluminado sus ojos hace un segundo se replegó de inmediato, dando paso a una mirada de advertencia fría y calculadora, aunque mantuvo el tono de voz bajo para no alertar a la niña.
—Tábata, mira —dijo Gael, suavizando el rostro al dirigirse a su hija—. Ella es Isabel. A partir de hoy, va a vivir aquí con nosotros en la casa.
La pequeña parpadeó con curiosidad, ladeando la cabeza mientras sus grandes ojos oscuros examinaban a la recién llegada. Isabel, a pesar del torbellino de emociones que la asfixiaba, sintió que el corazón se le ablandaba un poco ante la pureza de la niña. No tenía la culpa de las acciones de su padre. Con una sonrisa forzada pero genuina en su intento de dulzura, Isabel dio un paso al frente.
—Hola, Tábata —saludó a media voz, bajando la guardia por primera vez en el día—. Es un gusto conocerte.
—¿Eres una princesa de verdad? Te ves muy bonita —preguntó la niña con la inocencia propia de sus cinco años, señalando el elegante conjunto de sastre azul de Isabel.
Antes de que Isabel pudiera responder al tierno comentario, Gael intervino, llamando la atención de la pequeña de inmediato.
—Princesa, ve con la nana a la cocina. Pídele que te prepare tu merienda favorita mientras yo le muestro a Isabel su nueva habitación, ¿de acuerdo?
—¡Sí, papá! —Tábata se deslizó de los brazos de Gael con agilidad y, tras regalarle una última mirada curiosa a Isabel, salió corriendo por el pasillo del gran salón, llenando el vacío de la mansión con el eco de sus risas infantiles.
En cuanto los pasos de la niña se desvanecieron por completo en el piso superior, la atmósfera del vestíbulo volvió a tornarse pesada, gélida y asfixiante. Gael dio un paso al frente, acortando la distancia con Isabel hasta que la sombra de su imponente figura la cubrió por completo. La sonrisa del padre amoroso se había esfumado; en su lugar, el implacable hombre de negocios estaba de vuelta.
—Escúchame bien, Isabel —siseó Gael, con una voz grave que vibró con una amenaza implícita que le heló la sangre—. Tábata es lo más sagrado que tengo en esta vida. Es mi único límite, mi cable a tierra y el tesoro que protejo con uñas y dientes del mundo exterior.
Inclinó ligeramente el rostro, fijando sus ojos negros en las pupilas color miel de Isabel con una intensidad posesiva y cortante.
—Sé perfectamente que estás aquí obligada. Sé que me desprecias con cada fibra de tu ser y que consideras este matrimonio una condena. Conmigo puedes usar la máscara de hielo que quieras, puedes retarme con la mirada y jugar a la esposa rebelde si eso alimenta tu orgullo. Pero te advierto una sola cosa: no voy a tolerar el más mínimo desprecio, mala cara o desplante hacia mi hija. Si me entero de que la tratas con frialdad, que la haces sentir mal o que descargas en ella la frustración del odio que me tienes, lo vas a pagar muy caro.
Gael estiró la mano para acomodar un mechón rebelde del cabello dorado de Isabel detrás de su oreja. El roce de sus dedos fue lento, casi una caricia, pero la presión de sus palabras era un yugo insoportable.
—Si lastimas el corazón de Tábata, romperé nuestro trato en ese mismo segundo. No me importará haber pagado las deudas de tu familia ni haber limpiado el nombre de tu padre. Haré que el peso de la ley caiga sobre Leonardo con el triple de fuerza y me encargaré personalmente de que tú y los tuyos terminen en la miseria absoluta, mendigando en las calles. ¿Te quedó claro?
Isabel sostuvo la mirada, tragándose el nudo de indignación que amenazaba con cerrarle la garganta. Su orgullo herido quería gritarle que ella no era un monstruo capaz de desquitarse con una criatura inocente, pero entendió el mensaje con dolorosa claridad. Para Gael, la niña era intocable.
—No soy como tú, Sotomayor —respondió Isabel con voz firme, apartando el rostro de su contacto con dignidad—. Yo no uso a los inocentes como armas de guerra ni juego con las vidas de los demás. No tienes que amenazarme para que respete a una niña que no tiene la culpa de la clase de padre que le tocó.
Gael arqueó una ceja, asimilando el golpe de sus palabras con una sonrisa gélida y triunfante.
—Excelente. Me alegra que nos entendamos tan bien desde el primer día, señora Sotomayor. Ahora, camina. Es hora de que conozcas tu prisión.