Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 7 En la posada, esa noche
Ernesto regresó al pueblo al anochecer. Se sentó en la mesa del fondo de la posada, pidió un vaso de vino y se quedó mirando la llama de la vela sin verla.
Las palabras de Sabina resonaban en su cabeza una y otra vez.
Prepárese para encontrarla. Porque las verdades duelen. Y algunas matan.
—¿Qué secreto guardas, Sabina Montenegro? —murmuró para sí mismo.
La posadera, una mujer entrada en años llamada doña Carmen, se acercó con una jarra de barro.
—¿Otra vez pensando en la viuda? —preguntó con una sonrisa pícara—. No es la primera vez que un hombre se queda bizco viéndola pasar. Pero usted es el primero que la sigue hasta el cementerio.
—No la sigo —mintió él.
—Claro que no —dijo doña Carmen, y se alejó riendo entre dientes.
Ernesto bebió un sorbo de vino y apoyó la cabeza en el respaldo de la silla.
Afuera, la luna comenzaba a asomarse entre los árboles. Y en la casona de los Montenegro, al otro lado del pueblo, Sabina acostaba a Abel con un beso en la frente y un nudo en la garganta.
—Mamá —preguntó el niño antes de dormirse—. Ese señor de hoy... ¿es malo?
Sabina lo miró largamente. La luz de la vela bailaba en sus ojos celestes, los mismos ojos que habían heredado la furia de su abuelo y la ternura de nadie.
—No lo sé todavía —respondió—. Pero si llega a serlo, ya sabes que mamá sabe cuidarse sola.
Apagó la vela y se quedó en la oscuridad, escuchando la respiración de su hijo. La única luz limpia en medio de tanta sombra.
Ernesto Montenegro, pensó. Cuídate mucho de no enamorarte de mí. Porque yo ya no sé amar. Solo sé sobrevivir.
*_*
La casona de los Montenegro olía a cera de abejas y a leña quemada.
Sabina había aprendido a apreciar esos pequeños placeres: el calor de la chimenea en invierno, el repique de los platos de barro sobre el mantel de lino, la voz cantarina de doña Alicia en la cocina.
Eran los lujos silenciosos que nadie veía, los que no aparecían en los inventarios ni en las habladurías del pueblo.
—Señora, que bueno que llega —dijo doña Alicia, saliendo de la cocina con una fuente humeante en las manos—. Ya preparé la cena. Es caldo de gallina con verduras, como le gusta al señorito Abel. Por favor, dígale que se lave las manos y que coma temprano. Usted sabe que si se duerme con hambre, luego amanece de mal humor.
Doña Alicia era una mujer de unos cincuenta años, redonda como un pan, con mejillas coloradas y una risa que llenaba toda la casa.
Había llegado a servir con la primera esposa de Felipe, veinte años atrás, y se había quedado porque no tenía familia ni adónde ir.
Sabina la había mantenido cuando heredó la finca, a pesar de que algunos consejeros le recomendaron despedir al personal antiguo.
—Doña Alicia, usted es de la casa —le había dicho Sabina entonces—. Mientras yo viva aquí, usted tendrá techo y comida.
La mujer la había abrazado llorando, y desde ese día la defendía a capa y espada contra cualquier murmurador del pueblo.
—Abel, ve a lavarte las manos —ordenó Sabina, mientras colgaba su chal negro en el perchero de la entrada.
El niño asintió y salió corriendo hacia la letrina del patio, pero se detuvo en seco cuando escuchó los golpes en la puerta principal.
Toc, toc, toc.
Tres golpes firmes, pausados, sin la urgencia de los acreedores ni la timidez de los vecinos.
Sabina suspiró. Conocía ese ritmo. Ya lo había escuchado la tarde anterior.
Fue a abrir.
Ernesto Montenegro estaba en el umbral, con el sombrero en la mano y el cabello oscuro alborotado por el viento.
Había cambiado su chaqueta de cuero por una camisa blanca de manga larga y pantalones de dril oscuro.
No llevaba botas de campo sino zapatos de cuero, como si hubiera querido presentarse con decencia.
—Buenas noches, señora Montenegro —dijo, con esa voz grave que parecía resonar en el pecho—. Vengo a agradecerle por lo del cementerio.
Sabina lo miró en silencio, apoyando una mano en el marco de la puerta. No iba a facilitarle nada.
—No hay nada que agradecer. El cementerio es público.
—Permitirme acercarme a la tumba de mi tío sin echarme —precisó él—. Eso sí es de agradecer. Mis primos no lo habrían hecho.
—Sus primos son unos necios.
Ernesto sonrió. Era una sonrisa pequeña, apenas un esbozo, pero transformaba su rostro duro en algo casi amable.
—En eso estamos de acuerdo.
Desde adentro, Abel se había acercado a la puerta, curioseando entre las faldas de Sabina.
Había perdido la timidez del cementerio y ahora miraba a Ernesto con una mezcla de desconfianza infantil y curiosidad.
—¿Vienes a molestar a mi hermana? —preguntó el niño, con la frente fruncida.
Sabina sintió un vuelco en el estómago. Cada vez que Abel la llamaba «hermana» en público, una parte de ella se rompía. Pero era necesario. Era el precio de protegerlo.
—No, pequeño —respondió Ernesto, agachándose para quedar a la altura del niño—. No vengo a molestar. Vengo a hacer una tregua.
Sabina levantó una ceja.
—¿Una tregua? —repitió, incrédula.
—Sí. Un alto al fuego. Usted deja de tratarme como a un enemigo, y yo dejo de hacer preguntas incómodas. Al menos por esta noche.
—No he aceptado ninguna tregua.
—Por eso vine a cenar —dijo él, poniéndose de pie con una desfachatez que dejó a Sabina sin palabras—. Para negociarla.
Doña Alicia apareció en el marco de la puerta de la cocina, secándose las manos en el delantal.
Cuando vio a Ernesto, sus ojos se abrieron como platos.
—¡Jesús, María y José! —exclamó—. ¿Es usted el sobrino de don Felipe? ¡Es igualito a él cuando joven!
—Doña Alicia —la interrumpió Sabina con un tono que no admitía réplica—, por favor, ponga un plato más en la mesa.
La cocinera sonrió de oreja a oreja y desapareció en la cocina con una agilidad impropia de su edad.
—Pase —dijo Sabina, apartándose de la puerta con resignación—. Ya que el señor Montenegro se ha autoinvitado a cenar. No se quede ahí parado.
continúa por favor