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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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El Vacío del Infierno

El sonido de los golpes de Pietro contra la puerta de hierro comenzó a desvanecerse en el oído de Lucciana, transformándose en un eco lejano y sordo, como si la tierra se hubiera abierto bajo sus pies y la estuviera engullendo hacia un abismo de absoluto aislamiento.

*Muerto.*

La palabra pesaba más que todo el mármol de la catedral. Matteo estaba muerto. No huía hacia los brazos de otra, ni se escondía en los viñedos de su familia disfrutando de su victoria social. Su cuerpo yacía destrozado en el fondo de un barranco, frío, inalcanzable. La furia negra que un instante antes le había quemado las entrañas a Lucciana se congeló de golpe, dejando en su lugar un vacío hueco y helado. La venganza requiere un objetivo; sin Matteo, su odio no era más que un disparo al aire en una noche oscura.

—¡Lucciana, responde! —la voz de Pietro volvió a rasgar el aire, cargada de una angustia genuina—. Sé que estás ahí dentro. Vi la luz de las velas. Por favor, abre la puerta... Tu madre está colapsando en el hospital.

Lucciana no se movió. Sus ojos, fijos y desorbitados, se desviaron lentamente de la puerta hacia la figura de Luca Ferro.

El Diablo permanecía de pie junto a la mesa de trabajo. La luz dorada y mortecina de las velas dibujaba ángulos afilados en su rostro perfecto, pero la expresión de sofisticada diversión que había ostentado desde su aparición se había evaporado. Sus dedos delgados y pálidos acariciaban el borde del pergamino ensangrentado con una fijeza analítica. En el submundo de las leyes espirituales, el caos no era una opción, y lo que acababa de ocurrir rompía la simetría perfecta de su negocio.

—No puede ser —articuló Lucciana en un hilo de voz, dando un paso trastabillante hacia atrás, sintiendo cómo la seda húmeda de su vestido se pegaba a sus piernas como una segunda piel muerta—. Tú lo sabías. Eres el Diablo... Tú sabías que él ya estaba muerto cuando me hiciste firmar. ¡Me has engañado!

Luca Ferro levantó la mirada. Sus ojos, de ese azul pálido que rozaba el blanco, brillaron con una chispa peligrosa. Dio un paso hacia ella, un movimiento tan fluido y silencioso que pareció flotar sobre el suelo de piedra.

—Mide tus palabras, mortal —su voz bajó un octavo, resonando en las paredes del sótano con la vibración de un trueno subterráneo que hizo vibrar los frascos de vidrio del taller—. El engaño es para los vulgares estafadores de feria. Yo soy el Príncipe de los Pactos. Un contrato firmado con mi nombre es una verdad matemática, absoluta e inmutable. Yo no sabía que Matteo Vance estaba muerto.

—¡Mientes! —gritó ella, perdiendo el control, las lágrimas de rabia y frustración acumuladas finalmente desbordándose por sus mejillas—. Se supone que lo sabes todo. Dijiste que sabías cuánto lo amaba, cuánto me dolía...

—Sé lo que hay en las almas de los vivos, Lucciana. Conozco cada rincón podrido de tu corazón y cada ambición miserable de la alta sociedad que te rodea —interrumpió él, deteniéndose a solo unos centímetros de su rostro. Su aliento no era cálido, sino que transportaba el aroma de las hojas secas de un cementerio en otoño—. Pero el momento exacto en que un hilo de vida se corta... eso le pertenece al Administrador de arriba. O, en este caso particular, a alguien que jugó sus cartas con una velocidad que incluso a mí me resulta... ofensiva.

El Diablo se dio la vuelta, dándole la espalda con un gesto de impaciencia que delataba un orgullo profundamente herido. Caminó de regreso al manuscrito y golpeó el pergamino con el índice.

—Mira el contrato —ordenó.

Lucciana, movida por un impulso hipnótico que no pudo controlar, se acercó a la mesa de madera. Con los ojos empañados por el llanto, contempló las letras escritas con su propia sangre. El texto en italiano seguía allí, pero la tinta carmesí ya no brillaba con el matiz violáceo del poder activo; ahora tenía el aspecto opaco y seco de la sangre costrosa sobre una herida vieja.

Al final de la página, donde ella había trazado su firma, las palabras parecían retorcerse sutilmente. La cláusula principal decía: *"El alma de Lucciana Bianchi se entrega a perpetuidad a cambio de la destrucción total, física y moral, de Matteo Vance"*.

—El objeto del contrato ya no existe —explicó Luca Ferro, su tono recuperando una gélida distancia profesional—. La muerte clínica es la máxima disolución de la existencia terrenal. Bajo el código legal del abismo, la destrucción de Matteo Vance ha sido ejecutada. El contrato se considera técnicamente cumplido.

—¡No! —Lucciana golpeó la mesa con el puño cerrado, haciendo que un candelabro se tambaleara—. ¡Él no murió por tu mano! ¡Murió en un accidente! ¡Yo no obtuve mi venganza! ¡Yo no lo vi arrastrarse, no lo vi suplicar, no destruí su maldito apellido! ¡Tu contrato está vacío! ¡Es inválido!

Luca Ferro soltó una carcajada corta, un sonido seco y carente de cualquier pizca de humor. Se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos sobre la madera, acorralando la mirada de Lucciana con la suya.

—¿Inválido? Qué ternura me da tu ignorancia legal, mi querida restauradora de minucias. En el Infierno no existe la cláusula de devolución por insatisfacción del cliente. Tú firmaste. Tu sangre está en el cuero. Tu alma ya no te pertenece; el hilo invisible que te unía a tu miserable existencia humana se ha cortado y ahora está atado a mi dedo. Te vas conmigo, Lucciana. Esta misma noche.

El pinchazo agudo en el centro del pecho de Lucciana regresó, esta vez con una intensidad devastadora. Sintió como si una mano de hielo se hubiera introducido entre sus costillas, apretándole el corazón. El aire se volvió espeso, difícil de tragar. Las sombras de las paredes parecieron estirarse, avanzando hacia ella como dedos negros listos para arrastrarla al fondo del taller.

El pánico la invadió, pero Lucciana Bianchi no era una mujer que se rindiera fácilmente a la desesperación. Su mente, entrenada en la lógica meticulosa de la restauración de manuscritos, donde una sola palabra mal interpretada podía destruir un texto milenario, buscó desesperadamente una grieta en la argumentación del Diablo.

Miró el contrato. Miró el texto. Y entonces, una palabra brilló en su mente.

—Espera —dijo, conteniendo el dolor en su pecho, obligándose a sostener la mirada del ser más peligroso de la creación—. Dijiste que la muerte es la destrucción total... pero tú no lo destruiste. El contrato dice: *'a cambio de la destrucción'*. Ese 'a cambio' implica una transacción de servicios. Tú eres el proveedor del servicio. Si el accidente ocurrió *antes* de que tú actuaras, entonces tú no fuiste el autor de la destrucción. El destino, o Dios, o la gravedad de esa montaña lo hizo antes.

Luca Ferro entrecerró los ojos. Las sombras que avanzaban se detuvieron en seco.

—Estás jugando un juego muy peligroso, mortal —advirtió él, con una voz que era un susurro afilado.

—Estoy jugando con las mismas reglas que tú me diste —replicó Lucciana, la adrenalina diluyendo el miedo—. Si un restaurador promete limpiar un lienzo a cambio de un pago, pero el lienzo se quema en un incendio antes de que el restaurador siquiera lo toque con el pincel, el contrato queda extinto por la pérdida del objeto. No puedes cobrar los honorarios de un trabajo que no realizaste. Tú no destruiste a Matteo Vance. Por lo tanto, no puedes reclamar mi alma.

Un silencio sepulcral volvió a reinar en el sótano. El doblar de las campanas de la catedral continuaba afuera, un recordatorio constante de la tragedia que se desarrollaba en el mundo exterior.

Lucifer observó a Lucciana durante lo que pareció una eternidad. Sus ojos recorrieron el rostro de la joven, analizando la audacia, la inteligencia y el puro instinto de supervivencia que emanaban de ella. Poco a poco, la tensión geométrica de sus hombros se relajó, y la comisura de sus labios se elevó en una sonrisa lenta, letal y genuinamente impresionada.

—Vaya, vaya... —murmuró Luca Ferro, apartándose de la mesa y aplaudiendo lentamente de forma silenciosa—. Quién lo diría. Una pequeña restauradora de Florencia intentando ganarle un pleito legal al mismísimo redactor de las leyes del pecado. Tienes agallas, Lucciana. Te daré eso.

—Tengo razón —corrigió ella, aunque el corazón le latía a una velocidad frenética.

—Tienes un punto legal válido, que es diferente —matizó el Diablo, cruzándose de brazos—. Sin embargo, olvidas un pequeño detalle. El contrato está firmado con sangre y ya ha echado raíces en tu esencia. No puede ser destruido. Si yo simplemente me marcho y rompo el trato, tu alma quedará en un limbo, un vacío existencial donde no pertenecerás ni a la luz ni a la oscuridad. Te marchitarás en vida en cuestión de días, convirtiéndote en un cascarón vacío.

Lucciana sintió un escalofrío. La presión en su pecho disminuyó, pero el hilo helado seguía allí, recordándole que ya no era completamente humana.

—Entonces... ¿qué hacemos? —preguntó, odiando la necesidad de tener que negociar con él.

Luca Ferro caminó hacia la claraboya, mirando hacia la lluvia nocturna que lavaba las calles de Florencia. El reflejo del agua en los cristales iluminaba su perfil aristocrático.

—Odio que me roben el crédito, Lucciana —dijo, y su voz recuperó ese tono de seda e ironía—. El coche de Matteo Vance no se desbarrancó por un simple desprendimiento de rocas accidental. Sé reconocer la firma de una fuerza superior o de una ambición humana muy oscura cuando la veo. Alguien mató a tu prometido justo en el momento en que tú me llamabas. Alguien interfirió con mi negocio.

Se giró hacia ella, con los ojos brillando con una nueva y maquiavélica luz.

—Te propongo una enmienda al contrato. Una cláusula adicional —propuso, extendiendo un dedo hacia ella—. No me llevaré tu alma al Infierno... todavía. Te dejaré en la Tierra, pero ya no serás una simple mortal. Serás mi agente en Florencia. Mi cobradora de deudas, mis ojos en el mundo de los vivos. Y tu primera tarea será resolver el misterio de la muerte de Matteo Vance.

Lucciana lo miró, asombrada. ¿El Diablo ofreciéndole ser detective?

—¿Por qué te importa tanto quién lo mató? —preguntó ella.

—Porque el alma de Matteo Vance no ha llegado al Purgatorio, ni al Cielo... y ciertamente no ha llegado a mis dominios —respondió Luca Ferro, acercándose de nuevo y extendiendo su mano derecha hacia ella, esperando un nuevo apretón—. Alguien ha secuestrado el alma de tu prometido, Lucciana. Encuentra al asesino, descubre qué secreto guardaba la familia Vance para que lo eliminaran de esa forma, y cuando me entregues su alma original, discutiremos la devolución de la tuya. ¿Tenemos un nuevo trato?

Fuera, los golpes de Pietro cesaron, reemplazados por el sonido de sus pasos alejándose a toda prisa en busca de ayuda para derribar la puerta. El tiempo terrenal se estaba agotando.

Lucciana miró la mano extendida de Lucifer. No tenía otra opción. Estaba atrapada en una red de hilos invisibles, unida a un cadáver y al mismísimo demonio. Pero dentro de su pecho, el dolor de la humillación se transformó en una curiosidad fría y peligrosa. Si Matteo no huía por cobardía... ¿de qué estaba escapando?

—Tenemos un trato —dijo Lucciana, y esta vez, estrechó la mano cálida y febril del Diablo.

1
Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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