Mei Lan tenía una vida moderna y prometedora, hasta que la traición de su propia familia la arrastró a la muerte. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de Jiu Mei, una joven despreciada en el Imperio Celestial de Jade, un mundo antiguo donde el cultivo marcial y la energía espiritual determinan el poder de cada persona.
Rodeada de hermanos que la protegen, una madre que lucha por sobrevivir y enemigos que la subestiman, Mei descubre que su alma moderna esconde un secreto que podría cambiar el equilibrio del imperio. Con ingenio del siglo XXI y una determinación inquebrantable, comienza a ascender por los rangos del cultivo, desafiando a clanes corruptos, concubinas despiadadas y dioses ocultos que conspiran desde las sombras.
Pero nada la preparó para Chen: un joven de apariencia inocente que habla de sí mismo en tercera persona, que se aferra a ella como un niño perdido y que esconde bajo su sonrisa tonta un poder capaz de destruir el cielo y la tierra. Mientras Mei lo protege creyéndolo débil, él mueve los hilos del destino para mantenerla a salvo.
Entre batallas épicas, venganzas satisfactorias, amistades forjadas entre mundos y un romance de combustión lenta que arde con cada capítulo, Mei deberá enfrentar la verdad sobre su renacimiento, el origen de su poder y el precio que el universo exige por desafiar sus leyes.
¿Puede una mujer moderna reescribir las reglas de un imperio celestial?
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Transmigración y el espacio mágico
Un llanto quedo y desgarrador se oía a lo lejos, como el de alguien que hubiera perdido toda esperanza.
Los párpados de Mei Lan se abrieron despacio. Todo era borroso al principio, luego fue aclarándose. Un techo de madera vieja, una lámpara de aceite mortecina y el canto de los grillos nocturnos: nada de eso le resultaba familiar.
Parpadeó, confusa. —¿Dón... dónde estoy? —murmuró.
La habitación era austera. Paredes de madera, el techo con una gotera en el rincón, un petate de paja bajo su cuerpo y un olor penetrante a hierbas medicinales. De pronto, una voz la llamó.
—¡Mei'er!
Una mujer de mediana edad, con canas salpicando el cabello y ropa gastada, derramó el agua que llevaba en las manos y corrió hacia ella. La envolvió en un abrazo apretado, temblando mientras contenía el llanto.
—Gracias al cielo... gracias al cielo que despertaste, Mei'er. Tu madre estaba tan asustada de perderte... —la voz se le quebraba, ahogada en lágrimas.
Mei Lan se quedó petrificada. ¿Madre? ¿Quién es esta mujer?
La mano le subió rígida, sin saber si debía devolver el abrazo. —D-disculpe, señora... —dijo en voz baja, desconcertada— ¿quién es usted?
La mujer se sobresaltó. El abrazo se aflojó poco a poco. Su rostro arrugado se tensó, los ojos se le abrieron con incredulidad. —¿No... no reconoces a tu madre?
Mei Lan frunció el ceño, el corazón latiéndole con fuerza. ¿Madre? Esta mujer no es mi madre.
De repente, un dolor punzante le atravesó la cabeza. —¡Ahhh! —se agarró las sienes, el cuerpo entero sacudiéndose. Fragmentos de recuerdos ajenos le inundaron la mente.
Una muchacha de quince años llamada Qing Mei. Vivía con su madre y sus dos hermanos mayores. Los insultaban y los marginaban por ser pobres. Qing Mei había muerto al caer mientras recogía leña en el bosque.
¿Transmigré?, pensó, los ojos desorbitados.
La mujer la miraba con los ojos enrojecidos. —Hija, tú eres Qing Mei, mi niña. ¿De verdad no te acuerdas de tu madre?
—Qing... Mei... —los labios de Mei Lan murmuraron el nombre casi por inercia.
La mujer rompió a llorar. Le tomó la mano y se la apretó contra la mejilla. —Perdóname, hija... perdóname. No tenía ni una moneda para llamar a un médico. Creí... creí que te había perdido para siempre.
Mei Lan se quedó en silencio, el pecho oprimido. En su vida anterior, su madre jamás le había sostenido la mano, y mucho menos llorado así por ella. Lo último que hizo fue echarla de su lado y llamarla maldita.
Unos pasos apresurados sonaron afuera. Dos jóvenes entraron a toda prisa, la ropa remendada, los rostros cubiertos de sudor y polvo del camino.
—¡Hermanita!
Se arrodillaron junto a la cama, la cara descompuesta de preocupación. El más alto y delgado le tomó la mano a Mei Lan. —Gracias al cielo que despertaste. Tu hermano pensó que... —se le cortó la voz.
—Perdónanos, Mei'er —dijo el otro, más fornido y robusto, inclinándose profundamente—. Si hubiéramos tenido aunque sea una moneda para comprar medicinas, no estarías así.
—No digan eso —intervino Qing Rong, secándose las lágrimas—. Lo que importa es que Mei'er está a salvo.
Mei Lan los observó uno a uno. La mujer que la llamaba madre y los dos jóvenes que la llamaban hermana. Eran pobres, eso saltaba a la vista. Pero en sus ojos brillaba una sinceridad y un cariño que ella jamás había sentido en toda su vida.
Despacio, una lágrima le resbaló por la esquina del ojo.
Qing Rong se alarmó. —Hija, ¿por qué lloras? ¿Todavía te duele algo?
Mei Lan negó con suavidad. Sonrió por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa tierna que dejó a su madre sin palabras. —No es eso... solo estoy... —le tembló la voz— contenta.
—¿Contenta? —Qing Wei, el hermano mayor, frunció el ceño, confundido.
Mei Lan se enjugó las lágrimas. —Sí. Contenta de que estén aquí.
Qing Dao, el segundo hermano, le dio una palmadita cuidadosa en el hombro. —Tonta. Claro que estamos aquí. Somos familia.
La palabra familia le llegó cálida, derritiendo el muro de hielo que Mei Lan había construido en su corazón durante toda su vida.
Los miró a los tres. Si esta es una segunda oportunidad... ¿puedo aferrarme a ella?
Qing Rong la abrazó de nuevo, con fuerza. —A partir de ahora, todo va a estar bien, Mei'er. Te lo prometo.
Mei Lan le devolvió el abrazo despacio. Le temblaban los labios, pero el pecho le latía cálido por primera vez en su existencia.
—Gracias, mamá —susurró.
—Bueno, Mei'er, acabas de despertar. Ahora descansa un poco, ¿sí? —dijo Qing Rong con ternura, arropándola con la manta.
—Sí, mamá —respondió Qing Mei en voz baja, con una sonrisa pequeña.
—Vamos a preparar la cena —dijo Qing Wei, el hermano mayor—. Te avisamos cuando esté lista.
—Descansa, hermanita. No te muevas mucho todavía —añadió Qing Dao antes de salir.
La puerta de madera se cerró despacio, dejando un silencio que solo acompañaba el canto de los grillos.
Qing Mei respiró hondo y contempló el techo de bambú. Todo parecía un sueño, pero la calidez en el pecho y el aroma a madera vieja le confirmaban que era real.
—Una era antigua —murmuró—. De verdad estoy viviendo en el cuerpo de otra persona.
Levantó la mano. El brazalete de plata que le dejó su abuelo seguía enroscado suavemente en su muñeca. De alguna manera, el objeto la había acompañado hasta este mundo.
De pronto, una luz plateada y suave brotó del brazalete, pulsando con lentitud, como un latido.
Qing Mei abrió los ojos de par en par. —¿Qué es esto?
La luz se intensificó hasta tragarse la habitación entera. Luego, una fuerza invisible la jaló con violencia.
—¡Aaaaah!
Gritó, pero su voz se ahogó en el remolino de luz.
Todo se oscureció. Cuando abrió los ojos, el mundo a su alrededor era otro.
Qing Mei estaba de pie en medio de un espacio inmenso sin paredes. El cielo era de un púrpura crepuscular y el aire se sentía tibio. Frente a ella se extendía una plantación verde, árboles pequeños con frutos relucientes y un estanque de agua cristalina que reflejaba la luz como diamantes.
Se quedó boquiabierta. —¿Dónde estoy?
Una voz serena resonó desde todas partes.
—Bienvenida, señorita, a este espacio mágico.
La voz era profunda y tranquila, como si viniera de todos los rincones a la vez.
Qing Mei giró la cabeza en todas direcciones. —¿¡Quién anda ahí!?
Del aire se materializó una silueta de niebla azul que fue tomando la forma de un joven vestido con ropas antiguas. Sus ojos eran amables, pero cargados de autoridad.
—Soy Meilong, guardián de este espacio —dijo, inclinándose con respeto—. La he estado esperando durante miles de años.
—¿Miles de años? —Qing Mei retrocedió medio paso, los ojos muy abiertos—. ¡Un momento! ¿Dices que me esperabas? ¡Pero si acabo de llegar!
Meilong esbozó una sonrisa apenas visible. —Así es, señorita. Pero el destino escribió este encuentro hace mucho tiempo. Solo la heredera del brazalete puede abrir este espacio mágico.
Qing Mei contempló el brazalete en su mano, que ahora resplandecía con suavidad. —¿Entonces todo esto es por el brazalete?
—Correcto —respondió Meilong—. Este espacio es la herencia de un antiguo linaje de su familia. Su abuelo logró activar una fracción de su poder, pero usted es la primera en despertarlo por completo.
Qing Mei recordó las palabras de su abuelo antes de morir. "Este brazalete te será útil algún día, pequeña."
El corazón le dio un vuelco. ¿A esto se refería?
—Meilong —dijo despacio—, ¿para qué sirve exactamente este espacio?
El espíritu guardián la miró con reverencia. —Puede usarlo para muchas cosas, señorita. Para entrenar, cultivar la tierra y almacenar objetos. Cuanto más avance su cultivo y su poder, más se expandirá este espacio.
Qing Mei se quedó pasmada. —¿O sea que es como un mundo pequeño solo para mí?
—Exactamente —asintió Meilong—. Y el tiempo aquí fluye distinto al del exterior. Un día afuera equivale a una semana aquí dentro.
Los ojos de Qing Mei brillaron. —¡Entonces puedo cultivar alimentos aquí!
Meilong sonrió. —Es usted muy perspicaz, señorita. Allá —señaló hacia un terreno baldío— ya hay semillas de arroz, papas y chile disponibles. Puede empezar a sembrar ahora mismo. La tierra de este lugar está cargada de energía espiritual; las plantas crecen con una rapidez extraordinaria.
Qing Mei miró hacia el terreno y se remangó. —Muy bien. Probemos.
Se puso a sembrar con cuidado, tocando la tierra, esparciendo las semillas, cubriéndolas de nuevo. Cada vez que sus dedos rozaban el suelo, lo sentía tibio y vivo, como si la propia tierra le diera la bienvenida.
Meilong la observaba desde un costado con una sonrisa satisfecha. —Así es, muy bien. Cuanto más siembre con buena intención, más fértil se volverá este lugar.
Qing Mei contempló lo que había plantado y esbozó una sonrisa. Abuelo... quizás este sea mi destino.
Pero antes de que pudiera continuar, un alboroto lejano llegó hasta sus oídos. Sonaba como gente peleando.