Una noche. Un desconocido. Una vida que cambia para siempre.
Amara tiene 22 años y acaba de descubrir que su novio la engañaba. Herida y sin ganas de nada, se deja arrastrar por su mejor amiga Cléo a una fiesta. Ahí, entre shots de vodka y una conexión imposible de ignorar, pasa la noche más intensa de su vida con un hombre cuyo nombre ni siquiera conoce.
Dos meses después, la realidad la golpea: está embarazada. Sin familia que la apoye, con una beca universitaria en riesgo y sin idea de quién es el padre de su hijo, Amara intenta seguir adelante como puede. Pero el destino tiene otros planes: el primer día de clases descubre que el desconocido de aquella noche no es otro que Ethan Almeida, sobrino del director de la facultad, estrella del equipo de basquetbol y heredero de una de las familias más poderosas de la ciudad.
Ethan también la reconoce. Y también está furioso.
Lo que sigue es una tormenta de secretos, confrontaciones, amenazas familiares y una atracción que ninguno de los dos puede controlar. Entre la ex obsesiva de Ethan, una madrastra manipuladora, un padre ausente y un ex que se niega a desaparecer, Amara tendrá que luchar no solo por su futuro sino por el de la vida que crece dentro de ella.
Porque hay noches que no se olvidan. Y hay consecuencias que te cambian para siempre.
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Capítulo 3
Después de diez días ausente, volví a la facultad. Estuve tres días en reposo en el hospital hasta que me dieron de alta con la bolsa llena de vitaminas recetadas por el médico y un justificante de siete días más en casa.
Creí que me iba a volver loca de tanto estar acostada. Cléo no me dejaba estar de pie ni dos minutos; tuve que casi obligarla a ir a sus clases por miedo a que acumulara faltas y le afectara la beca. Sin contar que no me dejaba sola y a cada hora era una pastilla diferente para tomar. Por ella ni habría regresado hoy.
Llegamos a la cafetería y fuimos directo a agarrar algo de comer, y mira que ni tenía hambre. Nos sentamos junto a Noah, que ahora también sabía sobre el embarazo por haber estado presente cuando el médico le dijo a Cléo. Le agradecí que no hiciera ningún tipo de preguntas.
— ¿Soy solo yo o la gente hoy anda alterada? —comentó Cléo.
— Solo están hablando de un tal Ethan; ya escuché a dos chicas mencionar ese nombre —miré alrededor para ver si ubicaba a ese tipo, pero no lo encontré.
— Es un imbécil que se cree mucho por ser sobrino del director y jugar en el equipo de basquetbol de aquí. Todos lo tratan como el número uno —Noah llegó a poner los ojos en blanco mientras lo decía.
— Bueno saberlo, ya me mantengo lejos —solté una risa con el comentario de Cléo.
— Digo lo mismo —tomé el jugo que estaba en mi bandeja—. Vámonos, tenemos clase en menos de cinco minutos.
La puerta del salón estaba imposible de cruzar de tantos alumnos que ni eran de ese grupo. Cléo se abrió paso empujando para que se quitaran del camino, y cuando llegamos encontramos algunos lugares vacíos donde podíamos sentarnos los tres. Enseguida entró el profesor y sacó a todos los que no eran de ahí. En cuanto se abrió espacio, vi al fondo del salón a alguien con una capucha negra, bastante alto, sentado al lado de un chico que siempre se sienta ahí, y una chica ruidosa que, si no me equivoco, es Maya; su risa se escuchaba desde aquí, prácticamente pegándose a él.
— Y ese es Ethan —señaló Noah.
Y creo que él escuchó, porque miró en nuestra dirección. Al instante sentí su expresión congelarse, y la mía no fue diferente. Ethan: ese era su nombre. Él no desvió la mirada y mucho menos yo; la verdad es que aunque hubiera querido, no habría podido. ¡Mi mundo se detuvo! Di un paso atrás sintiendo las piernas temblarme.
— Puta madre, Amara —dijo Cléo cuando miró en la misma dirección que yo—. Ven, vamos a sentarnos —intentó jalarme, pero estaba paralizada, todavía sin poder creer que lo estaba viendo de nuevo.
Las ganas que tenía eran de ir hasta allá y lanzarle la noticia encima, pero solo la forma en que lo tratan aquí me hacía pensar dos veces si valía la pena contar algo. Maya se dio cuenta de que él no desviaba su cara de shock de mí y le llamó la atención susurrándole al oído, y eso fue justo lo que necesité para salir de mis pensamientos y dejar que Cléo me condujera hasta las sillas.
— ¿Por qué estás temblando? —preguntó Noah.
— Por nada —giré un poco la cabeza para mirar y él había vuelto a encararme.
— No parece —dijo Noah, y me acarició la mejilla con el pulgar. Me aparté y tuve la sensación de estar siendo observada.
Agradecí cuando la clase llegó a su fin y recogí mis cosas para salir de ahí lo antes posible. No esperé ni a Cléo ni a Noah y huí del salón lo más rápido que pude.