En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal
NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 3: Ya basta de tonterias.
—¿Protegerme? —repitió ella, y su voz, aunque temblorosa al principio, fue ganando fuerza hasta sonar clara y decidida, lo que hizo que varios de los presentes abrieran los ojos con sorpresa, pues nadie esperaba que la chica tímida y solitaria del pueblo se atreviera a responderle así a un hombre tan imponente—. ¿Me protegisteis dejándome aquí sola, cuando apenas era una niña? ¿Me protegisteis cuando enfermé de fiebre y tuve que cuidarme yo misma porque no había nadie más? ¿Me protegisteis cuando los niños del pueblo me llamaban “la fenómena” o “la maldita del cabello sin fin”, y yo corría a esconderme en el bosque para que nadie me viera llorar? No me protegisteis, padre. Me abandonasteis. Me dejasteis aquí como si fuera un objeto que no servía de momento, que había que guardar en un rincón hasta que fuera útil. Y ahora que creéis que sirvo para algo, venís a buscarme, como si tuvierais derecho a llevarme a donde queráis, como si mi vida fuera propiedad vuestra.
La mujer que iba al lado de Elías, que se había presentado como su madre, doña Beatriz, dio un paso al frente con una expresión de disgusto y enfado en su rostro hermoso pero duro. Sus ojos, que tenían el mismo color ámbar que los de Mariana, no tenían ni rastro de calidez ni de amor; la miraban como se mira a una mercancía valiosa que se ha ensuciado un poco y que hay que limpiar y arreglar para poder exponerla.
—¡Basta ya de tonterías, niña! —exclamó con voz aguda y cortante—. No sabes nada de lo que hemos pasado, de los peligros que hemos tenido que enfrentar, de las decisiones difíciles que hemos tenido que tomar por tu bien y por el bien de todos. Si te dejamos aquí fue porque era el único lugar seguro, porque este pueblo está apartado, olvidado del resto del mundo, y nadie pensaría que la heredera del Linaje de los Hilos estaría viviendo en una casa de adobe entre campesinos ignorantes. Hemos vigilado cada paso que dabas, hemos enviado espías disfrazados de comerciantes o de viajeros para asegurarnos de que estabas bien, de que nada te pasara. Todo lo que hemos hecho ha sido por ti. Y ahora, deja de hacer escenas y ven con nosotros. El carruaje está preparado, y tenemos un largo viaje por delante. No podemos perder más tiempo aquí.
Mariana sintió que le faltaba el aire. ¿La habían vigilado todo este tiempo? ¿Esas personas que habían pasado por el pueblo a lo largo de los años, los que le habían preguntado por su cabello, los que le habían dado regalos extraños o le habían hecho preguntas sobre cómo se sentía o qué soñaba, no eran simples viajeros, sino espías enviados por sus padres? Se sintió traicionada, sucia, observada durante toda su vida sin saberlo, mientras creía que estaba completamente sola. Miró alrededor, hacia la gente del pueblo que se había reunido a cierta distancia, escuchando todo con los ojos muy abiertos. Vio a doña Rosa, la panadera, que la miraba con compasión y tristeza, con las manos apretadas contra su pecho. Vio a otros vecinos, que ahora entendían por qué tantos extraños habían pasado por allí a lo largo de los años, por qué siempre había alguien mirando, preguntando. Se sentía desnuda, expuesta, engañada.
Pero al mismo tiempo, algo dentro de ella, algo que estaba ligado profundamente a su cabello, le decía que había mucho más, que lo que le estaban contando no era toda la verdad, que había secretos oscuros detrás de esas palabras sobre “linajes”, “destino” y “poder”. Recordó lo que su padre había dicho antes: que su cabello era el hilo que une todos los lugares, todos los tiempos, que servía para mantener el equilibrio, pero que también era muy poderoso y muchos querían usarlo. Y recordó la forma en que doña Beatriz lo miraba: no con amor, ni con orgullo maternal, sino con codicia pura y dura. Como si ese cabello, ese don, fuera lo único que le importaba de ella, como si Mariana misma no fuera más que el recipiente que lo contenía.
—Si todo esto es por mi bien —dijo Mariana, bajando los escalones de su puerta, acercándose lentamente a ellos, sin miedo ahora, sino con una determinación que ni ella misma sabía que tenía, mientras su cabello se deslizaba tras de ella, cubriendo todo el camino de tierra, brillando bajo el sol de mediodía—, si de verdad soy tan importante y tan valiosa para vosotros, decidme la verdad completa. ¿Para qué sirve realmente mi cabello? ¿Qué es lo que queréis hacer con él? ¿Por qué es tan importante que solo yo lo tengo en esta magnitud? Y decidme también… ¿qué pasó con mis abuelos? ¿Por qué nadie de nuestra familia vino a verme todos estos años? ¿Por qué todos los que tuvieron este don antes que yo desaparecieron sin dejar rastro, según dicen las leyendas antiguas que se cuentan por aquí?
Elías y Beatriz se miraron entre sí, y por primera vez, Mariana vio algo de sorpresa y también de inquietud en sus rostros. No esperaban que ella supiera nada, no esperaban que hiciera esas preguntas. El hombre de la cicatriz dio un paso más, poniéndose casi al lado de su señor, con la mano aún sobre su arma, esperando una orden.
—Esas son historias viejas, cuentos sin sentido que se inventan la gente ignorante para asustar a los niños —dijo Elías, intentando recuperar su tono autoritario, aunque se notaba que estaba molesto—. No tienes que preocuparte por esas cosas. Cuando llegues a la Ciudad Alta, te explicaremos todo lo que necesitas saber, te enseñaremos todo lo que debes conocer. Pero no aquí, ni ahora. El viaje es largo, y no es seguro quedarnos más tiempo del necesario en un lugar tan expuesto. Ven, Mariana. No nos obligues a usar la fuerza. No queremos hacerte daño, pero tenemos una misión que cumplir, y tú eres la parte fundamental de ella.
La amenaza estaba clara, aunque estaba disfrazada de palabras amables. “No queremos hacerte daño, pero lo haremos si es necesario”. Mariana lo entendió perfectamente. Miró a su alrededor, buscando ayuda, pero vio que los vecinos, aunque parecían preocupados, tenían miedo de intervenir, miedo de aquellos hombres armados, miedo de lo que pudiera pasarles si se metían en asuntos que no eran suyos. Ella estaba sola, tal como lo había estado toda su vida. Pero ya no era una niña pequeña que lloraba en silencio esperando que alguien la salvara. Había crecido, había aprendido, y sobre todo, tenía algo que nadie más tenía: su cabello infinito, que era parte de ella, que le respondía, que le daba fuerzas que apenas empezaba a comprender.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aire fresco del valle, con el olor a hierba, a flores y a tierra que siempre había sido su refugio. Y entonces, extendió una mano hacia abajo, hacia la inmensa masa de rizos rojos que cubrían el suelo, y pensó con fuerza, con toda su alma: “Ayúdame. Muéstrales que no soy débil, que no soy algo que se pueda llevar y traer a voluntad”.
En ese instante, pasó algo increíble.
Todo el cabello que estaba alrededor de la casa, que cubría el camino, que se extendía hacia el bosque y hacia el río, se movió al unísono, como si fuera una sola criatura gigante. Miles, millones de hebras se alzaron del suelo, ondulando en el aire como serpientes de fuego, brillando con una luz propia, intensa y hermosa pero también aterradora. Se enroscaron rápidamente alrededor de las ruedas de los carruajes, inmovilizándolos al instante. Otros mechones envolvieron las patas de los caballos, que relincharon asustados y se quedaron quietos, sin poder moverse. Y más hebras aún se acercaron a los hombres que acompañaban a Elías y a Beatriz, rodeándolos, formando una especie de jaula viva y colorida, sin tocarlos todavía, pero lo suficientemente cerca como para que sintieran su presencia, su fuerza, su longitud infinita.
Elías dio un paso atrás, sorprendido y alarmado. Beatriz se llevó una mano a la boca, ahogando un grito de asombro y miedo. Los hombres desenvainaron sus espadas, pero no se atrevían a atacar, porque había cabello por todas partes, rodeándolos, llenando todo el espacio, y sabían que por cada hebra que pudieran cortar, nacerían cien más al instante. La gente del pueblo gritaba, se apartaba corriendo o se cubría la cara, asustada por lo que veían, aunque algunos miraban con asombro, comprendiendo por fin que lo que tenían ante ellos no era una simple chica con pelo muy largo, sino algo mágico, poderoso, único en el mundo.
Mariana se quedó quieta, en el centro de todo ese torbellino de rizos rojos, con la cabeza alta, con la mirada fija en sus padres. No estaba haciendo nada con las manos, solo usaba su voluntad, su conexión profunda con lo que era parte de su propio cuerpo, algo que nunca antes había intentado hacer, pero que ahora le salía con total naturalidad, como si siempre hubiera sabido cómo hacerlo, como si esa fuera la verdadera función de su cabello: obedecerla a ella, protegerla, ser su fuerza.