Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 19: El Enfrentamiento de las Lunas
—¡¡¡Ahhhhhg!!!
Un alarido estridente, agudo y cargado de una incredulidad espantosa rasgó el silencio sepulcral de la galería de retratos. Irina Volkov, la orgullosa y letal guerrera de los Colmillos de Plata, se retorció de dolor. El sonido de sus propios huesos crujiendo bajo la presión de la mano de Astra resonó en sus oídos como una sentencia de muerte.
El pánico biológico se apoderó de ella. Intentó activar su velocidad de alta cuna, un parpadeo de movimiento místico heredado de su linaje de lobos del norte que normalmente le permitía evadir cualquier contraataque. Forzó sus músculos, tensó sus piernas y tiró hacia atrás con una violencia desesperada.
Pero no se movió ni un milímetro.
La mano de Astra seguía fija alrededor de su muñeca, imperturbable, sólida como el granito de las montañas sagradas. La antigua Omega, la mujer a la que Irina había pateado en las cocinas del campamento central, la observaba con una calma gélida que resultaba más aterradora que cualquier rugido. No había esfuerzo en las facciones de Astra; su brazo extendido sostenía la embestida de la asesina como si estuviera deteniendo una rama seca arrastrada por el viento.
—¿Esto es todo lo que ofrece el gran linaje Volkov? —susurró Astra, con una sonrisa despectiva que encendió la última pizca de cordura de su rival.
Consumida por la humillación y el dolor de su muñeca rota, Irina soltó un rugido purulento. Su cuerpo sufrió una transformación parcial instantánea: sus ojos se tornaron de un amarillo salvaje, los colmillos perforaron sus labios y sus uñas se extendieron diez centímetros, transformándose en las afiladas garras de loba del norte, imbuidas de un aura de escarcha letal.
Comenzó un duelo brutal e histérico. Irina lanzó un zarpazo ascendente con su mano libre, buscando rebanar el rostro de Astra. Astra simplemente inclinó la cabeza hacia atrás con una fluidez milimétrica, dejando que las garras de Irina pasaran a un suspiro de su piel. La villana, completamente descontrolada, continuó atacando en un torbellino de golpes ciegos.
¡¡¡ZAS!!! ¡¡¡CRASH!!!
Las garras de hielo de Irina cortaron el aire, destruyendo los colosales cuadros de óleo que decoraban las paredes. Los lienzos antiguos de los héroes vampiros y licántropos exiliados fueron desgarrados en jirones, esparciendo fragmentos de madera y pintura por el suelo alfombrado.
Astra no necesitaba retroceder. Aplicando a la perfección el entrenamiento físico que Valerius le había impartido en el coliseo, y potenciada por la densidad mística de la sangre real que corría por sus venas, se movía con una gracia felina e imperial. Esquivaba cada estocada con desplazamientos laterales mínimos, leyendo los movimientos de Irina antes de que se ejecutaran. La loba del norte era rápida, pero la loba del eclipse operaba en una dimensión superior.
Cansada del juego, Astra vio la apertura. Cuando Irina alzó el brazo para un último golpe descendente, Astra dio un paso al frente, acortando la distancia de golpe. Con la palma de su mano izquierda abierta, ejecutó un golpe seco e implacable directamente en el plexo solar de Irina.
¡¡¡BUM!!!
El impacto de la fuerza concentrada vació los pulmones de la villana al instante. Irina soltó un gemido ahogado, sus ojos se abrieron desorbitadamente y sus rodillas flaquearon al quedarse sin oxígeno. Antes de que cayera, Astra usó su mano derecha para torcer la muñeca atrapada de la atacante en un ángulo antinatural, arrebatándole la daga de acónito con un movimiento preciso, mientras un crujido definitivo sentenciaba la fractura total de la articulación de la villana.
Irina colapsó pesadamente sobre los duros azulejos de piedra de la galería, rodando entre los restos de los cuadros destruidos. La orgullosa aristócrata estaba de rodillas, sosteniendo su brazo roto contra su abdomen, con las lágrimas de dolor y de una humillación indecible corriendo por sus mejillas demacradas.
Apretando los dientes, comenzó a arrastrarse hacia atrás, usando sus botas para empujarse sobre el suelo, intentando alejarse de la figura que se cernía sobre ella. No podía procesar la realidad: la paria desnutrida la había derrotado sin desplegar siquiera un rastro de sudor.
Astra avanzó un paso, el dobladillo de su vestido azul medianoche barriendo los fragmentos de madera. Se yergue sobre la vencida como una auténtica diosa de la noche, sosteniendo la daga envenenada de Irina entre sus dedos pálidos, girándola con una elegancia despectiva.
Con una lentitud calculada, Astra alzó su bota de cuero negro y la plantó firmemente en el centro del pecho de Irina, deteniendo su huida y presionándola contra el suelo de piedra. La fuerza aplicada fue la justa para inmovilizarla, haciendo crujir las costillas superiores de la villana y obligándola a mirar hacia arriba.
—Te pasaste años mirándome desde arriba, Irina —sentenció Astra, su voz resonando con el eco magnético del eclipse— Disfrutabas verme de rodillas limpiando tu rastro. Mírame ahora. ¿Quién es la rata que mendiga por su vida en el fango?
La inversión de la dinámica de poder era absoluta. El "face-slapping" femenino se había completado con creces; la sumisión había cambiado de bando.
Irina escupió un hilo de saliva sangrienta, con el pecho oprimido por la bota imperial de su antigua víctima. Miraba con un pánico primitivo los ojos de plata sólida de Astra, dándose cuenta de que la criatura que tenía enfrente ya no era humana, ni Omega, sino algo divino que podía borrarla de la existencia con un solo pensamiento.
—Mátame... —gimió Irina, temblando— Mátame de una vez, maldita paria...
Sin embargo, antes de que Astra pudiera tomar una decisión sobre el destino de la intrusa, la presión atmosférica del segundo piso cambió de forma drástica. Una corriente de aire putrefacto, caliente y cargado con el olor a sangre corrupta inundó la galería.
¡¡¡SHATTER!!!
Los gigantescos ventanales góticos de la galería estallaron simultáneamente en mil pedazos, desatando una lluvia de cristales rotos que tintinearon contra la piedra. De entre la ventisca exterior, una densa y pestilente neblina grisácea y mágica se coló en el salón, materializándose en el centro de la estancia.
La neblina se disipó para revelar a una figura que Astra reconoció al instante.
Era Logan.
El Alpha de los Colmillos de Plata estaba pálido, demacrado y visiblemente debilitado. Su armadura real colgaba floja de su cuerpo antes imponente; sus ojos tenían un fulgor amarillo moribundo y venas negras surcaban su cuello, delatando que la maldición del rechazo estaba a punto de colapsar su núcleo. Había cruzado las fronteras del territorio prohibido usando un hechizo de transmutación desesperado, habiendo seguido el rastro de su prometida para evitar que arruinara su última oportunidad de salvación.
Sin embargo, al recuperar su forma física en el salón, Logan se congeló en seco. Sus ojos amarillos se abrieron con una mezcla de shock, horror y una fascinación enfermiza al clavar la mirada en la mujer que sostenía a Irina bajo su bota: Astra, radiante, imponente y rodeada por un aura de poder real que él jamás imaginó que poseería.