Samuel lo dio todo por un matrimonio que nunca fue suyo. Durante cinco años suplicó, cedió y aguantó las humillaciones de Samantha, una mujer fría que convirtió cada amenaza de divorcio en un juego para tenerlo de rodillas. Hasta que una noche, entre las llamas de un incendio, entiende la verdad más amarga: ella jamás lo eligió. Y muere sabiéndolo.
Pero abre los ojos… meses atrás, en la audiencia de su vigésimo divorcio. Con el recuerdo intacto de su propia muerte, esta vez Samuel no ruega. Firma. Y se marcha sin mirar atrás.
Lo que Samantha no imagina es que el hombre al que despreció está a punto de convertirse en el nombre que todos susurran: el "Mago de Wall Street". Una herencia oculta, una fortuna que crece de la nada, una niña sin hogar que le devuelve las ganas de vivir y una empresaria tan poderosa como imposible de descifrar… Samuel construye, pieza por pieza, la vida que siempre soñó.
Y mientras él se eleva, quienes lo abandonaron empiezan a caer.
Pero el pasado no arde tan fácil: el hombre por el que Samantha lo dejó morir sigue moviendo los hilos en las sombras, y el fuego podría no ser solo un recuerdo.
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Capítulo 7
La discoteca latía. Las luces cortaban la oscuridad en haces vibrantes, la música alta reverberaba por el piso y subía por el cuerpo de cada persona ahí dentro. Era el tipo de lugar donde todo era exagerado: la ropa, las risas, las miradas.
Y, aun así, cuando Samuel entró, algo cambió. No fue inmediato, pero pasó.
Cruzó la entrada junto a Enzo, los dos con trajes oscuros perfectamente ajustados, en contraste con el ambiente caótico alrededor. No parecían fuera de lugar: parecían estar por encima.
Los de seguridad intercambiaron una mirada discreta, algunas personas cercanas bajaron el tono de la conversación, otras simplemente los observaron.
ENZO — ¿Lo sientes? — murmuró sin girar el rostro.
SAMUEL — Sí.
ENZO — Es respeto — completó con una leve sonrisa.
Samuel no respondió, pero lo sintió. Era sutil, pero innegable. Caminaron por el salón principal, esquivando grupos, ignorando miradas curiosas. Algunas mujeres cuchicheaban, otras disimulaban el interés.
—¿Quiénes son?
—No sé… pero no son de aquí.
—Mira cómo se mueven…
Los murmullos crecían, el tipo de atención que no se pide, pero se gana.
Al otro lado de la discoteca, en una mesa reservada, Samantha alzó apenas la mirada. Estaba con Marcos y unos cuantos amigos, una copa en la mano, riéndose de algo que él decía.
Pero entonces se detuvo. Los ojos se le fijaron en la entrada, en los dos hombres que cruzaban el salón.
Algo le llamó la atención. No era solo la apariencia: era presencia.
SAMANTHA — ¿Quiénes son? — preguntó, distraída.
Marcos siguió su mirada.
MARCOS — Debe de ser alguien importante — respondió, encogiéndose de hombros.
Una de las amigas se inclinó hacia adelante.
SARA — Oí decir… — dijo, animada— que ese de ahí podría ser el famoso «Mago de Wall Street».
Samantha frunció apenas el ceño.
SAMANTHA — ¿Mago…?
JANA — ¡Sí! — completó la otra—. Un tipo que está dominando el mercado, haciendo inversiones absurdas. Nadie sabe bien de dónde salió.
Samantha observó un poco más. El hombre en cuestión no miraba a los lados, no buscaba atención.
No parecía interesado en nada más que en su propio camino y, por alguna razón, eso la incomodó.
SAMANTHA — Hm… — murmuró, volviendo la mirada a la mesa.
Pero, cada tanto, volvía a mirar, sin darse cuenta. Samuel y Enzo llegaron a la entrada de las salas VIP.
Subieron. El ambiente ahí era distinto, más silencioso y exclusivo, menos caos, más control.
Sentado en un sofá de cuero oscuro, con expresión cansada y un vaso casi vacío en la mano, estaba el dueño de la discoteca.
Alzó la mirada cuando los dos se acercaron y, por un instante, dudó.
DANIEL — Ustedes… — empezó.
Samuel se detuvo frente a él, tranquilo, impecable.
SAMUEL — Soy Samuel.
El hombre parpadeó.
DANIEL — ¿El… Mago?
Samuel no lo confirmó, pero tampoco lo negó. Se sentó. Enzo se quedó de pie, al lado, como un respaldo silencioso.
El dueño de la discoteca tragó en seco.
DANIEL — No esperaba… que vinieras en persona.
Samuel entrelazó las manos.
SAMUEL — Prefiero resolver las cosas directo — dijo sin rodeos.
Sin juegos. El hombre asintió despacio.
DANIEL — Bien… entonces… vayamos al punto. — Intentó recuperar la compostura—. Este lugar tiene potencial. Ubicación excelente, clientela fija… solo necesita la inversión correcta.
Samuel observó alrededor: las luces, el espacio, la estructura y, lo más importante, el terreno, grande y mal aprovechado, lleno de posibilidades.
SAMUEL — Dos millones.
El silencio cayó, pesado. El dueño de la discoteca parpadeó.
DANIEL — …¿perdón?
Samuel mantuvo la mirada en él.
SAMUEL — Un millón por el terreno y un millón por la discoteca; en total, dos millones.
Lo dijo directo, sin emoción. El hombre soltó una risa nerviosa.
DANIEL — Eso está… muy por debajo del valor real.
Samuel ladeó apenas la cabeza.
SAMUEL — ¿Valor real… o lo que te gustaría que fuera? — El hombre se trabó—. Este lugar tuvo días mejores — continuó Samuel—, pero ahora… se está hundiendo. — Cada palabra era precisa, calculada—. No tienes suficiente flujo, la estructura está anticuada y, si sigue así… en pocos meses, esto no valdría ni la mitad.
El silencio volvió, esta vez más pesado. El dueño de la discoteca apretó el vaso en la mano.
DANIEL — Puedo conseguir más.
SAMUEL — Puedes intentarlo, pero no lo vas a conseguir rápido. — Se puso de pie, así de simple—. Y tú necesitas vender rápido.
El hombre abrió apenas los ojos, porque era verdad y lo sabía. Samuel dio un paso atrás.
SAMUEL — Mi oferta es justa.
Se dio la vuelta, como si fuera a marcharse.
DANIEL — Espera.
La palabra salió antes de que el dueño pudiera pensarlo. Samuel se detuvo, pero no se volvió de inmediato.
DANIEL — ¿Dos millones… al contado?
Samuel miró por encima del hombro.
SAMUEL — Al contado.
El hombre cerró los ojos un segundo, calculando.
DANIEL — …trato hecho.
Samuel asintió, sin sonrisa, sin celebración, solo con determinación.
SAMUEL — Enzo se encarga del papeleo.
ENZO — Déjalo en mis manos — respondió, sacando ya el celular.
El negocio estaba hecho, así de simple. Pero el impacto ese se propagó. Enseguida los empleados salieron regando la novedad.
—¿Lo compró?
—¿Al instante?
—¿Quién es este tipo?
Los murmullos empezaron a crecer por el área VIP, bajando al salón, esparciéndose como fuego. Y Samantha lo oyó.
—El Mago cerró trato — comentó alguien cerca de ella.
Ella volvió a alzar la mirada, ahora más atenta, más curiosa. Los ojos buscaron y encontraron: un hombre de espaldas, conversando con el otro.
Seguro y decidido. Frunció apenas el ceño; algo la incomodaba, algo familiar, pero no tenía sentido.
SAMANTHA — Qué raro… — murmuró.
MARCOS — ¿Qué?
SAMANTHA — Nada.
Pero no era nada, ya no. Al otro lado de la discoteca, en un punto más apartado del área VIP, alguien observaba.
En silencio, sin participar, sin llamar la atención: una mujer, sentada sola, con una copa intacta frente a ella.
Los ojos fijos en Samuel desde el principio, desde el momento en que entró. Y, a diferencia de los demás, no parecía curiosa ni impresionada. Estaba… analizando.
Cada gesto, cada palabra, cada movimiento. Y cuando él cerró el trato, una leve sonrisa asomó en sus labios, rara y discreta.
—Interesante… — murmuró, casi inaudible.
Porque los hombres como él no aparecían de la nada, y ella lo sabía mejor que nadie.
Mientras la música seguía, mientras la discoteca volvía a su ritmo caótico, ella permaneció ahí, observando.
Porque, aquella noche, Samuel no fue el único que empezó algo nuevo: también había llamado la atención de alguien que no solía impresionarse.
Y eso era mucho más peligroso que cualquier negocio.