✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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El puente
La noche en la meseta de Yalnizlik era un manto negro que parecía tragarse cualquier rastro de calor. El viento silbaba con fuerza entre las grietas de las rocas grises, levantando un polvo fino que obligaba a los jinetes a cubrirse el rostro con los embozos de sus túnicas de lino marrón. El camino se había vuelto estrecho, transformándose en un sendero peligroso que bordeaba un acantilado profundo en cuyo fondo solo había rocas afiladas y el eco del vacío.
Lin cabalgaba a la vanguardia, con la mano derecha apoyada en el pomo de su espada. Bajo su chaleco de cuero rústico, el diario de Norman presionaba contra su pecho, y la marca dorada de su palma emitía una pulsación constante, una advertencia sorda que le decía que el aire de la noche estaba cargado de peligro.
A su lado, el joven príncipe Vetmi se mantenía firme sobre su montura, aunque sus manos temblaban un poco por el frío y el cansancio de la marcha. El chaleco de cuero viejo que Ettore le había prestado le quedaba un poco grande, pero ya no vestía de azul que lo delataba como un miembro del palacio de piedra gris.
—Capitán Lin —susurró Vetmi, acercando su caballo para no tener que gritar contra el viento—. Nos estamos acercando al paso de las Tres Horcas. Es el único puente de madera que cruza el río seco en esta provincia. Si la guardia ha recibido el informe del soldado que huyó esta tarde, ese puente será una trampa mortal.
Lin detuvo su semental negro en seco, levantando la mano para que Ettore y Marcos se detuvieran detrás de ellos.
—¿Hay otra ruta para cruzar ese río, Vetmi? ¿Un vado o un camino de contrabandistas?
Vetmi negó con la cabeza, sus ojos oscuros brillando con preocupación bajo la luz de las estrellas.
—No, señor. Las paredes del cañón son demasiado altas y empinadas. Si intentamos bajar con los caballos, las monturas se romperán las patas en el fondo de piedra. Tenemos que cruzar por el puente, pero la guardia de Erke suele colocar a un grupo de cinco ballesteros en las torres de madera de la entrada.
Ettore se adelantó, acomodándose la manta que ocultaba su ballesta pesada en el lomo del caballo. Tenía una sonrisa confiada en el rostro, esa misma chispa pícara que siempre aligeraba la seriedad de Lin.
—Cinco ballesteros en torres de madera... Eso suena a un tiro al blanco bastante fácil para un hombre que se entrenó en los cuarteles de la capital, capitán. ¿Quieres que me adelante y les limpie las almenas?
—No juegues con la suerte, Ettore —le advirtió Marcos desde la retaguardia, con su voz ronca de veterano—. La guardia de Yalnizlik usa saetas pesadas con puntas de hierro que pueden atravesar un escudo de madera a cien pasos. Si te ven antes de que dispares, serás un erizo de madera antes de que puedas tensar la cuerda.
Lin se bajó del caballo y caminó hacia el borde del risco, mirando hacia la penumbra del desfiladero inferior. A unos trescientos metros, la silueta oscura del puente de madera se extendía sobre el vacío, conectando las dos mitades de la meseta. En cada extremo, dos antorchas de brea ardían con una luz roja y fétida, iluminando las armaduras negras de seis soldados que vigilaban el paso.
—No vamos a atacar de frente —sentenció Lin, regresando al grupo con la mente fría de un estratega—. Vetmi, dijiste que el Consejero Val ordenó tu ejecución silenciosa porque descubrió que estabas ayudando a una concubina. ¿Tu padre, el Rey Erke, sabe que estás huyendo?
Vetmi bajó la mirada, apretando las riendas con amargura.
—A mi padre no le importa lo que pase con los bastardos, capitán. Él pasa las noches metido en su harén, consumiendo vino especiado y escuchando los discursos de Val. Si los guardias me ven, pensarán que soy un fugitivo común o un traidor que busca oro. Val maneja los hilos de la guardia ahora.
Lin asintió, una sonrisa afilada dibujándose en sus labios.
—Perfecto. Si piensan que eres un fugitivo común, usaremos su propia codicia en su contra. Marcos, tú y Ettore tomarán los caballos y se ocultarán en la arboleda seca de la ladera izquierda. Yo iré al puente a pie, llevando a Vetmi del brazo. Fingiremos que soy un cazarrecompensas local que ha capturado al príncipe traidor para cobrar la recompensa de Val.
Ettore soltó una carcajada corta, palmeando la culata de su ballesta.
—¡Brillante, capitán! El viejo truco de la entrega falsa. Esos soldados negros van a abrir las puertas pensando en las monedas de oro que se van a repartir, y cuando se den cuenta del engaño, ya tendrán mi acero en el cuello.
—¿Estás seguro de esto, Lin? —preguntó Marcos, mirando al joven Vetmi—. El chico tiene que actuar bien. Si se pone a temblar o si comete un error al hablar, los ballesteros darán la alarma y el cañón se llenará de guardias en diez minutos.
Vetmi levantó la cabeza, y por primera vez, su mirada azul reflejó la herencia de los reyes, esa similar firmeza que Lin había visto en el Rey Aravid.
—Sé cómo hablar con los soldados de mi padre, Marcos. He pasado toda mi vida viendo cómo se arrodillan ante la túnica de mi familia. Si el capitán Lin me lleva del brazo, actuaré como el prisionero más humillado de la meseta. No voy a fallarles. Me salvaron la vida esta tarde, y es mi turno de demostrar que valgo la pena.
Lin le puso una mano pesada en el hombro, dándole un apretón de confianza que desarmó al joven príncipe.
—Bien dicho, Vetmi. Es hora de demostrar que también sabes cazar en la noche. ¡A sus posiciones!
El viento siseaba con fuerza en los pilares del puente de madera de las Tres Horcas. Las antorchas de brea soltaban chispas rojas que caían al vacío del río seco. El capitán de la patrulla fronteriza, un hombre de hombros anchos y una armadura negra abollada, estaba apoyado en la barandilla, escupiendo en el fondo del cañón por puro aburrimiento.
—¡Eh, tú! ¡Alto ahí en nombre del Rey Erke! —rugió uno de los centinelas, levantando su pica de gancho hacia la penumbra del camino.
De la oscuridad emergió Lin. Caminaba con pasos pesados, vistiendo su chaleco de cuero rústico y arrastrando del brazo al joven Vetmi. El príncipe llevaba las manos atadas a la espalda con una cuerda delgada que Lin le había colocado sin apretar, y su cabeza colgaba hacia abajo, imitando el cansancio absoluto de un prisionero derrotado.
—Buenas noches, soldados de la luz —dijo Lin con una voz ronca y fingida, adoptando el tono rudo de un cazarrecompensas de las fronteras—. Traigo un regalo para el Consejero Val. Encontré a este pequeño ratón de azul intentando cruzar los matorrales del norte esta tarde. Supongo que la recompensa por la cabeza de un bastardo real sigue en pie en el palacio.
El capitán de la guardia se acercó al instante, sus botas pesadas resonando sobre las maderas del puente. Tomó a Vetmi de la barbilla con brusquedad, levantándole el rostro para examinar sus facciones bajo la luz de la antorcha. Al reconocer los ojos azules y el cabello castaño del hijo menor de Erke, una sonrisa de pura codicia se dibujó en sus labios delgados.
—Vaya, vaya... —siseó el capitán de negro—. Si es el pequeño príncipe Vetmi. El Consejero Val nos envió un pergamino de ejecución silenciosa esta misma tarde. Decía que habías robado un cofre de oro de las arcas reales antes de huir. ¿Quién eres tú, cazador? No te he visto en los cuarteles de la meseta.
—Soy solo un hombre que sabe dónde encontrar el oro, militar —respondió Lin, manteniendo su mano en el brazo de Vetmi—. Encontré al chico cerca del río seco. Quiero mis cincuenta monedas de plata y un pase libre para cruzar hacia las provincias del sur. El norte está demasiado caliente con ese falso rey Blackshield dando discursos en las ruinas.
El capitán de Yalnizlik soltó una carcajada seca, girándose hacia sus cuatro ballesteros que vigilaban desde las torres de madera.
—El norte es una colmena de monstruos, tienes razón. Pero te equivocas en algo, cazarrecompensas. En este puente, la ley de la plata la dicto yo. No vas a llegar al palacio con este chico. Nosotros nos encargaremos de entregar la cabeza de Vetmi a Val, y tú... bueno, tú te quedarás con diez monedas de cobre por el trabajo de haberlo traído hasta aquí. El resto de la recompensa se repartirá entre mis hombres.
Vetmi levantó la cabeza de golpe, y su voz resonó con una soberbia real que dejó a los guardias mudos por un segundo.
—¡Eres un miserable, capitán de barro! —gritó el príncipe, escupiendo cerca de las botas del soldado negro—. ¡Mi padre te cortará las manos si descubre que te estás quedando con el oro de su consejo! ¡Exijo que me lleven ante el Consejero Val de inmediato!
El capitán de la guardia se enfureció, levantando la mano derecha para darle un golpe en la mejilla al chico.
—¡Cállate, bastardo! ¡En esta meseta ya no tienes un nombre! ¡Eres solo...!
El golpe nunca llegó.
Lin se movió con la rapidez de un rayo. Su mano izquierda tomó la muñeca del capitán con un agarre que trituró los huesos del soldado bajo el cuero de su guantelete. Antes de que el hombre pudiera soltar un quejido, Lin desenvainó su espada con la mano derecha y le atravesó la garganta con un movimiento limpio y seco. La sangre caliente brotó sobre las maderas del puente, y el cuerpo del capitán de negro se desplomó sin vida hacia el vacío del acantilado.
—¡TRAICIÓN! —gritó uno de los ballesteros desde la torre, intentando apuntar su arma hacia Lin.
Un silbido agudo cruzó el aire de la noche. Una saeta pesada, disparada desde la arboleda seca de la ladera, atravesó el pecho del ballestero antes de que pudiera apretar el gatillo. El hombre cayó desde la torre de madera, golpeando el suelo del cañón con un golpe sordo. Ettore no había fallado.
Marcos entró al galope en el puente, desenvainando su machete pesado. El guerrero cayó sobre los dos lanceros que intentaban rodear a Vetmi, derribándolos con la fuerza de su montura y cortando sus defensas con una saña brutal. Ettore disparó dos saetas más desde los riscos, abatiendo a los últimos dos ballesteros que intentaban asomarse por las almenas de las torres.
La batalla había terminado en menos de dos minutos. El puente de las Tres Horcas estaba limpio, y los seis guardias de hierro de Yalnizlik ya no eran una amenaza para la marcha de las tres capas grises.
Lin cortó las cuerdas de las manos de Vetmi con su daga, mirándolo con un orgullo que hizo que el joven príncipe se enderezara con una sonrisa de puro triunfo.
—Has hablado como un verdadero rey, Vetmi. Tu distracción fue perfecta.
Vetmi se frotó las muñecas, con los ojos brillando de emoción.
—Le dije que sabía cómo hablarles, capitán. Esos hombres solo entienden el miedo y el oro. Pero... hemos dejado un rastro de sangre en este puente. Val sabrá que alguien con entrenamiento militar está cruzando sus tierras.
Marcos bajó de su caballo, limpiando el acero de su machete con un trozo de capa de uno de los guardias caídos.
—Val ya lo sabe, príncipe. El soldado que huyó esta tarde ya debe haber llegado al palacio de piedra gris. Lo importante es que el camino hacia el siguiente pueblo seguro está abierto.
Ettore llegó al trote, recogiendo las flechas que habían quedado clavadas en las vigas de madera con una sonrisa pícara.
—Vaya con el pastor de ovejas... El capitán Lin sigue teniendo el golpe de un demonio de la capital. Si seguimos a este ritmo, vamos a llegar al sur antes de que el Rey Erke termine de contar sus concubinas.
Lin sonrió de lado, introduciendo la mano bajo su chaleco de cuero nuevo para tocar el relieve del diario de Norman. Sintió que la marca dorada de su palma vibraba con una calidez dulce, una caricia que parecía felicitarlo desde la distancia del Manantial. El frente unido de su pequeña unidad estaba consolidado, y la presencia del príncipe Vetmi se estaba convirtiendo en un arma de valor incalculable para su travesía.
—Recojan las armas pesadas y las provisiones de las torres —ordenó Lin, subiendo de nuevo a su semental negro—. Cruzaremos el puente ahora mismo. El amanecer debe encontrarnos lejos de esta provincia. La cacería por el alma de Norman no se va a detener por las picas de Erke ni por los cuchillos de Val.
El grupo cruzó el puente de madera de las Tres Horcas bajo el cielo violeta de la noche del sur, dejando atrás los restos de la guardia de hierro y avanzando con la moral en alto hacia un destino donde los milagros esperaban ser despertados por el acero de los hombres libres. La primavera del norte seguía marchando, y esta vez, tenían un nuevo compañero de vuelo en el camino hacia la redención.