Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Oscuridad
El último sonido que escuchó fue el chirrido metálico de los frenos.
Después, gritos.
Luego, nada.
Pero antes de llegar a ese momento, había existido toda una vida.
Una vida agotadora.
No mala.
No triste.
Simplemente agotadora.
Desde pequeña había sido la clase de niña que recibía elogios por sacar buenas notas y preguntas cuando obtenía una nota apenas aceptable.
—¿Qué pasó?
—¿Te distrajiste?
—Tú puedes hacerlo mejor.
Nunca había existido una intención cruel detrás de aquellas palabras. Sus padres la amaban profundamente. Se preocuparon por darle oportunidades, educación, actividades extracurriculares y todas las herramientas que consideraban necesarias para que tuviera un gran futuro.
Y ella lo sabía.
Por eso nunca pudo quejarse.
Porque cada vez que sentía que no podía más, una parte de ella le recordaba que había niños que lo tenían peor.
Que sus padres hacían sacrificios.
Que debía estar agradecida.
Así que siguió adelante.
Sacó buenas notas.
Ganó concursos.
Aprendió idiomas.
Participó en actividades.
Entró a una buena universidad.
Consiguió un trabajo estable.
Y sonrió.
Siempre sonrió.
[Aún un poco más.]
[Solo tengo que esforzarme un poco más.]
[Cuando termine esto podré descansar.]
Pero el descanso nunca llegaba.
Siempre existía otro examen.
Otra meta.
Otro objetivo.
Otra expectativa.
Y sin darse cuenta, comenzó a vivir como si estuviera corriendo una carrera cuyo final nadie le había mostrado.
Su mente tampoco ayudaba.
Pensaba demasiado.
Muchísimo.
Analizaba conversaciones de hacía tres años.
Repetía errores insignificantes antes de dormir.
Imaginaba escenarios imposibles.
Y cuando algo salía mal, podía pasar días enteros reconstruyendo cada detalle en busca de una explicación.
[¿Y si hubiese dicho algo diferente?]
[¿Y si hubiera tomado otra decisión?]
[¿Y si arruiné todo?]
Aquella forma de vivir terminó pasándole la cuenta.
Llegaron los ataques de ansiedad.
Las noches sin dormir.
La sensación constante de que algo terrible estaba por ocurrir.
La terapia.
Al principio le costó admitir que necesitaba ayuda.
Pero terminó agradeciéndola.
Poco a poco aprendió a respirar.
A detenerse.
A no exigirse perfección.
A aceptar que cometer errores no significaba fracasar.
Y por primera vez en muchos años comenzó a sentirse ligera.
No completamente feliz.
No completamente tranquila.
Pero mejor.
Mucho mejor.
Como si finalmente estuviera aprendiendo a vivir para sí misma y no para las expectativas de los demás.
Por eso aquel viaje en tren tenía un significado especial.
Era un viaje sencillo.
Nada extraordinario.
Simplemente quería visitar un lugar que siempre había querido conocer.
Un pequeño regalo para sí misma.
Una celebración silenciosa por todo el camino recorrido.
Recordaba estar sentada junto a la ventana observando el paisaje.
El cielo estaba despejado.
Varias personas conversaban.
Un niño reía algunos asientos más adelante.
Todo parecía normal.
Hasta que dejó de serlo.
Primero sintió una vibración extraña.
Luego un golpe.
Después otro.
La gente comenzó a mirar alrededor confundida.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo ensordecedor.
Metal retorciéndose.
Cristales rompiéndose.
Gritos.
Muchos gritos.
El mundo entero pareció girar.
Los asientos se desprendieron.
Las luces se apagaron.
Todo se convirtió en caos.
Y, sin embargo...
Ella no sintió dolor.
Ni siquiera miedo.
Solo sorpresa.
[¿Está pasando de verdad?]
Fue su último pensamiento consciente.
Después llegó la oscuridad.
Una oscuridad absoluta.
Profunda.
Infinita.
Pero curiosamente cálida.
No había miedo.
No había ansiedad.
No había preocupaciones.
No había listas de tareas pendientes.
No había expectativas.
No había voces diciéndole que debía hacerlo mejor.
Solo silencio.
Y paz.
Una paz tan inmensa que ni siquiera sabía cómo describirla.
Por primera vez en toda su existencia, su mente estaba completamente quieta.
[No tengo que pensar.]
La idea la hizo sentir extrañamente feliz.
[No tengo que preocuparme.]
Era maravilloso.
[No tengo que hacer nada.]
Y entonces comprendió algo.
Estaba muerta.
La revelación llegó sin dramatismo.
Sin lágrimas.
Sin desesperación.
Simplemente lo supo.
Y aun así, la paz continuó envolviéndola.
No sabía cuánto tiempo permaneció allí.
Podrían haber sido segundos.
Minutos.
Siglos.
Era imposible medir el tiempo en aquel lugar.
Hasta que algo cambió.
Una sensación.
Una presencia.
Como si no estuviera sola.
Y en medio de aquella inmensa oscuridad, una pregunta apareció de forma espontánea en su mente.
[¿Qué ocurre ahora?]
Porque, después de todo... si estaba pensando, significaba que aquello aún no había terminado.