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CAPÍTULO 2- El sufrimiento de una dama
Desperté en un mundo que ya conocía.
Pero no como espectadora.
Sino como protagonista.
Mi cuerpo era pequeño, frágil e inútil. Apenas podía moverme, y cada vez que intentaba hablar, de mis labios solo escapaba el llanto desesperado de un recién nacido. No tenía control sobre nada: ni mis manos, ni mi voz, ni siquiera mis propias reacciones.
Pero mi mente…
Mi mente seguía intacta.
Yo recordaba todo.
Mi vida como Esther.
Mi muerte.
La voz que me ofreció una segunda oportunidad.
Y, sobre todo… recordaba la historia de Sasha Echeverría.
Mi historia ahora.
La mujer que me sostenía entre sus brazos era la duquesa Sara Echeverría, mi madre. Su cabello rubio caía como seda sobre sus hombros y sus ojos azules me observaban con una ternura tan cálida que dolía.
Dolía porque sabía que ese amor no duraría para siempre.
—Mi pequeña Sasha… —susurraba mientras acariciaba mi mejilla con infinita delicadeza.
Su voz era suave, envolvente, llena de un cariño que no conocía condiciones.
Y yo…
Yo quería aferrarme a ella.
Quería olvidar el futuro.
Quería ignorar todo lo que sabía.
Quería simplemente convertirme en su hija.
Pero no podía.
Porque también sabía quién era el hombre que observaba desde la distancia.
Antonio Hilton.
Mi supuesto padre.
Antes de convertirse en duque, solo era un comerciante ambicioso que había construido su camino con astucia y engaños. Mi madre, inocente y bondadosa, había caído en su trampa sin darse cuenta. Todo había comenzado con visitas aparentemente inocentes al mercado, con pequeños regalos dirigidos a Simone, la hija del comerciante.
Una niña que, con su dulzura, conquistó el corazón de la duquesa.
Una niña que, sin saberlo, fue utilizada como puente.
Mi madre se enamoró.
Confiando.
Creyendo.
Sin sospechar que todo había sido planeado desde el inicio.
Antonio Hilton no buscaba amor.
Buscaba poder.
Y lo consiguió.
Tras el matrimonio, el ducado prosperó enormemente. Antonio poseía una mente brillante para los negocios y, junto a Sara, convirtió a los Echeverría en una de las familias más influyentes del imperio. Expandieron territorios, fortalecieron rutas comerciales y atrajeron la atención del propio emperador.
Desde el exterior, parecían una familia perfecta.
Admirada.
Envidiada.
Intocable.
Pero esa perfección no era más que una ilusión.
Porque cuando mi madre quedó embarazada…
Todo cambió.
La noticia llenó de felicidad a Sara.
Pero no a él.
Antonio deseaba un varón.
Un heredero.
Alguien que asegurara su legado y consolidara su posición.
Y el día de mi nacimiento…
Vi la verdad.
—¿Una niña…? —murmuró con frialdad.
Intentó ocultarlo frente al médico, esbozando una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Pero fue inútil.
Yo lo vi.
Lo sentí.
Ese instante bastó para entenderlo todo.
Antonio Hilton jamás me quiso.
Y nunca lo haría.
Los meses pasaron, y con ellos, la desgracia comenzó a desplegarse lentamente.
Al principio, fueron síntomas leves.
Mareos.
Cansancio.
Pequeñas molestias que cualquiera habría ignorado.
Pero pronto se transformaron en algo mucho peor.
Los gritos comenzaron a llenar los pasillos del ducado.
Gritos de dolor.
De sufrimiento.
De desesperación.
Mi madre enfermó.
Los médicos fueron llamados con urgencia. Llegaron especialistas de distintos territorios, cada uno intentando dar un diagnóstico, cada uno fallando de manera distinta.
Hasta que finalmente…
La verdad salió a la luz.
—No hay cura.
Tres palabras.
Frías.
Inapelables.
Crueles.
Sara había heredado la misma enfermedad que había acabado con la vida de su madre.
Una sentencia de muerte.
Lenta.
Dolorosa.
Inevitable.
El ducado entero cayó en una sombra de angustia.
Los sirvientes caminaban en silencio.
Las sonrisas desaparecieron.
La luz se desvaneció.
Pero no todos compartían ese dolor.
Antonio Hilton no lloró.
No mostró desesperación.
No hubo rabia ni tristeza en su mirada.
Solo paciencia.
Una calma inquietante.
Como si estuviera esperando.
Como si cada día que pasaba no fuera una tragedia…
Sino un paso más hacia su objetivo.
Mientras mi madre se consumía, él se mantenía firme.
Observando.
Calculando.
Esperando el final.
Y yo…
Yo solo podía mirar desde mi cuna.
Atrapada en un cuerpo que no respondía.
Incapaz de moverme.
Incapaz de hablar.
Incapaz de hacer algo.
Cada vez que ella gritaba de dolor, yo lloraba.
Cada vez que su respiración se volvía débil, mi pecho se apretaba.
Quería ayudarla.
Quería decirle que no estaba sola.
Que yo estaba ahí.
Pero todo lo que podía hacer…
Era llorar.
Siempre llorar.
Aun así…
Ella nunca dejó de sonreírme.
Nunca dejó de buscarme con la mirada.
Nunca dejó de extender su mano hacia mí.
Hasta el final.
El día de su muerte, la habitación estaba en silencio.
Un silencio pesado.
Irreversible.
Mi madre, pálida y debilitada, tomó la mano de Antonio con lo poco que le quedaba de fuerza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Pero también de amor.
—Prométeme… —susurró con dificultad—. Que cuidarás de nuestras hijas…
Nuestras hijas.
Porque para Sara…
Simone también lo era.
Aunque no compartieran sangre.
Aunque no hubiera lazo alguno más allá del afecto.
—Lo prometo —respondió él.
Sin vacilar.
Sin dudar.
Mintiendo.
Ese mismo día, la duquesa Sara Echeverría murió.
Y con ella…
Desapareció la única persona que realmente me amó en ese mundo.
El silencio que dejó su ausencia fue más aterrador que cualquier grito.
El ducado entero se vistió de luto. Los sirvientes caminaban con la cabeza baja, y los pasillos, antes llenos de vida, se volvieron fríos, vacíos… ajenos.
Pero ese luto…
No era compartido por todos.
Antonio Hilton no derramó ni una sola lágrima.
Cumplió con cada protocolo: organizó el funeral, recibió a los nobles, inclinó la cabeza en los momentos correctos.
Interpretó su papel a la perfección.
El viudo ejemplar.
El hombre devastado.
El esposo que había perdido todo.
Pero sus ojos…
Sus ojos estaban tranquilos.
Demasiado tranquilos.
Como si, en lugar de perder algo invaluable…
Hubiera ganado exactamente lo que quería.
Ese día comprendí algo.
Una verdad fría.
Innegable.
En este mundo…
Yo estaba completamente sola.
Nadie vendría a salvarme.
Nadie iba a protegerme.
Nadie iba a cumplir la promesa que él había hecho.
Apreté mis pequeñas manos con la poca fuerza que tenía.
Aún era débil.
Aún era solo una niña.
Pero mi mente…
Mi mente no lo era.
Y esta vez…
No iba a ser una víctima.
No iba a quedarme esperando mi final.
Esta vez…
Yo iba a cambiar mi destino.