"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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Los días tranquilos
Los días en el Archiducado transcurrían con una calma que Everly apenas recordaba haber conocido.
Las pesadillas seguían visitándola algunas noches.
Había mañanas en las que despertaba sobresaltada, convencida de que volvería a abrir los ojos entre aquellas frías paredes de piedra.
Pero entonces escuchaba los pájaros cantar.
El aroma de las rosas entraba por la ventana.
Y la voz de Nana Lía llamándola para desayunar.
Aquello bastaba para recordarle que seguía viviendo.
Que había recibido una segunda oportunidad.
Y que no pensaba desperdiciarla.
—¡Hermana!
La alegre voz de Iraide resonó por el jardín.
La pequeña corría sujetando con ambas manos un sombrero de paja demasiado grande para ella.
Su cabello rosado danzaba con el viento mientras perseguía una mariposa blanca que parecía burlarse de ella.
Everly soltó una suave risa.
—Si corres más rápido terminarás cayendo.
—¡No voy a caer!
Apenas terminó la frase...
Tropezó.
—¡Ah!
Everly alcanzó a sujetarla antes de que tocara el suelo.
Iraide levantó lentamente la cabeza.
Las dos permanecieron inmóviles un segundo.
Después comenzaron a reír.
—Te lo dije.
—No cuenta... la mariposa hizo trampa.
—¿Ah, sí?
—Estoy segura.
Everly negó divertida.
—Entonces la próxima vez tendremos que hablar seriamente con esa mariposa.
Iraide asintió muy convencida.
—Sí.
Fue una falta de respeto.
Desde una de las ventanas del segundo piso, Kael observó la escena.
Cerró el libro que sostenía entre las manos.
—¿Qué miras?
La voz de Eryan apareció detrás de él.
Kael señaló discretamente hacia el jardín.
Eryan dirigió la vista.
Las dos hermanas seguían caminando entre los rosales.
Iraide hablaba sin detenerse.
Everly simplemente la escuchaba.
—Hace mucho que no veía a Iraide sonreír tanto.
Kael respondió sin apartar la vista.
—Siempre sonríe.
—No así.
Hubo un breve silencio.
—Parece feliz.
Kael no respondió.
Simplemente, volvió a abrir su libro.
Aunque...
No leyó una sola línea.
Aquella tarde correspondía el entrenamiento físico.
Como todos los hijos de la casa Belmonth, Everly había comenzado su formación desde pequeña.
Un Belmonth debía saber gobernar.
Pero también defenderse.
No importaba si era hombre o mujer.
El instructor realizó una reverencia.
—Mi señorita.
Comencemos.
Las espadas de madera chocaron una y otra vez.
Everly respiraba con calma.
Su postura era correcta.
Sus movimientos precisos.
Pero...
Todavía le faltaba fuerza.
Retrocedió un paso.
Giró demasiado el pie.
Perdió el equilibrio.
—Otra vez —ordenó el instructor.
Everly asintió.
Volvió a intentarlo.
Entonces una nueva voz rompió el entrenamiento.
—Tu centro de gravedad está demasiado atrás.
Everly levantó la vista.
Kael caminaba hacia ellos.
El instructor hizo una reverencia.
—Joven amo.
Kael tomó una espada de entrenamiento.
Se colocó frente a Everly.
—Atácame.
Ella dudó apenas un instante.
Después obedeció.
Su espada descendió.
Kael bloqueó el ataque con absoluta facilidad.
—Otra vez.
Segundo intento.
Tercero.
Cuarto.
Finalmente bajó el arma.
Se acercó.
Sin brusquedad, acomodó ligeramente la posición de sus manos sobre la empuñadura.
Luego dio un leve toque con la punta de la espada sobre uno de sus pies.
—Aquí.
No aquí.
La fuerza nace desde las piernas.
No desde los hombros.
Retrocedió.
Le devolvió el arma al instructor.
—Continúen.
Y se marchó como si nada hubiera ocurrido.
Everly permaneció inmóvil unos segundos.
No recordaba la última vez que Kael le había dedicado más de dos palabras.
—Mi señorita...
El instructor sonrió discretamente.
—Aproveche el consejo.
No suele corregir a nadie personalmente.
Everly observó la espalda de su hermano alejándose.
—Lo haré.
Bajo la sombra de un viejo roble, Eryan cerró el libro que había estado leyendo durante todo el entrenamiento.
Esperó a que Kael desapareciera.
Después miró a Everly.
—No te preocupes.
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué lo dice?
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del joven.
—Así enseña a todos.
Everly soltó una risa suave.
—Entonces procuraré aprender rápido.
Eryan volvió a abrir su libro.
—Eso evitará que vuelva a sacar una espada.
Los dos sonrieron.
Era una conversación pequeña.
Insignificante.
Pero, por alguna razón...
Resultaba agradable.
Aquella misma tarde, mientras atravesaba el jardín principal, Alaric detuvo sus pasos.
Everly se encontraba arrodillada frente a uno de los rosales.
Con mucho cuidado retiraba las ramas secas.
Sus movimientos eran delicados.
Casi cariñosos.
El Archiduque permaneció inmóvil.
De pronto...
Ya no vio a Everly.
Vio a otra mujer.
Quince años atrás...
—Elyria.
La Archiduquesa levantó la vista.
Una cálida sonrisa iluminó su rostro.
—¿Sí?
Alaric caminó hasta ella.
Frunció ligeramente el ceño al verla inclinada sobre los rosales.
Su vientre, ya avanzado por el embarazo, apenas le permitía moverse con comodidad.
—El médico dijo que debías descansar.
Ella soltó una pequeña risa.
—También dijo que debía dejar de leer.
Y sigo leyendo.
—No bromees.
Ella acarició una rosa color vino.
—Las rosas necesitan cuidados todos los días.
Si las abandonas...
Las espinas terminarán cubriéndolo todo.
Alaric suspiró resignado.
—Eres demasiado terca.
—Eso fue lo que te enamoró de mí.
Por primera vez en mucho tiempo...
El serio Archiduque sonrió.
Solo un poco.
Ella tomó su mano.
La llevó hasta su vientre.
Un pequeño movimiento sorprendió a ambos.
—¿Lo sentiste?
Alaric asintió lentamente.
—Sí.
—Es Everly.
Será una niña fuerte.
Una niña amable.
Guardó silencio unos segundos.
Después su sonrisa se volvió más tenue.
—Alaric...
Si algún día yo llegara a faltar...
Él frunció el ceño de inmediato.
—No hables así.
Ella apretó un poco más su mano.
—Prométeme una cosa.
—...
—No permitas que nuestra hija crezca creyendo que está sola.
El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.
Alaric volvió al presente.
Everly seguía cuidando los rosales.
Ajena a su presencia.
Él permaneció inmóvil.
La misma forma de sujetar las ramas.
La misma delicadeza.
Los mismos ojos.
Sintió un extraño peso en el pecho.
Había hecho muchas promesas a lo largo de su vida.
Al Imperio.
A su ducado.
A su familia.
Pero solo una...
Nunca había cumplido.
Sin decir una palabra, continuó su camino.
A unos metros de distancia, Everly levantó la vista por un instante.
Le pareció ver la silueta de su padre alejándose entre los árboles.
No dijo nada.
Volvió a concentrarse en las rosas.
Sin saber que, por primera vez en muchos años...
Una promesa olvidada había comenzado a florecer de nuevo.