Tras un matrimonio que se desmorona en el silencio y la indiferencia, un encuentro fortuito la sumerge en la vorágine de una pasión que jamás creyó posible. Alejandro, un hombre enigmático y arrollador, emerge de entre las sombras de su pasado, trayendo consigo no solo un amor avasallador, sino también un turbulento secreto que podría destruirlos.
Isabella, una mujer que ha luchado por mantener en pie su independencia y su corazón, se ve arrastrada a un mundo de deseo incontrolable y decisiones prohibidas. A medida que sus cuerpos se entrelazan en encuentros que desafían toda convención, también lo hacen sus almas, forjando un vínculo que es tan peligroso como irresistible. Pero el camino del amor verdadero nunca es sencillo.
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Capitulo 3
Durante toda la cena con los Martínez, Isabella no pudo concentrarse en nada de lo que se decía a la mesa. Su mente seguía regresando a ese encuentro fortuito, a la voz grave de Alejandro, al tacto de sus dedos sobre su piel y, sobre todo, a esa mirada intensa que parecía haberle robado el aliento. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ver esos ojos color avellana llenos de promesas y deseo.
Sin embargo, en cuanto recuperaba el raciocinio, la realidad golpeaba con fuerza. Ella estaba casada. Era Isabella Lombardi, esposa de uno de los hombres más poderosos y respetados de la ciudad. Cualquier acercamiento con Alejandro sería considerado una traición, un escándalo que podría destruir su reputación y, lo que era peor, darle a Leonardo motivos para hacerle la vida imposible. Sabía que su esposo era capaz de cualquier cosa cuando sentía que su orgullo o su posesión estaban en juego.
No puedo permitirme esto, se repetía a sí misma, tratando de borrar cualquier pensamiento impropio. Es solo atracción física, algo pasajero. Debo olvidarlo.
Pero Alejandro no se lo pondría fácil. Aunque estaba sentado en otra mesa, acompañado de personas importantes, no perdía oportunidad de mirarla. Cada vez que Isabella levantaba la vista, encontraba sus ojos fijos en ella, y cada vez que eso pasaba, sentía que todo su cuerpo se encendía. Él sabía el efecto que causaba en ella y lo usaba a su favor. En una ocasión, cuando sus miradas se cruzaron, Alejandro le dedicó una sonrisa media, lenta y provocadora, mientras levantaba su copa de vino brindando silenciosamente solo para ella.
Isabella sintió que el corazón se le salía del pecho y tuvo que apartar la mirada rápidamente, fingiendo interés en lo que decía la señora Martínez. Por dentro, sin embargo, estaba luchando una batalla feroz. Su mente le gritaba que se alejara, que se mantuviera fiel a sus votos y a su posición, pero su cuerpo y su alma anhelaban esa sensación de estar viva que él le había hecho sentir en tan solo unos minutos.
—¿Te sientes bien, querida? —le preguntó Leonardo en un momento dado, notando su distracción, aunque sin sospechar la verdadera causa.
—Sí, solo un poco cansada —respondió ella con voz suave.
Cuando por fin terminó la velada y se dispusieron a irse, Isabella respiró aliviada pensando que por fin dejaría de sentir esa presión entre el deber y el deseo. Pero al cruzar la puerta principal del local, Alejandro estaba allí, como si la hubiera estado esperando. Se acercó con pasos firmes y elegantes, ignorando a Leonardo por un instante para dirigirse directamente a ella.
—Señora Lombardi —dijo él, con esa voz que le recorría la espalda como un escalofrío—. Espero que el incidente con el vino no le haya arruinado la noche.
—Para nada, señor Vargas —respondió ella, tratando de mantener la compostura, aunque le temblaban las manos—. Todo ha estado perfecto.
—Me alegra escucharlo —insistió él, y luego añadió, bajando el tono solo lo suficiente para que solo ella lo escuchara—. Aunque creo que la noche podría haber sido mucho mejor si hubiéramos tenido más tiempo para conversar.
Leonardo intervino rápidamente, mostrando su molestia.
—Gracias por su preocupación, Vargas, pero mi esposa y yo ya debemos irnos.
—Por supuesto —contestó Alejandro, sin dejar de mirar a Isabella—. Que tengan una buena noche. Recuerde, señora, que el arte es cuestión de perspectiva… y a veces las mejores obras son aquellas que están prohibidas.
Esas palabras quedaron flotando en el aire mientras se alejaban hacia el coche. Isabella subió con la mente llena de confusión y sensaciones nuevas. Mientras el vehículo se alejaba del lugar, miró por la ventana, sabiendo que, aunque se estaba yendo físicamente, parte de ella se había quedado allí con él.
Alejandro había plantado la semilla, y ahora, por más que intentara negarlo, el deseo y la duda ya habían comenzado a crecer en su interior. Esa noche, al llegar a la mansión y meterse en esa cama fría y vacía, Isabella supo que su vida ya no volvería a ser la misma. La imagen de esos ojos oscuros permaneció grabada en su memoria, recordándole que, por primera vez en años, se sentía extrañamente viva.
Ya en su habitación, Isabella se quitó los accesorios y se miró al espejo. Aún podía sentir la intensidad de la mirada de Alejandro, como si estuviera allí mismo, observándola. Se pasó los dedos por el lugar donde él había limpiado la mancha de vino, y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Estoy casada, se recordó una vez más, pero esa verdad ya no parecía suficiente para apagar el fuego que él había encendido. Mientras se metía entre las sábanas frías, comprendió que, por más que intentara resistirse, Alejandro Vargas ya había entrado en sus pensamientos para no volver a salir.