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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 10: La Jaula de Oro

​El eco de los tacones de Juliana contra el mármol del restaurante La Lanterna se extinguió en el instante en que cruzó la puerta de cristal hacia la acera. Afuera, la noche de viernes en la ciudad se desplegaba bajo una lluvia torrencial, densa y fría, que golpeaba el asfalto con una furia desmedida. Juliana se detuvo bajo el toldo del establecimiento, abrazándose a sí misma de manera inconsciente, sintiendo que el agua que goteaba del techo era incapaz de competir con la frialdad que se había instalado de golpe en el centro de su pecho.

​A su lado, sus padres, Julia y Joaquín, se mantenían en un silencio protector, pero sus rostros reflejaban una indignación incontenible. Joaquín, con la mandíbula apretada, sostenía firmemente la mano de la pequeña Athenea, quien miraba a su madre con los ojos abiertos, confundida por la súbita retirada y por la atmósfera cargada que acababa de asfixiar la alegría de su encuentro.

​—Mami… ¿por qué no nos quedamos con papá? —preguntó la niña con voz queda, tirando suavemente de la manga del abrigo crema de Juliana—. Era su cumpleaños. Yo quería darle su dibujo.

​Juliana tragó el nudo de espinas que amenazaba con cerrarle la garganta. Se agachó a la altura de su hija de nueve años, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos, y le acomodó un mechón de cabello mojado detrás de la oreja.

​—Papá estaba en una reunión importante de adultos, mi amor —respondió, y se sorprendió de la alarmante estabilidad de su propia voz—. Nosotros vamos a ir a otro lugar más bonito a cenar con los abuelos, ¿de acuerdo? Mañana podrás darle tu regalo.

​Julia dio un paso al frente, colocando una mano cálida sobre el hombro de su hija. No hacían falta palabras entre ellas. La mirada de Julia transmitía un mensaje claro: Te lo advertí, pero estoy aquí para sostenerte. Joaquín hizo una seña hacia la calle y, en cuestión de segundos, el auto de la familia se detuvo frente a ellos. Subieron en silencio, dejando atrás el destello de las luces del restaurante, pero arrastrando consigo la sombra de una traición que lo cambiaba todo.

​Mientras tanto, en el interior de La Lanterna, el tiempo parecía haberse congelado en una composición grotesca. Andrés se había quedado de pie junto a su mesa, con la mano extendida en el aire, atrapado en el vacío que Juliana había dejado al marchar. El pánico, una emoción que rara vez lograba filtrarse en la coraza de un Fontane, le subía por el cuello como un soplete. Había leído la desilusión absoluta en los ojos de Juli, una mirada desprovista de la rabia que habría esperado, una mirada que dictaba un punto final irreversible.

​—¿Andrés? ¿Te encuentras bien? —la voz de Viviana rompió el zumbido que aturdía sus oídos.

​Él la miró, pero por un segundo, su secretaria pareció una completa desconocida. La copa de vino tinto que sostenía en la mano, el brillo de las velas, el vestido elegante… todo se transformó ante sus ojos en una trampa que él mismo se había construido por puro despecho. En su empeño por demostrar que él era la única víctima, en su ignorancia de creer que tenía el derecho de castigarla imponiendo el hielo con el pequeño Andreis Julián, había terminado de cavar el abismo más profundo entre los dos.

​—Tengo que irme, Viviana —soltó Andrés de golpe, con una voz ronca y apresurada, sin mirarla.

​—¿Qué? Pero si apenas ha llegado la cena, Andrés. Es tu cumpleaños, tú me dijiste que…

​—Lo siento. No debí venir —la interrumpió de forma tajante, sacando su billetera para dejar varios billetes de alta denominación sobre la mesa, una cantidad que cubría con creces el costo de una cena que ni siquiera probarían—. Pide un taxi a la empresa. Nos vemos el lunes.

​Sin esperar una respuesta, sin reparar en el rostro desencajado y humillado de la secretaria que veía desvanecerse la oportunidad de su vida, Andrés dio la vuelta y caminó a grandes zancadas hacia la salida. La adrenalina le bombeaba en las sienes. Necesitaba alcanzarla, necesitaba explicarle que esa cena no significaba nada, que solo había sido un impulso idiota de un hombre herido en su orgullo.

​Al salir a la calle, la lluvia lo empapó al instante, arruinando el corte perfecto de su traje gris, pero no le importó. Corrió hacia su auto, encendió el motor y aceleró por las calles anegadas de la ciudad, con el parabrisas funcionando a su máxima velocidad. El trayecto hacia la casa de los padres de Juliana se le hizo eterno. El remordimiento comenzó a mezclarse con los fantasmas del pasado que su mente se había esforzado en ignorar.

​Mientras esquivaba el tráfico, las palabras de Juliana del lunes por la mañana regresaron a su mente con el peso de una losa: «No voy a arriesgar la paz de nuestra hija por un impulso». Él la había acusado de cobarde, de usar a sus padres, Julia y Joaquín, y a las casas separadas como un escudo contra él. Pero ahora, con la mente fría y el corazón acelerado, el recuerdo de sus propias infamias emergió de la penumbra.

​Se vio a sí mismo años atrás, cegado por la obsesión de su amor de la infancia, Juliette. Recordó la frialdad implacable con la que había tratado a Juliana cuando ella le confesó su embarazo, el desprecio silencioso de dejarla sola en los meses más vulnerables de su vida. Recordó el día en que, viviendo bajo el mismo techo por el puro compromiso del bienestar de la bebé, la miró a los ojos y le espetó con crueldad que nunca podría amarla porque su corazón ya tenía dueña. Él nunca había medido el impacto psicológico de ese rechazo; nunca entendió que había destruido el valor de Juliana como mujer, obligándola a construir un búnker de hielo para sobrevivir. Y aun con el alma rota, ella se había apartado con una madurez sobrehumana para dejarlo buscar su felicidad cuando Juliette apareció.

​—Soy un imbécil —rugió Andrés, golpeando el volante con el puño cerrado.

​En su ignorancia y su soberbia actual, creyendo que sus cinco años de espera y paciencia le otorgaban el derecho de exigir una rendición inmediata, había osado quitarle al pequeño Andreis Julián bajo la excusa de protegerlo. Había utilizado el amor de un niño de cinco años como un mecanismo de extorsión emocional para forzarla a ceder, sin darse cuenta de que solo estaba confirmando los peores temores de Juliana: que él seguía siendo el mismo hombre inestable que podía destruir su mundo por un arranque de ego.

​El auto frenó de golpe frente a la residencia de los padres de Juli. Las luces de la casa estaban encendidas, proyectando un brillo cálido sobre el jardín empapado. Andrés bajó del vehículo sin paraguas, con la ropa pegada al cuerpo y el cabello chorreando agua. Subió los escalones del porche y llamó a la puerta con desesperación, tres golpes firmes que resonaron por encima del ruido de la tormenta.

​La puerta se abrió con una lentitud exasperante. Pero no fue Juliana quien apareció en el umbral.

​Joaquín, el padre de Juli, se interpuso en la entrada. Su postura era la de un roble imponente, con los brazos cruzados y una mirada cargada de una severidad absoluta. Detrás de él, en la penumbra del pasillo, se alcanzaba a ver la silueta de Julia, que observaba la escena con los ojos entrecerrados.

​—Joaquín, necesito hablar con Juliana —articuló Andrés, intentando dar un paso al frente, pero la figura del hombre mayor no se movió un solo milímetro—. Por favor, solo son cinco minutos. Necesito explicarle lo que pasó en el restaurante.

​—No tienes nada que explicar aquí, Andrés —respondió Joaquín con una voz profunda, gélida, que denotaba la autoridad de un hombre que había visto sufrir a su hija y no pensaba permitirlo una vez más—. Mi hija no va a salir. Y si tuvieras un poco de la madurez de la que tanto presumes, te subirías a tu auto y te marcharías ahora mismo.

​—Fue un malentendido, Joaquín. Viviana es solo mi secretaria, yo no tengo nada con ella, yo solo quería…

​—¿Cenar en tu cumpleaños? —lo interrumpió Joaquín con una sonrisa amarga y cortante—. Tienes todo el derecho de cenar con quien te plazca, Andrés. Eres un hombre libre. Las casas están separadas, ¿no es eso lo que tú mismo fuiste a dejar por escrito esta semana en la academia? Fuiste tú quien exigió los papeles legales, fuiste tú quien decidió que los límites debían ser estrictos. Mi hija solo está respetando tu voluntad.

​—Yo no quería esto… —susurró Andrés, sintiendo que las fuerzas se le escapaban ante la barrera inquebrantable del padre de Juli—. Lo hice porque estaba herido, porque ella no me deja entrar…

​—Andrés, escúchame bien —intervino Julia, dando un paso al frente desde la penumbra, colocándose al lado de su esposo—. Cuando Juliana estuvo enamorada de ti, soportó tus desprecios, tu indiferencia y tus confesiones de amor por otra mujer. Y aun así, te entregó su apoyo sincero. Ahora tú regresas, impones tus tiempos, le quitas el derecho de ver a Andreis Julián esta tarde para lastimarla donde más le duele, y un par de horas después te sientas a brindar con otra mujer. No tienes el tamaño para el amor de mi hija. No has madurado nada. Sigues pensando que el mundo debe girar en torno a tu dolor.

​Las palabras de Julia fueron como estocadas directas al centro de su orgullo. Andrés bajó la mirada, con el agua de la lluvia mezclándose con la frustración que le quemaba los ojos. Era verdad. Había sido un ignorante, un egoísta que en su afán de no ser el único lastimado, había destruido la única oportunidad real que tenía de reconstruir su vida junto a la mujer que realmente amaba.

​—Dile… dile que lo siento —alcanzó a decir Andrés, con la voz quebrada, dando un paso atrás hacia la lluvia.

​—Se lo diremos —sentenció Joaquín—. Pero no esperes que le importe. Buenas noches, Andrés.

​La puerta se cerró con un golpe seco, dejando a Andrés solo en el porche, rodeado por el estruendo de la tormenta. Subió a su auto, con las manos temblorosas sobre el volante, sintiendo que la jaula de oro de su orgullo se había cerrado sobre él, atrapándolo en la más absoluta y dolorosa de las soledades.

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