Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 9: Las reglas de la Mafia vs. Las leyes de la Reina
La mansión de Alexander era exactamente como Valentina había imaginado: una fortaleza de techos altos, grandes ventanales que daban a un jardín perfectamente custodiado y un comedor principal que bien podría haber albergado el consejo de guerra de un señor feudal. El banquete que el millonario había ordenado servir estaba a la altura de las exigencias imperiales; fuentes de plata cargadas con finos cortes de carne, panes artesanales y un vino tinto reserva que calmó la desconfianza que la Emperatriz todavía le profesaba a la bestia de metal negra estacionada en el garaje.
La cena transcurría bajo una atmósfera de tensa calma, donde ambos estrategas medían sus palabras con una precisión quirúrgica. Sin embargo, la armonía del banquete se rompió cuando un hombre de traje oscuro entró al comedor a paso apresurado, sosteniendo una tableta digital entre las manos. Su rostro reflejaba una seriedad absoluta.
Se acercó a Alexander y le susurró algo al oído. Las facciones del hombre de negocios cambiaron en un milisegundo. La noticia se había filtrado de los peores rincones de la ciudad: el buffet rival, desesperado por el revés financiero que Valentina les había propinado en el tribunal, estaba intentando amenazar físicamente a los testigos clave que debían declarar en el caso del procesador tecnológico.
El impacto de la información desató una metamorfosis aterradora. La faceta pulcra, diplomática y aburrida de CEO de Alexander desapareció por completo. En su lugar, emergió el verdadero líder de la mafia, un depredador de sangre fría acostumbrado a gobernar mediante el terror y la pólvora.
Alexander se levantó de la mesa con un movimiento brusco, tirando la silla hacia atrás. Caminó hacia un mueble tallado en la esquina del salón, deslizó un panel secreto y extrajo un arma de fuego corta, negra y pesada. El sonido del metal al encastrar el cargador resonó en el comedor con un eco siniestro. Sus ojos oscuros, ahora desprovistos de cualquier rastro de piedad corporativa, se clavaron en sus hombres.
—Quiero a todos esos infelices bajo tierra para antes del amanecer —ordenó Alexander, con una voz pastosa, letal y rasposa—. Nadie toca a mis testigos y vive para contarlo. Preparen los vehículos. Vamos a solucionar esto a mi manera.
Los hombres de la guardia apostados en la puerta se tensaron, listos para cumplir el mandato de ejecución. Fue en ese instante de máxima violencia que las puertas dobles del comedor se abrieron y entró Dominick, su mano derecha y hombre de máxima confianza.
Dominick, que venía corriendo desde la oficina de seguridad, avanzó cojeando ligeramente por la prisa, con el rostro cubierto de sudor frío. Al ver a su jefe con el arma en la mano, se interpuso en su camino de inmediato, levantando las manos en un gesto de súplica desesperado.
—¡Señor! ¡Frene el carro, por favor! —exclamó Dominick, tratando de poner un freno de mano a la furia de su jefe—. Ya no podemos hacer eso. El panorama cambió. Estamos bajo el ojo del FBI desde el mes pasado y un solo muerto nos va a arrastrar a todos a una celda federal. Tiene que tener paciencia... y esperar a ver qué dice su abogada. ¡Por el amor de Dios, escuche a la doctora Valentina antes de apretar ese gatillo!
Alexander respiraba agitadamente, con la mandíbula tan apretada que parecía que los dientes se le iban a romper. El arma seguía apuntando hacia el suelo, pero su dedo índice jugueteaba peligrosamente cerca del metal del gatillo.
En medio de aquel despliegue de testosterona, amenazas de muerte y pánico federal, Valentina permanecía sentada en su extremo de la mesa. Lejos de asustarse, gritar o correr a esconderse debajo del mantel como lo habría hecho cualquier mujer de este siglo al ver un arma de fuego, la Emperatriz observó la escena con una total y absoluta naturalidad. Con movimientos lentos y pausados, estiró su mano regordeta, tomó la botella de cristal y se sirvió otra generosa copa de vino tinto, deleitándose con el aroma frutal antes de apoyarla nuevamente en la mesa.
Elevó la mirada hacia el mafioso enfurecido. Su postura seguía siendo la de una monarca evaluando el berrinche de un general novato.
—Las armas son para los bárbaros sin cerebro, señor Alexander —declaró Valentina, y su voz, impregnada de una soberbia majestuosa, cortó la tensión del cuarto como un cuchillo—. Si envías a tus sicarios y los matas en las calles, solo conseguirás volverlos mártires ante sus familias y el maldito FBI del que tanto teme tu sirviente. Los convertirás en víctimas legendarias y terminarás encerrado en una mazmorra de piedra. Esa es una estrategia de un comandante de pacotilla.
Alexander la miró de reojo, con los ojos inyectados en sangre, pero Valentina no pestañeó. Se puso de pie con una gracia imponente, alisando el traje sastre rojo que Thiago le había diseñado.
—En cambio, si me dejas jugar bajo mis propias reglas y usar las leyes de este reino, te prometo un desenlace mucho más poético. No necesito derramar una sola gota de su sangre plebeya. Utilizaré sus propios intentos de extorsión para atraparlos en una trampa legal de la que no podrán escapar. Los volveré indigentes. Les confiscaré sus bienes, destruiré sus prestigiosos nombres y los obligaré a empeñar hasta el último de sus trajes para pagar las fianzas antes de que se pudran en prisión.
Valentina dio dos pasos hacia él, acortando la distancia con una valentía que descolocó a Dominick. Clavó sus ojos felinos en los del mafioso y esbozó una sonrisa gélida, calculadora y letal.
—Elige tu veneno, León de Oro. Puedes ser un criminal común que limpia la sangre de su piso, o un verdadero monarca que destruye imperios rivales desde la raíz sin ensuciarse los dedos. Tú decides.
Alexander se quedó completamente estático. El aire pareció abandonar sus pulmones. Miró el rostro redondo y soberbio de Valentina, buscando algún rastro de duda, pero solo encontró la frialdad implacable y peligrosa de una auténtica reina que comprendía el peso del poder absoluto. Lentamente, los músculos de su brazo se relajaron. El líder de la mafia bajó el arma, desarmado por completo ante la ferocidad psicológica de la abogada de talle grande. El juego corporativo ya no era un negocio; se había convertido en un pacto de sangre.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.