A Marisela no solo le arrebataron su libertad, acusándola de un crimen que no cometió; sino también a sus dos pequeños hijos, sus más grandes amores.
Tras tres años encerrada en prisión con una condena perpetua, un terremoto le da una oportunidad de escapar.
Ahora buscará encontrar justicia y sobre todo recuperar a sus hijos, en otro país, con una nueva identidad y un nuevo rostro, convertida en la esposa del cuñado de su ex.
¿Los culpables podrán salir ilesos ante la furia de una madre?
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10. La nieta perdida
Vicky Lauder tomó la fotografía con ambas manos, ahora su rostro tenía más arrugas, pero ahí tenía una gran sonrisa; era el recuerdo de un pasado que ya no existía más, cuando su familia estaba completa.
Su esposo, Jefferson estaba en el centro, erguido, impecable, con esa mirada firme que había construido un imperio y a su lado, estaba Markus, joven y brillante, antes de que se consumiera en la desesperanza. Ahí estaba su hijo, con los mismos ojos avellana que ella había vuelto a ver años después, en el rostro de una muchacha detrás de los barrotes de una cárcel.
Vicky cerró los ojos. Jefferson siempre decía que el amor blando debilitaba a los hombres. Ella lo escuchó repetirlo tanTas veces que terminó creyéndolo, hasta que perdió a su hijo.
Markus no había sido un niño frágil, Markus era sensible, y Jefferson confundía sensibilidad con debilidad.
A los doce años, cuando perdió una competencia académica por primera vez, Markus se encerró en su habitación. Vicky lo encontró con los ojos rojos, pero erguido.
“Lo siento, papá”, dijo el niño esa noche en la mesa.
“Un Lauder no pierde. Aprende y aplasta, jamás pierde el control”, manifestó Jefferson esa noche, sin levantar la voz.
Markus asintió, como si entendiera, como si pudiera soportarlo, pero en el fondo solo se sintió incompleto, incapaz de cumplir con esas expectativas.
A los dieciséis quiso estudiar música, tenía talento. Lo sabía Vicky, lo sabía su profesor y lo sabía él.
Jefferson ni siquiera lo discutió.
“Eso no mantiene imperios”, sentenció Jefferson y el piano fue cerrado.
A los dieciocho llegó el primer escándalo menor, hubo una pelea, una fotografía incómoda y rumores en la prensa. Jefferson resolvió todo en silencio, con dinero y llamadas estratégicas.
“Si vas a destruirte, no lo hagas con mi apellido”, dijo Jefferson esa noche en el despacho, cuando quedaron solos.
Vicky vio algo romperse en la mirada de su hijo, no fue rebeldía, fue resignación, como si estuviera en una cárcel sin barrotes.
La droga no había aparecido de golpe. Llegó como una sombra años atrás. Markus seguía sonriendo en público, seguía asistiendo a eventos, seguía siendo “el heredero”; pero en casa, cada vez estaba más lejos.
Años después, la última vez que Vicky lo vio consciente, estaba sudoroso, pálido, con la voz quebrada. Jefferson no estaba. Había salido a cerrar un acuerdo importante. Markus deliraba.
“Mamá… creo que tuve una hija…”, dijo Markus en medio de su confesión.
Vicky pensó que era la droga hablando.
“Descansa, Markus”, expresó Vicky.
“No… es real… se llama… Marjorie… o algo así…”, murmuró Markus. “No la busquen… papá no la dejaría vivir en paz…”
Ella le tomó la mano, sintió el temblor y sintió el miedo.
“¿Quién es la madre?”, preguntó Vicky.
“Johana… Sánchez…”, respondió Markus, antes de que su voz dejara de hablar.
Horas después, su hijo dejó de respirar.
Jefferson no lloró en el funeral. Se mantuvo recto y firme.
“El imperio no se detiene por un error”, dijo Jefferson, cuando quedaron solos.
Vicky lo miró como si no lo conociera. Había llamado a su propio hijo como un error.
Semanas después, mientras recogía las cosas de Markus, encontró un sobre escondido dentro de una chaqueta vieja.
Adentro había una copia arrugada de una partida de nacimiento, una niña nacida hace diez años, llamada Marjorie Lauder, su padre llamado Markus Lauder y su madre llamada Johana Sánchez.
Vicky tuvo que sentarse; no había sido un delirio, no era por la droga, era algo real; aún había alguien vivo, que sería lo único que su hijo había dejado.
Jefferson leyó el documento sin alterar el gesto.
“Si existe, no debe acercarse. No necesitamos más escándalos”, dijo Jefferson.
“Es tu nieta”,susurró Vicky.
“Es un riesgo”, dijo Jefferson
Y en ese momento, ella supo que, si la niña existía, estaría sola en su búsqueda, y cuando estuvo cerca, ocurrió el evento que la llevó a la cárcel por quince años.
Johana tenía dieciocho años cuando todo se derrumbó; era una extranjera, sin familia influyente, enamorada de un Lauder inestable que prometía cambiar.
Cuando quedó embarazada, Markus le juró que la protegería, cuando la pequeña nació, también juró protegerla, pero luego desapareció por semanas.
Las autoridades migratorias comenzaron a presionarla. Casi la detienen para deportarla. El apellido Lauder ya no respondía sus llamadas.
En la madrugada de su cumpleaños número diecinueve, con una bebé de apenas un mes en brazos, Johana tomó la decisión más difícil de su vida; cuando la amenaza venía directamente de Jefferson Lauder, según en nombre en Markus.
Johana empacó lo poco que tenía, guardó la partida original y escapó a su país.
En un registro civil pequeño, con ojeras profundas y la niña dormida contra su pecho, volvió a escribir su destino; con un nuevo nombre Marisela Sánchez, solo ella como madre.
Años después, cuando Vicky estuvo prisionera en aquella cárcel por motivos que nada tenían que ver con su familia, vio a la joven que se convirtió en su compañera de celda y esos ojos avellana, intensos e idénticos a los de su hijo. Algo se movió en su pecho antes de que la razón interviniera.
No preguntó nada en ese momento. No dijo nada. Pero esa noche no pudo dormir; cuando la joven empezó a responder sus preguntas, y cuando sin que siquiera Marisela se diera cuenta, tomó sus cabellos y mandó a su hombre de confianza a analizarlos, certificó su parentesco.
Jefferson creía que la presión hacía diamantes, pero había olvidado que algunos corazones se rompen antes de endurecerse.
Markus se quebró bajo el peso de un apellido que exigía fuerza sin enseñar ternura.
Tal vez, en otra familia, esa misma dureza había formado a un hombre distinto. Uno que resistiera donde su hijo no pudo; y tal vez el único que podía ayudar a su nieta.
Vicky apoyó la fotografía contra su pecho. No había perdido del todo a Markus; le había dejado una heredera, le había dejado a alguien a quien podría amar, y aunque le doliera las circunstancias, también era madre, y si le hubieran dado la oportunidad de recuperar a su hijo al precio que sea, ella lo hubiera tomado, por eso entendía a Marisela y la necesidad irreprochable de recuperar a sus pequeños.