Lois y Cristopher se conocieron a los catorce años, sin imaginar que ese primer encuentro cambiaría sus vidas para siempre. Años después, cuando por fin están juntos, personas muy cercanas harán todo lo posible por separarlos. Entre el amor, las traiciones y las decisiones más difíciles, descubrirán que algunos corazones jamás dejan de elegirse.
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Capítulo 8: Un año después
15 de febrero.
Nuestro primer año juntos.
Ese día lo sentí distinto desde que desperté. No era solo una fecha, era el recuerdo de todo lo que habíamos vivido desde que empezamos a ser pololos.
Había pasado casi un año desde que Cristopher llegó a mi vida, y aunque no todo fue perfecto, sí fue real.
Cristopher seguía siendo él.
Tranquilo, reservado, de pocas palabras… pero con gestos que decían mucho más de lo que hablaba. No era exagerado, pero sí atento. De esos que se acuerdan de detalles pequeños sin necesidad de hacer grandes cosas.
Y yo había aprendido a quererlo así.
Sin pedirle que cambiara.
Sin intentar hacerlo distinto.
Ese día nos vimos como siempre, pero se sentía diferente. Había una mezcla de nervios y emoción en el aire que no necesitaba explicarse.
Caminamos un rato sin apuro, hablando de cosas simples, pero con esa sensación de que ambos sabíamos que era un día importante.
Un año.
Nuestro primer año.
Nos quedamos en silencio por un momento, pero no era incómodo. Era de esos silencios que hablan solos, que traen recuerdos sin necesidad de palabras.
Cristopher me miró y sonrió apenas.
—Feliz año —dijo.
Y en ese instante sentí algo en el pecho que no supe explicar bien.
No necesitaba más.
Solo eso.
No hubo grandes discursos ni exageraciones. Cristopher nunca fue así, pero tenía su forma de demostrar las cosas, en lo simple, en lo constante.
Y eso era suficiente para mí.
Nos quedamos un rato juntos, caminando sin rumbo, como tantas otras veces. Pero esta vez todo se sentía más claro.
Ya no éramos dos personas con dudas.
Éramos nosotros.
Un año había pasado desde que empezamos a pololear, y sin darnos cuenta, habíamos crecido juntos en medio de risas, conversaciones, silencios y momentos que solo nosotros entendíamos.
Y en ese momento entendí algo importante.
Lo nuestro no era perfecto.
Pero era real.
Y eso era lo que lo hacía tan valioso.
Porque lo real no necesita ser perfecto para ser importante. A veces es simple, A veces es silencioso, A veces incluso confuso... Pero cuando es verdadero, se siente en cada parte de uno.
Y Cristopher era eso para mí.
No era de grandes demostraciones y ni de palabras largas. Era de hechos pequeños, de presencia constante, sin estar en necesidad de decir demasiado.
Y con el tiempo, eso empezó a significar más de lo que yo misma podía explicar.
Seguimos caminando sin apuro, como si el mundo alrededor no importara. Había algo en ese día que nos mantenía en calma, como si todo estuviera en su lugar por primera vez en mucho tiempo.
De vez en cuando, nuestras manos se tocaban sin intención, y ninguno se apartaba.
Era algo natural.
Algo nuestro.
Yo lo miraba a veces de reojo, y él también lo hacía conmigo, Pero ninguno decía nada. No porque no hubiera cosas que sentir, sino porque no hacían faltas las palabras en ese momento.
Todo estaba dicho de otra forma.
En miradas.
En silencios.
En gestos simples.
Y mientras avanzábamos, entendí algo que me hizo quedarme en paz.
Ese año no solo había sido el inicio de una relación.
Había sido el inicio de una forma distinta de vivir.
De confiar.
De sentir.
De quedarme.
Y aunque todavía no sabíamos todo lo que vendría después, por primera vez no sentí miedo al futuro.
Porque mientras Cristopher estuviera a mi lado, cualquier camino parecía un poco menos difícil.
Un poco más seguro.
Un poco más nuestro.