Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 2
El dinero no compra la felicidad, pero te consigue una mesa VIP en Le Mirage, el club más exclusivo y caro de la ciudad. También te compra tres botellas de champán francés que cuestan lo mismo que el alquiler de un departamento promedio, y un séquito de "hermanos de la vida" que te sonríen como si fueras un dios pagano.
Para Ethan Vance, eso era exactamente lo mismo que la felicidad.
—¡Por el soltero más codiciado de la bolsa de valores y el único hombre inteligente que jamás caerá en las garras del matrimonio! —brindó Marco, alzando su copa con una sonrisa de comercial de pasta dental.
Marco era el tipo de amigo que nunca aparecía si la cuenta la pagaba otro, pero esa noche, como siempre, la tarjeta de crédito negra de Ethan estaba sobre la mesa.
—¡Salud! —corearon tres modelos cuyos nombres Ethan ya había olvidado, aunque llevaban dos horas riéndose de todos sus chistes malos.
Ethan sonrió de lado, esa sonrisa arrogante y perfectamente ensayada que salía en las portadas de las revistas de negocios. Se acomodó el saco de su traje italiano de tres piezas y le dio un trago a su copa. Tenía veintiocho años, un fondo de inversión que facturaba millones y una regla de oro inquebrantable: cero complicaciones.
—El matrimonio es para los hombres que se rinden, Marco —dijo Ethan, arrastrando las palabras con una confianza absoluta—. Y yo no sé perder. ¿Hijos? Por favor. Los niños son como granadas de mano: ruidosos, destructivos, huelen raro y te arruinan la ropa de diseñador. Paso. Mi vida es perfecta justo así.
—¡Eso es hablar como un verdadero tiburón! —exclamó Christian, otro de sus "fieles" compañeros de juerga, mientras le daba una palmada exagerada en la espalda—. Imagínate cambiar las noches de fiesta por cambiar pañales. ¡Qué pesadilla! Prefiero que me pise un tren.
Todos en la mesa estallaron en risas. Ethan se sentía el maldito dueño del mundo. A su alrededor, la música electrónica vibraba en el suelo, las luces de neón parpadeaban y sus amigos competían por ver quién le halagaba más el ego para que pidiera otra ronda de tragos. Para Ethan, la lealtad de su grupo era tan sólida como el hielo de su vaso. O al menos, eso creía.
A las cuatro de la mañana, el romance con la noche llegó a su fin.
Ethan pagó una cuenta astronómica sin pestañear, despidiéndose de sus amigos entre abrazos jurados de "hermandad eterna".
—¡Eres el mejor, hermano! ¡Cuenta conmigo para lo que sea, ya sabes que soy tu mano derecha! —le gritó Marco antes de subirse a un taxi pagado, por supuesto, por Ethan.
Ethan subió a su auto deportivo. El silencio del vehículo fue un alivio para sus oídos zumbantes. Condujo por las calles semivacías de la ciudad, disfrutando de la adrenalina de la velocidad y, sobre todo, de su sagrada libertad. Él no tenía que rendirle cuentas a nadie. Nadie lo esperaba despierto para pelear, nadie le iba a reclamar por el olor a alcohol o por la mancha de labial en su cuello. Su lujoso penthouse de dos pisos era su santuario de paz.
Estacionó el auto, subió en el ascensor privado y deslizó la tarjeta magnética en la cerradura de su puerta. El apartamento estaba a oscuras, oliendo a limpiador costoso y a cuero. Perfecto.
Se quitó el saco, lo arrojó sobre una silla de tres mil dólares y se desabrochó los dos primeros botones de su camisa de seda. Tenía la cabeza pesada. Solo quería desplomarse en su cama King Size y revivir al mediodía.
Pero cuando encendió la luz de la enorme sala de estar, sus ojos se fijaron en un bulto extraño junto al sofá de diseño.
Una canasta de mimbre con una manta rosa de dibujitos.
Ethan pestañeó varias veces, pensando que el alcohol le estaba jugando una broma pesada.
—¿Qué demonios…? —masculló, arrastrando los pies hacia el objeto—. Si esto es otra entrega de regalos ridícula de los inversores coreanos, juro que voy a despedir a mi secretaria. La semana pasada fueron frutas exóticas, ¿ahora me mandan mimbre de contrabando?
Se acercó y le dio un suave puntapié a la canasta con la punta de su zapato de charol. No se movió.
Con un suspiro de fastidio, se agachó y apartó la manta con dos dedos, manteniendo la distancia, como si temiera que fuera una bomba de tiempo o una broma de mal gusto de alguna ex novia despechada.
La manta se deslizó. Ethan se quedó petrificado, olvidándose de cómo respirar.
Dos ojos gigantescos, oscuros y curiosos lo miraron fijamente desde el fondo de la canasta. El "paquete" tenía pestañas diminutas, mejillas ridículamente gordas y emitía un sonido suave, como el ronroneo de un motor pequeño.
Ethan dio un salto hacia atrás, tropezó con la esquina de la alfombra persa y cayó de trasero contra el suelo, destrozando toda su dignidad de tipo rudo en un segundo.
—¡Santo cielo! —exclamó, con la voz un octavo más aguda de lo normal—. ¡Es un humano chiquito!
El bebé no se inmutó. Solo se metió el puño entero en la boca y comenzó a succionarlo con entusiasmo, mirando a Ethan como si el CEO multimillonario fuera el bicho raro de la habitación.
Con el corazón latiéndole en la garganta a la velocidad de un auto de carreras, Ethan se arrastró de rodillas, con cautela, hacia la canasta. Buscó desesperadamente una nota de chantaje, una amenaza, ¡algo que tuviera sentido!, pero solo encontró un pañal de repuesto, un biberón vacío y un sobre blanco con su nombre escrito en letras apuradas.
Antes de que pudiera abrir el sobre, el bebé sacó el puño de su boca. Su rostro gordo comenzó a arrugarse y a ponerse rojo como un tomate maduro.
Ethan entró en pánico.
—No, no, no. Hey... mini-persona, no hagas eso —pidió en un susurro desesperado, extendiendo las manos como si intentara domar a un león hambriento—. Las reglas de este edificio prohíben ruidos molestos después de las dos de la madrugada. Te van a multar. Nos van a multar a los dos.
El bebé ignoró por completo las políticas del consorcio y soltó un llanto desgarrador que retumbó en las paredes de mármol del penthouse.
Desesperado por apagar el ruido antes de que los vecinos llamaran a la policía, Ethan estiró los brazos. Nunca en sus veintiocho años de vida había tocado a un bebé. ¿Cómo se agarraba esa cosa? ¿Tenía algún seguro? ¿Manijas ocultas?
Lo tomó por las axilas con la punta de los dedos, dejándolo colgando en el aire como si fuera un cachorro mojado o una camisa usada que apesta a sudor. El bebé, sintiendo el peligro de estar flotando a un metro del suelo en manos de un inepto, duplicó los pulmones y gritó aún más fuerte, agitando los brazos.
—¡¿Por qué no vienes con un manual de instrucciones?! —le gritó Ethan al techo, tratando de acomodarlo contra su pecho.
Pero calculó mal el peso del niño, el cuerpo se le resbaló entre las manos llenas de sudor frío y terminó sosteniéndolo al revés, con la cabeza hacia abajo. En un arranque de reflejos digno de un atleta olímpico, Ethan dio un giro brusco y logró enderezarlo, aplastando al bebé contra su camisa de seda.
Finalmente, logró acunarlo contra su cuerpo, pero estaba tan rígido y tenso que parecía que sostenía una tabla de surf hecha de cristal flotante.
De repente, un calor húmedo, espeso y sospechoso comenzó a filtrarse a través de la costosa tela italiana de su camisa, justo a la altura del pecho.
Ethan miró hacia abajo lentamente. La mancha oscura se expandía con velocidad alarmante. Y el olor... el olor definitivamente no era a perfume francés de trescientos dólares.
Ethan cerró los ojos, sintiendo que sus ganas de llorar eran más grandes que las del bebé.
—Dime que vomitaste... por favor, dime que es solo saliva —suplicó al universo, con los ojos llorosos por el pánico—. Dios mío, cotizo en la bolsa de valores y me acaban de usar de inodoro.
En sus instintos sabía que la noche recién empezaba.