Mateo Rinaldi es el titán tecnológico: frío, metódico y controlador, con un secreto que desentona con su fachada de piedra: unos celos posesivos e invisibles que lo consumen cada vez que alguien osa mirar de más a su esposa.
Valeria Cienfuegos es la reina de la moda y los bienes raíces: brillante, desinhibida y dueña de un humor ácido capaz de dinamitar la seriedad de Mateo en segundos.
Con dos décadas de matrimonio, tres hijos caóticos y las dos empresas más poderosas del país sobre sus hombros, su vida es una guerra constante entre las altas finanzas y la convivencia indomable. Cuando las presiones del mercado amenacen con destruirlos, descubrirán que tras veinte años de rivalidad y pasión, los polos opuestos no solo se atraen: se vuelven indispensables.
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EL CLUB DE LOS VALIENTES (Y LA NUERA QUE LE HIZO PERDER LOS ESTRIBOS)
La gran mesa de comedor de la mansión Rinaldi-Cienfuegos no solo albergaba a los patriarcas y a sus tres herederos, sino que, por primera vez en la historia de la dinastía corporativa, se había abierto el cupo para las parejas oficiales de los hijos.
Para Mateo, la idea de introducir sangre nueva al clan equivalía a una auditoría externa no solicitada: un proceso de alto riesgo donde evaluaba antecedentes familiares, estabilidad emocional y, sobre todo, el nivel de paciencia requerido para soportar el apellido Rinaldi.
La cena transcurría con la tensión habitual de una junta de accionistas. A la derecha de Alejandro estaba Renata, una brillante abogada de fusiones y adquisiciones con una compostura de acero; junto a Sofía se encontraba Damián, un médico cirujano de modales impecables; y flanqueando a Lucas estaba Camila, una diseñadora de modas alegre, risueña y con una chispa en los ojos que hizo que los radares de Mateo se encendieran de inmediato.
—Entonces, Damián —comenzó Mateo con su voz más grave, clavando sus ojos oscuros en el joven médico mientras cortaba un trozo de carne con precisión quirúrgica—, supongo que como cirujano estás acostumbrado a lidiar con emergencias críticas bajo presión extrema.
Damián tragó saliva, asintiendo con rigidez.
—Sí, señor Rinaldi. En urgencias no hay margen para el error.
—Bien. Porque si alguna vez haces llorar a Sofía, te aseguro que tu próxima intervención quirúrgica será en la sala de emergencias de un hospital en quiebra que compraré solo para despedirte —sentenció Mateo con absoluta naturalidad, sin apartar la vista de su plato.
Sofía rodó los ojos con elegancia, mientras Damián asentía pálido, preguntándose internamente si firmar un acuerdo prenupcial era obligatorio en esa familia.
Antes de que la atmósfera se congelara por completo, Valeria soltó una carcajada cristalina que estalló como confeti en medio del comedor solemne. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa con una sonrisa de oreja a oreja.
—Ay, por favor, Mateo, no asustes al muchacho. Si alguien aquí necesita un cirujano de emergencia es tu ego cada vez que la bolsa de valores baja medio punto —bromeó Valeria, dedicándole una mirada cómplice a Camila—. A ver, Camila, cuéntame un secreto.
Lucas me dice que estudias diseño, pero quiero saber la verdad: ¿cuánto tiempo te tomó darte cuenta de que este muchacho heredó los mismos pies izquierdos y la misma cara de amargado de su padre para bailar?
Camila soltó una risita contagiosa, mirando de reojo a Lucas, quien se puso ligeramente rojo.
—Bueno, señora Cienfuegos, digamos que en nuestra primera cita intentó impresionar hablando me de la fluctuación del mercado inmobiliario en Singapur. Casi me quedo dormida en el plato de pasta, pero luego me invitó un helado y supe que al menos tenía buen gusto para el postre.
—¿Ves, Mateo? —exclamó Valeria, señalando a su esposo con el tenedor en alto—. ¡Los genes de la amargura paterna se heredan en el ADN, pero nosotras las mujeres llegamos a ponerles un poco de azúcar a la empresa familiar!
Mateo suspiró profundamente, cerrando los ojos por un segundo como si rezara por la paz mundial, antes de dirigirle una mirada cargada de una mezcla letal de reproche y deseo incontenible a su esposa.
—Valeria, te pido por favor que moderes tus comentarios sobre mi "amargura", o tendré que recordarte en privado por qué llevas treinta y tres años firmando contratos de exclusividad conmigo —murmuró Mateo con voz ronca y un matiz deliberadamente provocador.
Renata, la abogada de Alejandro, tosió discretamente ahogándose con el agua, mientras los tres hijos ponían los ojos en blanco al unísono.
—Dios mío, papá, mamá...
¿Pueden dejar los coqueteos de adolescente cachorro para después del postre? Algunos intentamos digerir la cena en paz —protestó Sofía cruzándose de brazos, aunque una sonrisa divertida se dibujaba en su rostro.
Valeria le guiñó un ojo a su esposo, completamente impasible ante las quejas de sus hijos, y levantó su copa de vino con elegancia.
—Los romances corporativos de alto nivel no tienen horario de oficina, hija mía —respondió Valeria con una sonrisa triunfante—. Y ahora, un brindis por los nuevos integrantes del club de los valientes... ¡Que Dios los coja confesados si intentan romperle el corazón a un Rinaldi o desafiar el humor de una Cienfuegos!
pensé que iba hacer una novela aburrida, Pero me callo la boca Escritora🫥...
Buena redacción.
Buenas ortografía.
Buen balance.
50 y 50 de cada uno.
mismo poder, mismo liderazgo y mismo Lealtismo..
10/10.
es como el vino, estre más viejo, más bueno sabe.