Aethelgard Draconis (El Patriarca): Un vampiro de presencia imponente y fría elegancia, con siglos de existencia a sus espaldas. Su mente es una fortaleza inquebrantable.
Nyxandra Draconis (La Matriarca): De una belleza etérea y calculadora. Es la estratega del clan, capaz de leer las intenciones más ocultas antes de que sean pronunciadas.
Kaelen Draconis: El hermano mayor. Protector, de pocas palabras y con un aire de misterio melancólico que oculta una ferocidad implacable.
Vespera Draconis: La hermana menor. Ágil, perspicaz y con una fascinación peligrosa por el mundo efímero de los humanos.
Onyx Draconis (El Protagonista): El miembro más introspectivo de la familia. Vive con el peso de una eternidad que apenas comienza a comprender hasta que un giro del destino cruza su camino.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
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El Despertar Del Impulsó
El tiempo pareció fragmentarse en lentas y pesadas fracciones de segundo. A su alrededor, el bullicio del instituto continuaba su marcha caótica: risas ahogadas, taquillas cerrándose con golpes secos y pasos apresurados sobre el suelo de linóleo. Sin embargo, para Onyx, todo ese ruido quedó reducido a un zumbido lejano e irrelevante.
Sus sentidos, agudizados hasta el extremo por siglos de evolución depredadora, se concentraron en un único punto del pasillo. El aroma era una contradicción embriagadora: una mezcla de lluvia fresca, tierra mojada y una fragancia sutil a vainilla y papel nuevo que pertenecía a una sola persona.
A unos cuantos metros de distancia, una joven de cabello castaño oscuro y ojos profundamente expresivos se detuvo de repente, dejando caer accidentalmente un cuaderno al suelo. Al agacharse para recogerlo, su mirada cruzó fugazmente con la de Onyx.
En ese preciso instante, una descarga invisible recorrió el cuerpo de Onyx. No era el hambre visceral y descontrolada que los mitos atribuían a su especie; era algo infinitamente más complejo y desconcertante. Una fascinación magnética que amenazaba con desestabilizar todas las murallas que había construido alrededor de su mente durante décadas. Su garganta comenzó a arder con una intensidad inusitada, un recordatorio físico de lo que su naturaleza exigía, pero su mente estaba completamente cautivada por la fragilidad y la vibrante vida que emanaba de aquella muchacha.
—¿Onyx? —la voz de Vespera, baja y cargada de una sutil advertencia, resonó justo a su lado—. Estás conteniendo la respiración de nuevo. Y tus ojos acaban de cambiar de tono. Respira, hermano, o al menos finge hacerlo.
Onyx parpadeó con lentitud, apartando la mirada con un esfuerzo sobrehumano que requirió cada onza de su autocontrol. Su mandíbula estaba tensa, los músculos de su rostro rígidos como la piedra.
—Estoy bien, Vespera —respondió con un hilo de voz tan gélido que apenas era audible sobre el murmullo ambiental—. Simplemente... el ambiente aquí es más sofocante de lo que esperaba.
—¿Seguro? —Kaelen se acercó con pasos silenciosos, flanqueándolos por la izquierda. Sus ojos oscuros escanearon rápidamente el pasillo hasta detenerse en la figura de la joven, que ahora se apresuraba a perderse entre la multitud que entraba al aula de biología—. He sentido la fluctuación en tu pulso cardíaco metafórico. Si hay un problema aquí, nos marchamos ahora mismo. Papá y mamá no tolerarán descuidos.
—No hay ningún problema —sentenció Onyx, tomando su mochila con más fuerza de la necesaria, al punto de que el cuero comenzó a crujir bajo la presión de sus dedos—. Solo necesito adaptarme a las clases. Nos veremos en el almuerzo.
Sin esperar respuesta, Onyx avanzó por el pasillo. Cada paso que daba se sentía como una prueba de resistencia. Su mente, habituada al cálculo frío y a la indiferencia absoluta hacia la humanidad, se encontraba ahora peligrosamente obsesionada con un único interrogante: ¿quién era ella y por qué su simple presencia tenía el poder de alterar el orden de su eternidad?
Al llegar al aula asignada, se sentó en el fondo, junto a la ventana empañada por la condensación. Afuera, los árboles seguían meciéndose bajo la llovizna implacable, pero el paisaje exterior ya no capturaba su atención. La verdadera tormenta estaba ocurriendo dentro de él, marcando el inicio de un camino del que ya no habría retorno.
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