Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 23: El legado de Nicolás
Lucas se convirtió en una presencia constante en mi vida.
Después de aquella tarde en la biblioteca, empecé a buscarlo cada vez que iba al hospital. A veces lo encontraba en la sala de lectura, dibujando mandalas con sus manos pequeñas y temblorosas. Otras veces, estaba en su habitación, mirando por la ventana con una expresión triste que me rompía el alma.
Pero siempre sonreía cuando me veía.
—Valeria —decía, con esa vocecita suya que me recordaba tanto a Nicolás. —¿Has traído un libro?
—Siempre traigo un libro.
—¿Me lo lees?
—Claro.
Y entonces me sentaba a su lado y le leía en voz alta. A veces eran cuentos infantiles, llenos de princesas y dragones. Otras, eran poemas de Neruda o Benedetti, que él escuchaba con una atención que no esperaba de un niño de su edad.
—¿Te gusta la poesía? —le pregunté una tarde.
—No lo sé —respondió, encogiéndose de hombros. —Pero a Nicolás le gustaba. Y yo quería saber por qué.
—¿Y qué has descubierto?
—Que las palabras bonitas hacen que el miedo sea más pequeño.
Esa frase me llegó al alma. Era tan sabia, tan profunda, que por un momento olvidé que estaba hablando con un niño de ocho años.
—Nicolás te enseñó muchas cosas, ¿verdad? —pregunté, con la voz suave.
—Sí. —Lucas asintió, con los ojos brillantes. —Me enseñó a dibujar mandalas. Me enseñó a no tener miedo de las agujas. Me enseñó que la vida es como un libro: cada página es una aventura nueva.
—Eso es muy bonito.
—También me enseñó a no rendirme. —Su voz se volvió más seria. —Me dijo que aunque las cosas sean difíciles, siempre hay que seguir adelante. Porque al final del camino, hay algo bueno esperando.
—¿Y qué hay al final del camino?
—No lo sé. —Sonrió, con una sonrisa que iluminó todo su rostro. —Pero Nicolás decía que valía la pena descubrirlo.
Esa tarde, después de leerle un par de cuentos, Lucas me pidió que dibujara un mandala con él.
—No sé dibujar —dije, con una sonrisa tímida.
—Nicolás me dijo que tú también dibujabas. —Me miró con sus ojos azules, llenos de curiosidad. —Dijo que dibujabas con él en el hospital.
—Sí, pero él era mucho mejor que yo.
—No importa. —Me dio un lápiz y una hoja de papel. —Lo importante es intentarlo.
Y entonces, con la paciencia de un maestro y la ternura de un niño, Lucas me enseñó a dibujar un mandala.
Empezamos por el centro: un pequeño círculo que representaba el corazón. Luego, fuimos añadiendo capas. Pétalos, formas geométricas, líneas que se entrelazaban. Lucas me guiaba con su vocecita, corrigiendo mis errores con una dulzura que me recordaba a Nicolás.
—Así, Valeria. —Señalaba el papel con su dedito. —No pasa nada si te sales. Todo forma parte del dibujo.
—Eso es lo que decía Nicolás.
—Lo sé. —Sonrió. —Por eso lo repito.
Cuando terminamos, el mandala era imperfecto pero hermoso. Un círculo de colores vivos, con formas que se entrelazaban en un patrón único. En el centro, Lucas había dibujado un pequeño corazón.
—Es para ti —dijo, dándomelo. —Para que recuerdes que siempre estás acompañada.
—¿Acompañada por quién?
—Por Nicolás, por mí, por todos los que te quieren. —Me tomó la mano con sus dedos pequeños y frágiles. —Nicolás me dijo que cuando alguien se va, no se va del todo. Que siempre está en los recuerdos de los que lo quieren.
—Eso es muy sabio para alguien de tu edad.
—Nicolás me enseñó. —Sonrió. —Y yo quiero enseñártelo a ti.
Las lágrimas empezaron a rodar por mis mejillas. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de gratitud. De asombro. De amor.
—Gracias, Lucas —susurré, abrazándolo con suavidad. —Gracias por todo.
—De nada, Valeria. —Apretó su abrazo. —Eres mi amiga. Y los amigos hacen cosas por los amigos.
Esa noche, cuando llegué a casa, colgué el mandala en la pared de mi habitación. Justo al lado de la foto de Nicolás.
Y mientras lo miraba, supe que el legado de Nicolás no había muerto. Vivía en Lucas. Vivía en cada mandala que dibujaba. Vivía en cada palabra que compartía con los demás.
Y vivía en mí.
Porque el amor no termina con la muerte.
Solo cambia de forma.
Y la forma que había tomado era la de un niño de ocho años, con manos pequeñas y un corazón enorme, que me recordaba todos los días que la vida merece la pena.