Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
NovelToon tiene autorización de Santi Suki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Valeria sentía curiosidad. Hasta ese momento había dado por sentado que Sebastián había nacido con la discapacidad auditiva.
—Siempre pensé que eras sordo de nacimiento —dijo, mirándolo.
Sebastián negó despacio.
—No.
Patricia soltó un largo suspiro. Su mirada se desvió hacia la ventana, como si regresara al momento que había cambiado la vida de su familia para siempre.
—Ocurrió cuando Sebastián tenía diez años —relató en voz baja—. Un día, mi esposo, Andrés, llevó a Sebastián a inspeccionar un proyecto fuera de la ciudad.
Don Alejandro, que hasta entonces había estado degustando su caldo, dejó la cuchara con lentitud. Sus ojos se posaron en la taza de té que tenía delante. El rostro del anciano se ensombreció, como si los recuerdos de antaño volvieran a visitarlo.
—De vuelta a casa, el auto en el que viajaban fue embestido por un camión. —La voz de Patricia comenzó a quebrarse.
Valeria se llevó la mano a la boca, instintivamente. En lo más hondo de su pecho brotaron a la vez la sorpresa, el miedo y la compasión.
La habitación enmudeció. Patricia tragó saliva antes de continuar.
—El chofer murió en el acto. —Se detuvo un momento, luchando por dominar la emoción—. Mi esposo también.
Nadie la interrumpió. Ni siquiera se oía ya el roce de una cuchara contra un plato.
—Sebastián fue rescatado con vida —prosiguió Patricia—. Pero el golpe en la cabeza dañó su oído de forma irreversible. Los doctores dijeron que la lesión era permanente.
Los ojos de la mujer se humedecieron al volverse hacia su hijo.
—Después del accidente, Sebastián cambió por completo. Se negaba a ver a nadie. Estaba furioso, dolido, y no dejaba de culparse a sí mismo. Una y otra vez preguntaba por qué había muerto su padre y no él.
Valeria contempló a Sebastián con una opresión en el pecho. Todo lo que había escuchado en el pueblo eran burlas: "el sordo". Nunca se había imaginado que detrás de ese apodo se escondiera una herida tan profunda: haber perdido a un padre y la mayor parte de su audición en un solo día.
—Perdón, de verdad no lo sabía —murmuró Valeria.
Sebastián negó con calma.
—No tienes por qué disculparte.
Sus miradas se encontraron.
—Tú tampoco elegiste el accidente que te dejó la pierna así. —Sebastián hizo una pausa breve y continuó con voz serena—. Igual que yo no elegí perder a mi padre.
La frase, sencilla como era, volvió a oprimirle el pecho a Valeria. Fue en ese instante cuando comprendió que ambos compartían heridas casi gemelas. Los dos habían sido víctimas de un accidente. La diferencia era que Valeria había perdido su forma normal de caminar, mientras que Sebastián había perdido a la persona que más quería y gran parte de su capacidad de oír.
Don Alejandro exhaló un suspiro largo. Las arrugas de su rostro parecieron ahondarse mientras contemplaba, uno tras otro, a su nieto y a su nieta política.
—El abuelo siempre ha creído —dijo en voz queda— que Dios no le quita nada a nadie sin dejarle una lección valiosa a cambio.
El anciano esbozó una sonrisa tenue, aunque la tristeza aún le velaba la mirada.
—Los dos han sufrido heridas. Por eso, a partir de hoy espero que se cuiden el uno al otro, que se den fuerzas mutuamente y que sean el refugio del otro.
Valeria y Sebastián cruzaron la mirada. Ninguno pronunció palabra. Por primera vez desde la boda, ambos tomaron conciencia de que el destino había reunido a dos personas que conocían de cerca la pérdida.
Quizá no había sido casualidad. Porque a veces, quien mejor comprende nuestro dolor es alguien que ha sido herido de una manera distinta.
La luz de la mañana entraba por la ventana del dormitorio, iluminando una habitación que empezaba a cobrar vida. Terminado el desayuno, Valeria volvió al cuarto para ordenar sus pertenencias. Abrió la bolsa de tela azul, desgastada en varios puntos, y sacó el contenido.
Sebastián, que acababa de cambiarse de ropa, echó un vistazo hacia su esposa. Al principio no le prestó demasiada atención. Pero a medida que observaba, el ceño se le fue frunciendo. Lo que había dentro de la bolsa era muy poco: unas cuantas camisetas de colores deslavados, dos pantalones largos con la tela ya adelgazada, un suéter con los puños cubiertos de pelusa. Hasta las sandalias arrinconadas en un extremo tenían la suela remendada.
Sebastián advirtió cómo Valeria doblaba cada prenda con sumo esmero, como si aquellas piezas raídas fueran un tesoro de valor incalculable.
—¿Toda tu ropa es esa?
La pregunta hizo que Valeria detuviera las manos.
—Sí.
—¿No tienes nada más?
—Antes tenía algunas más. Pero se rompieron, así que las usé de trapo. —Valeria esbozó una sonrisa breve.
Sebastián se quedó callado. Recorrió con la vista el contenido de la bolsa que iba a pasar al armario. No le costó adivinar: la mayoría de esas prendas no habían sido compradas nuevas.
—¿Es ropa usada?
Valeria asintió despacio.
—Sí.
—¿De quién?
—De Camila —respondió Valeria con total naturalidad, sin el menor rastro de vergüenza—. Cuando a Camila le aburría algo o ya no le quedaba, me lo daba.
Sebastián soltó el aire con lentitud. Sin saber bien por qué, sintió otra vez esa presión en el pecho.
El informe de Ignacio de unos días atrás no había reflejado toda la realidad. Incluso la ropa que Valeria había llevado puesta durante años eran sobras de su prima.
Valeria sacó entonces un par de conjuntos nuevos que seguían guardados con pulcritud en una caja. Sonrió levemente. Sus dedos acariciaron la tela de color crema.
—Estos me los regalaste tú con los regalos de boda. Son preciosos. —Un brillo de felicidad le iluminó los ojos—. En toda mi vida nunca había tenido ropa tan bonita.
La frase sonó sencilla, pero a Sebastián le resultó cada vez más difícil de escuchar. Abrió el armario destinado a Valeria. Era un mueble enorme, y sin embargo, cuando toda su ropa estuvo colocada, apenas ocupaba la mitad de un estante. El resto del espacio quedó vacío, a la vista.
Sebastián cerró la puerta del armario con calma.
—Valeria.
—Dime.
—Prepárate.
Valeria parpadeó, desconcertada.
—¿A dónde vamos?
—De compras.
—¿De compras? —Los ojos de Valeria se abrieron más, como si no acabara de creerlo.
—Sí. —Sebastián respondió sin rodeos—. Ve con Lucía o con quien pueda acompañarte. Esteban las llevará en el auto.
Valeria seguía sin salir de su asombro.
—¿Y tú?
—Tengo que revisar el almacén con Ignacio. —Sebastián tomó el reloj de la mesa—. Hay bastante trabajo pendiente.
Valeria asintió despacio.
—Está bien.
—Pero... —Valeria titubeó—. Todavía tengo ropa.
Sebastián negó con la cabeza.
—No es suficiente. Ahora eres mi esposa. —Su tono se mantuvo llano, pero categórico.
—En los próximos días va a venir mucha gente a la casa. Socios comerciales, administradores de la finca, personas relacionadas con la familia. —Sebastián la observó con calma—. No quiero que te sientas menos.
Valeria bajó la cabeza. Aquellas palabras le calentaron el corazón.
—Tampoco quiero que nadie te menosprecie solo por la ropa que llevas puesta.
Valeria entendió la intención de Sebastián. No era cuestión de vanidad. Ella llevaba ahora el apellido Montemayor. Como esposa, también tenía que aprender a cuidar su apariencia. No para presumir, sino como forma de respetarse a sí misma y a la familia que la había aceptado.
—Está bien. —La forma de llamarlo le salió ya con naturalidad.
Sebastián asintió brevemente.
—Ah, una cosa más.
Valeria giró la cabeza.
—Compra un teléfono nuevo.
Valeria tocó por instinto el teléfono viejo que guardaba en el bolsillo de la falda.
—Este todavía funciona.
—Tiene la pantalla rota. La batería se agota enseguida. Es un modelo antiguo que no admite casi ninguna aplicación —observó Sebastián—. Me fijé la primera vez que nos vimos.
Valeria sonrió con timidez.
—Todavía enciende. Con eso me basta.
—¡Compra uno nuevo! —replicó Sebastián, sin dar lugar a réplica.
Echó un vistazo a la pantalla de su propio teléfono y lo guardó de nuevo en el bolsillo.
—Ya te transferí cinco mil dólares a la cuenta.
Valeria abrió los ojos de par en par.
—¿Cin-co mil dó-la-res?