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BAJO LA CLAUSULA DE TU AMOR

BAJO LA CLAUSULA DE TU AMOR

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:5.6k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 20. EL FILO DE LA SOSPECHA Y EL ABRAZO DE LA LIBERTAD

POV ROCÍO

El miércoles por la mañana amaneció con un cielo plomizo y una llovizna fina que empañaba los ventanales de la casa. El ambiente dentro del hogar era asfixiante, no por los niños, sino por la brutal cuenta atrás que se activaba en nuestros relojes. Era el día de la junta general en la naviera Alva Cruises. El día en que la trampa sobre Alberto Méndez debía cerrarse de forma definitiva.

Mario se vistió en silencio en la tercera planta. Cuando bajó al comedor, llevaba un traje gris marengo de tres piezas que le daba un aspecto de soberano medieval a punto de cabalgar hacia una batalla decisiva. Tenía las facciones rígidas y la mandíbula apretada, pero en cuanto sus ojos conectaron con los míos, la armadura de hielo de su fachada empresarial se agrietó por completo.

—Los agentes de la policía judicial ya se han desplegado alrededor del edificio —me susurró al oído, rodeándome la cintura con un brazo mientras los niños terminaban de desayunar —. Entrarán en la sala de juntas a mitad de la presentación de los informes financieros. Rocío... pase lo que pase hoy, quédate dentro de la casa. He contratado a un equipo de seguridad privada que vigilará el porche exterior hasta que yo regrese. No te separes de Lucas ni de Mía.

El miedo me pinchó el estómago, pero notar la firmeza de su agarre y el calor de su cuerpo pegado al mío me infundió un valor que no sabía que poseía. Mis manos subieron por las solapas de su chaqueta, acomodándole la corbata de seda azul con movimientos lentos, buscando alargar los últimos segundos antes de su partida. El deseo de que todo esto terminara para poder entregarnos el uno al otro sin fantasmas flotando en el aire se volvió una necesidad ardiente en mi pecho. El amor por Mario se había consolidado a un nivel del que ya no había retorno posible.

—Ten mucho cuidado, Mario —le pedí en un hilo de voz, mirándolo fijamente a los ojos—. Alberto Méndez es una hiena acorralada. No tientes a la suerte. Recuerda que nos tienes a nosotros esperándote en esta casa. Te necesito de vuelta. Sano y salvo.

Mario tragó saliva, sus ojos oscuros encendiéndose con una devoción y una pasión contenida que me cortaron la respiración. Se inclinó y me reclamó los labios en un beso corto, pero de una intensidad salvaje, un sello de promesa que me dejó el cuerpo latiendo de necesidad.

—Volveré, mi princesa. Te lo prometo —susurró contra mi boca antes de soltarme, ponerse los zapatos y salir por la puerta hacia la tormenta legal.

Pasé las siguientes cuatro horas metida en un limbo de pura agonía. El silencio de la casa, una vez que el autobús escolar se llevó a Lucas y a Mía a la escuela infantil, se me cayó encima como una losa de cemento. Intenté concentrarme en los inventarios de mis tiendas de moda virtuales, pero mis dedos erraban las teclas del ordenador portátil. Cada diez minutos me asomaba por el ventanal del salón para comprobar que los dos hombres de seguridad privada seguían apostados junto a la verja del jardín. El reloj avanzaba con una lentitud exasperante, torturándome con la imagen de Mario encerrado en una sala de juntas con el asesino de mi familia.

POV MARIO

La sala de juntas de la planta presidencial de la corporación Alva Cruises estaba abarrotada. Los doce miembros del consejo de administración se sentaban alrededor de la kilométrica mesa de cristal, revisando los gráficos de rendimiento que se proyectaban en la pantalla principal. A mi derecha, Alberto Méndez repasaba sus notas con total tranquilidad, luciendo esa sonrisa paternalista y asquerosa que me revolvía las entrañas.

—Como pueden observar en el balance de exportaciones marítimas —declaró Méndez, poniéndose de pie y ajustándose las gafas con una elegancia ensayada—, los márgenes de beneficio de este trimestre han superado nuestras expectativas. La estabilidad de la naviera está blindada.

Me recosté en mi silla de cuero negro, manteniendo las manos entrelazadas sobre el abdomen para ocultar la tensión de mis nudillos. Miré de reojo el gran reloj digital de la pared: las doce en punto del mediodía. La hora exacta.

En ese preciso instante, las pesadas puertas dobles de la sala de juntas se abrieron de golpe con un estruendo metálico que hizo que varios consejeros dieran un salto en sus asientos. Por el umbral entraron seis agentes de la Policía Judicial, vestidos con sus chalecos tácticos oficiales y portando carpetas con órdenes judiciales escritas. Al frente de la comitiva iba el inspector principal encargado del caso de Delitos Económicos.

—¿Qué significa esta interrupción? —protestó Méndez, perdiendo la compostura por primera vez y dando un paso atrás hacia el ventanal—. ¡Esta es una reunión privada del consejo de administración! ¡Exijo que salgan de mi oficina ahora mismo!

—Señor Alberto Méndez —declaró el inspector con una voz potente que retumbó en las paredes de cristal—. Queda usted detenido por orden de la Fiscalía Especial por los delitos de blanqueo de capitales, extorsión continuada, fraude fiscal internacional y por su presunta implicación en el homicidio doloso del ciudadano Víctor Alva en las instalaciones portuarias hace seis meses. Los agentes tienen orden de registrar su despacho y de incautar todos sus dispositivos electrónicos de forma inmediata.

Un murmullo de absoluto espanto se apoderó de los miembros del consejo. Alberto Méndez palideció de golpe, sus ojos de hiena moviéndose con desesperación por toda la sala buscando una salida que no existía. Clavó su mirada en mí, dándose cuenta en un segundo de que el "buen chico" al que había intentado intimidar el lunes por la tarde le había tendido una trampa mortal de la que no iba a escapar.

—¡Has sido tú, maldito bastardo! —escupió Méndez, con la cara desfigurada por la rabia y el pánico, mientras dos agentes le sujetaban los brazos por la espalda y le colocaban las esposas metálicas con un chasquido seco—. ¡Tu padre era el dueño de esa deuda! ¡Tú eres tan culpable como yo por llevar su maldito apellido! ¡Te vas a hundir conmigo, Mario!

—Mi padre murió pagando sus propios demonios, Alberto —respondí, poniéndome de pie despacio y mirándolo desde mi altura de CEO con una frialdad implacable—. Pero tú vas a pasar el resto de tus miserables días en una celda de aislamiento pagando por la muerte de mi hermano y por la ruina de las hermanas Vega. Lleveselo, inspector. La naviera Alva Cruises ya está limpia de parásitos.

Vi cómo los agentes se lo llevaban a rastras por el pasillo flanqueado por cristales ahumados, sus gritos apagándose conforme el ascensor privado descendía hacia el vestíbulo principal. Me dejé caer de nuevo en mi silla de cuero, exhalando un largo suspiro que pareció vaciarme el pecho de toda la tensión acumulada durante días. Se había terminado. El asesino de Víctor estaba bajo custodia y el escudo sobre los niños era definitivo.

Marqué el número de la casa unifamiliar de inmediato con las manos temblorosas por la adrenalina. Al segundo tono de llamada, la voz entrecortada de Rocío respondió al otro lado de la línea.

—¿Mario? ¿Estás bien? Dime algo, por favor —suplicó ella, el pánico latente en su tono.

—Ya se ha terminado, mi princesa —le respondí, y una sonrisa limpia y real me iluminó el rostro por primera vez en semanas—. Alberto Méndez está detenido. La policía tiene los libros contables y todas las pruebas de la extorsión. Lucas y Mía están a salvo. Ya no tenemos que escondernos de nadie. Voy de regreso a casa.

Escuché su sollozo de alivio puro al otro lado del teléfono, un llanto de liberación que me ensanchó el corazón. Colgué el aparato, me quité la chaqueta del traje y salí de la corporación a toda velocidad, deseando con cada fibra de mi ser devorar los kilómetros de carretera que me separaban de la mujer que amaba.

Cuando detuve el coche frente al jardín de la casa unifamiliar, la llovizna fina seguía cayendo, pero el gris del cielo ya no me pareció una amenaza. Entré al recibidor y tiré las llaves sobre el mostrador de la entrada. Rocío estaba esperándome al final del pasillo. Al verme entrar limpio y victorioso, no dudó ni un solo segundo: corrió hacia mí con los ojos brillantes por las lágrimas y se abalanzó sobre mi cuello con una fuerza desmedida.

La atrapé en el aire, rodeando su cintura con mis brazos y levantándola del suelo mientras cerraba la puerta de madera a nuestras espaldas con el pie. Rocío escondió el rostro en mi cuello, llorando de pura felicidad, relajando por fin cada uno de los músculos de su cuerpo. El peligro del orfanato se había disuelto, la sombra de la naviera estaba destruida y el trauma de Iván ya no tenía garras con las que sujetarnos. Estábamos solos en mitad del recibidor, en una tregua limpia y definitiva otorgada por la justicia.

Giré el rostro despacio y busqué sus labios con una urgencia que me quemaba las entrañas. Cuando nuestras bocas se unieron en mitad de ese pasillo iluminada por la claridad de la tarde, el beso no tuvo nada que ver con los consuelos anteriores. Fue un beso apasionado, ardiente, un reclamo mutuo de dos personas que se sabían libres por fin para amarse en condiciones. Mis manos bajaron por su espalda, acariciando la tela de su ropa con una lentitud que la hizo estremecer, presionando su cuerpo contra el mío con una posesividad limpia y respetuosa.

Sentí que su respiración se aceleraba, sus dedos enredándose en mi cabello con la misma necesidad sorda que me dominaba a mí. Estábamos ganando la batalla definitiva a todos los fantasmas, paso a paso, caricia a caricia, y en mitad de ese abrazo protector, supe que el momento que tanto deseábamos estaba empezando a encontrar su propio camino en la intimidad de nuestro nuevo y verdadero hogar.

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Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
Cliente anónimo
Muy linda la historia de amor de Mario y Rocio y su resilencia, además de la protección a sus sobrinos
Carolina Molnár
Excelente historia...
Helizahira Cohen
Excelente novela 👍 muy buena, creo que no la han leído pero fue Excelente
Helizahira Cohen
Esta muy buena, interesante
Helizahira Cohen
se equivoco al irse y abandonar todo pero era una chica que no sabía nada y la hermana una adolescente que asumió el rol de mamá, no supieron manejarlo y se perdieron los mejores años de sus vidas
Helizahira Cohen
Empezó muy bien
EM
muy linda
Zulema Neme
Pobres Niños perder.a sus Padres y Enfrentar a su tía que no visito por tantos años a s Madre Enferma 🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏. Dios los Consuele Angelitos ❤️❤️❤️
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