Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Bajar aquellas escaleras me tomó menos de un minuto.
Cada escalón me acercaba un poco más a los invitados y a todas las posibles preguntas incómodas que harían. Mi hermana bajaba a mi lado, tranquila, mientras yo mantenía una mano sobre la barandilla y trataba de recordar que había crecido haciendo exactamente aquello: entrar en habitaciones llenas de gente sin permitir que nadie notara si estaba nerviosa.
Los primeros en verme fueron mis padres.
Mi madre sonrió de inmediato. Papá me observó durante unos segundos y asintió apenas, ese pequeño gesto suyo que siempre había utilizado cuando algo cumplía con sus expectativas. Después comenzaron a verme los demás y, antes de llegar al último escalón, ya había varias miradas dirigidas hacia mí.
Reconocí casi todos los rostros.
Familiares. Amigos de mis padres. Personas cercanas a los Blackwood. Hombres y mujeres que me habían visto crecer, que habían asistido a mis cumpleaños y compartido momentos con nosotros cuando Samantha y yo todavía éramos niñas.
Las felicitaciones empezaron antes de que pudiera llegar al jardín.
Me obligué a relajar los hombros.
Poco a poco, mi cuerpo empezó a recordar cómo funcionaba aquel mundo.
No necesitaba pensar demasiado en dónde colocar las manos cuando alguien tomaba una fotografía ni en cómo mantener una conversación mientras esperaba que otra persona terminara de saludar a mis padres. Había aprendido demasiado joven a sonreír sin parecer que estaba posando y a mantener una expresión amable incluso cuando quería escapar de una conversación.
Aquella parte de mí seguía intacta.
La prensa permanecía a cierta distancia, cerca de las puertas que daban al jardín. Había cámaras, pero no suficientes para convertir la fiesta en un espectáculo. Al menos todavía no.
No eran ellos quienes me tenían inquieta.
Era Alexander.
No lo veía.
Me descubrí buscándolo casi inmediatamente.
Al principio lo hice sin darme cuenta. Mis ojos recorrían el lugar cada vez que terminaba una conversación, se detenían un segundo en la entrada y después seguían hacia el jardín.
Nada.
Intenté convencerme de que era normal.
Era nuestra fiesta.
Él sabía exactamente qué iba a ocurrir esa noche, cuándo se haría el anuncio y qué pasaría después. Tenerlo cerca simplemente significaba no sentir que estaba enfrentando todo aquello sola.
Eso era todo.
Seguí hablando con algunas personas que no veía desde hacía mucho y respondiendo preguntas relativamente inocentes. Cada pocos minutos, sin embargo, volvía a buscarlo.
Hasta que finalmente lo encontré.
Estaba junto a mi padre, hablando con varios hombres cerca de la terraza.
Y por primera vez desde que había aparecido a las afueras de mi trabajo, me detuve realmente a mirarlo.
Alexander siempre había sido atractivo. Eso no era ninguna revelación. Lo conocía desde niña y había tenido ojos durante todo ese tiempo.
Pero el Alexander que recordaba y el hombre que tenía delante ya no parecían exactamente la misma persona.
A sus treinta años era alto, de hombros amplios, espalda recta y una constitución firme que el traje no conseguía ocultar por completo. No tenía el cuerpo exagerado de alguien que viviera encerrado en un gimnasio, pero sí el de un hombre disciplinado, fuerte, acostumbrado a cuidar cada aspecto de sí mismo con la misma precisión con la que parecía manejar todo lo demás.
El traje negro le quedaba demasiado bien.
La chaqueta marcaba sus hombros y se estrechaba en la cintura. La camisa blanca, la corbata oscura y aquella postura impecable terminaban de darle esa apariencia de hombre que podía entrar en cualquier habitación y hacer que los demás se enderezaran sin saber muy bien por qué.
Su cabello era oscuro, corto a los lados y un poco más largo arriba. Tenía la mandíbula marcada, la nariz recta y unas facciones serias que a veces lo hacían parecer mayor de lo que era.
Pero eran sus ojos los que más llamaban la atención.
Verdes.
Un verde profundo que cambiaba según la luz, más oscuro cuando estaba serio y mucho más claro cuando algo conseguía divertirlo. Eran probablemente la única parte de Alexander que parecía capaz de traicionarlo, aunque él se las arreglara bastante bien para mantenerlos tan controlados como el resto de sí mismo.
Seguí observándolo durante unos segundos.
Sostenía una copa que apenas había tocado mientras escuchaba a quien tenía delante con atención. De vez en cuando inclinaba ligeramente la cabeza, con esa calma suya que siempre daba la impresión de que nada podía tomarlo desprevenido.
Entonces levantó la mirada.
Directamente hacia mí.
No sé cómo me encontró entre tanta gente.
Pero lo hizo.
Sus ojos verdes se quedaron en los míos y sentí algo extraño en el estómago.
No nervios exactamente.
Algo peor.
Alexander dejó de prestar atención a la conversación durante un segundo.
Solo uno.
Su mirada descendió brevemente por mi vestido antes de volver a mi rostro.
Fue discreto.
Lo suficientemente rápido para que cualquiera pudiera pasarlo por alto.
Yo no.
Mi corazón hizo algo ridículo.
Aparté la mirada antes de que él pudiera notarlo y fingí interesarme en cualquier otra cosa que no fuera el hombre al otro lado del jardín.
Cuando volví a mirar, Alexander ya se había separado del grupo.
Venía hacia mí.
Y por primera vez desde que habíamos firmado aquel acuerdo, tuve que recordarme que todo lo que estaba a punto de ocurrir entre nosotros tenía una explicación perfectamente razonable.
Nada más.
Alexander se detuvo frente a mí.
Durante un segundo no dijo nada.
Sus ojos recorrieron mi rostro y después descendieron otra vez por el vestido, esta vez sin tanta prisa. Cuando regresaron a los míos, algo en su expresión había cambiado.
—Eres hermosa.
No te ves bien.
No qué bonito vestido.
Eres hermosa.
Sentí que las mejillas se me encendían.
—Gracias.
Alexander siguió mirándome un instante más.
Y hubo algo en aquella mirada que no supe interpretar.
Era demasiado fija. Demasiado segura. Como si estuviera observando algo que ya había decidido que le pertenecía, aunque ninguno de los dos tuviera derecho a pensar de esa manera.
Aparté la mirada antes de empezar a imaginar cosas que no estaban ahí.
Por suerte, alguien apareció justo entonces para romper el momento.
—Alexander.
Reconocí a Thomas Harrington, hijo de un buen amigo de mi padre, al que veía prácticamente en cualquier celebración importante desde que tenía memoria. Se acercó con una copa en la mano, saludó primero a Alexander y después se inclinó para besarme la mejilla.
—Isabella. Qué bueno verte de vuelta.
—Gracias, Thomas.
Su mirada pasó de mí a Alexander y una sonrisa divertida apareció en su rostro.
—Debo admitir que esto sí no me lo esperaba.
Sonreí con cortesía.
No era la primera vez que escuchaba algo parecido en esta noche y seguramente tampoco sería la última.
—Nos gusta sorprender —respondí.
Thomas soltó una risa.
—Eso parece.
Su mirada descendió hacia mi mano y después regresó a mi rostro.
—Aunque supongo que después de la primera vez, todos estamos más tranquilos con tu elección de ahora.
La sonrisa desapareció lentamente de mi cara.
No hizo falta que dijera ningún nombre.
Alexander giró apenas la cabeza hacia él.
Thomas pareció no darse cuenta.
—Quiero decir, esta vez sí escogiste bien. Qué suerte tienes, Isabella.
No alcancé a responder.
Alexander se me adelantó.
—No es así.
Su voz fue tranquila.
Thomas lo miró, confundido.
Yo también.
Alexander seguía completamente relajado a mi lado.
—No es Isabella la que tuvo suerte.
El hombre dejó de sonreír.
Alexander me miró durante un segundo antes de volver hacia él.
—Soy yo quien va a casarse con ella.
Sentí que mi respiración cambiaba.
Thomas soltó una pequeña risa, probablemente intentando recuperar el tono ligero de la conversación.
—Claro, claro. Solo decía que ahora hizo una elección mucho mejor.
Alexander negó una vez.
—Entonces sigues sin entenderlo.
Su mano se apoyó en mi cintura.
El contacto fue tan natural que tardé un instante en reaccionar.
—A Isabella no le hace falta ningún hombre para saber cuánto vale.
Thomas guardó silencio.
Alexander continuó con la misma calma.
—Podría haber elegido a cualquiera en esta sala y ninguno habría estado a su altura.
Mi corazón dio un golpe tan fuerte que me alegré de que nadie pudiera escucharlo.
Thomas ya no parecía saber qué decir.
Alexander sí.
—Así que, si quieres felicitarnos, felicítame a mí.
Sus dedos se afirmaron apenas sobre mi cintura.
Y entonces me miró.
No a Thomas.
A mí.
—Porque soy yo quien tuvo la suerte de que ella me eligiera.
Por un instante olvidé respirar.
Sentí que aquella frase había quedado suspendida únicamente entre nosotros.
Thomas terminó alejándose con la misma rapidez con la que había aparecido.
Yo seguí mirando a Alexander.
—Eso fue…
No terminé.
No sabía cómo terminarlo.
Alexander arqueó ligeramente una ceja.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
Y por primera vez desde que había llegado a la fiesta, las preguntas dejaron de parecerme lo más peligroso de aquella noche.