Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 20: El primer paso
Los rumores tardaron poco en llegar hasta los comerciantes.
Algunos se limitaron a preguntar si Valentina y Maximiliano eran amigos. Otros fueron más directos y quisieron saber si entre ellos ocurría algo. Valentina respondió siempre lo mismo: trabajaban juntos en un proyecto.
Lo decía con convicción, aunque cada vez le costaba más creer que esa fuera toda la verdad.
Las semanas se habían convertido en meses. El piloto continuaba, los comerciantes habían empezado a participar en las actividades del complejo y los niños recuperaban poco a poco la rutina. El dolor por Gabriel no había desaparecido. Había días en que Valentina podía trabajar y reír con sus hijos; otros, bastaba encontrar una de sus camisas para sentir que volvía a perderlo.
También había aprendido que seguir adelante no era una línea recta.
Aquella tarde, Valentina debía entregar el informe final de la segunda etapa. Clara había solicitado una versión revisada con los comentarios de los comerciantes y el plan para los siguientes tres meses. El trabajo era más extenso de lo previsto y varios datos habían llegado tarde.
Mariana se había marchado para atender una urgencia familiar. Valentina se quedó en una sala de reuniones de Devereaux Group, revisando las últimas cifras.
El reloj marcaba casi las ocho.
—Pensé que ya se habría ido —dijo Maximiliano desde la puerta.
Valentina alzó la vista de la computadora.
—Me falta terminar el apartado de participación.
—¿Cuánto tiempo necesita?
—No lo sé. Depende de si recibo los datos del equipo de desarrollo.
Maximiliano entró y cerró la puerta.
—Ya los pedí. Deberían llegar en unos minutos.
—Gracias.
—¿Ha comido?
La pregunta la tomó desprevenida.
—Sí.
—¿Qué?
—Un café.
—Eso no es comida.
—No sabía que también supervisaba mis cenas.
—No superviso sus cenas. Solo intento entender por qué sigue trabajando después de la hora acordada.
Valentina cerró el documento un momento.
—Porque quiero entregar un informe completo.
—El informe no será mejor si usted termina agotada.
—Y tampoco será mejor si le falta información.
Maximiliano la miró con impaciencia, aunque su voz no subió.
—A veces no sé si discutir con usted es una parte del trabajo o el trabajo entero.
—Podría dejar de darme motivos.
Él soltó una risa baja, inesperada.
—Eso también puedo intentarlo.
Maximiliano dejó sobre la mesa una bolsa con dos emparedados y una botella de agua.
Valentina miró la comida, luego a él.
—¿Esto es otra forma de rescatarme?
—No. Es una forma de evitar que se desmaye sobre el informe.
—No me voy a desmayar.
—Entonces puede comérselo para demostrarme que tengo razón.
—Esa lógica no tiene sentido.
—¿Va a comer o no?
Valentina quiso responder con una de sus réplicas, pero descubrió que tenía hambre. Abrió la bolsa.
—Lo aceptaré porque es comida, no porque crea que me estoy desmayando.
—Como prefiera.
Comieron en silencio durante unos minutos. Afuera, la ciudad se encendía bajo las luces de la noche. Valentina se sorprendió al notar que la presencia de Maximiliano ya no le resultaba tan incómoda como al principio.
—¿Siempre trabaja hasta tan tarde? —preguntó.
—No siempre. Pero hay semanas complicadas.
—¿Y sus hijos? ¿Lo visitan?
—A veces vienen a la ciudad. La mayor parte del tiempo están en España con su madre.
—¿Cuándo los verá de nuevo?
—Mi hija quiere venir durante las vacaciones. Mi hijo todavía no confirma.
—¿Le gustaría que ambos vinieran?
—Sí. Aunque no sé si querrán hacerlo juntos.
—¿Están enfadados con usted?
Maximiliano giró la botella entre las manos.
—No exactamente. Después de mi divorcio, intenté compensar la distancia con dinero y viajes. Creí que era suficiente. No lo era.
Valentina escuchó sin interrumpirlo.
—¿Y ahora?
—Ahora intento estar presente, aunque sea desde lejos. No siempre me sale bien.
—Es difícil ser padre cuando los hijos viven en otro país.
—Usted parece saberlo todo sobre ser madre.
—No. Solo sé lo que significa amar a cinco personas y no poder protegerlas de todo.
La frase quedó en el aire. Maximiliano la miró con una seriedad distinta.
—¿Los niños están mejor?
—Algunos días sí. Otros, no. Isabella intenta hacerse la fuerte. Emilia se ríe mucho cuando está triste. Samuel guarda todo para él. Tomás hace preguntas. Julieta todavía espera escuchar la llave de Gabriel en la puerta.
—¿Y usted?
Valentina bajó la mirada a sus manos.
—Yo sigo aprendiendo a vivir con su ausencia.
—Lo siento.
—No quiero que sienta lástima por mí.
—No siento lástima.
Ella lo miró.
—¿Entonces qué siente?
Maximiliano pareció sorprendido por la pregunta. Se quedó callado unos segundos, como si considerara si debía contestar.
—Admiración —dijo finalmente—. Y algo más que todavía no sé nombrar.
Valentina sintió que el corazón le golpeaba más fuerte.
—No deberías decirme eso.
—¿Por qué?
—Porque no estoy segura de qué puedo ofrecerte.
—No te estoy pidiendo nada.
—Aun así, no quiero que pienses que estoy preparada para una relación.
—No lo pienso.
—Y no quiero que confundas lo que sentimos trabajando juntos con algo que no es.
Maximiliano apartó la botella.
—¿Eso es lo que sientes? ¿Que no hay nada entre nosotros?
Valentina no respondió enseguida.
Recordó la primera reunión, la manera en que él la había puesto a prueba. Recordó la lluvia, la plaza y la conversación con sus hijos. Recordó también que, después de aquel evento, Maximiliano había empezado a escuchar más y a ordenar un poco menos. No se había convertido en un hombre fácil, pero ella ya no lo veía como una pared sin grietas.
—No dije eso —admitió.
—Entonces, ¿qué dices?
—Que todavía amo a Gabriel.
—No espero que lo olvides.
—No sé cómo se hace esto. No sé si puedo acercarme a alguien sin sentir que lo estoy traicionando.
Maximiliano se levantó y caminó hasta la ventana. Por un momento, Valentina pensó que la conversación había terminado.
—Mis hijos no son un recuerdo que deba borrar para seguir viviendo —dijo él—. Y su esposo tampoco dejará de ser parte de usted porque algún día vuelva a querer a alguien.
Valentina sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—¿Y si no es algún día? ¿Y si no puedo?
—Entonces no pasa nada.
—¿Y si solo me siento sola?
—No voy a pedirte que decidas ahora.
Él volvió a la mesa, pero mantuvo una distancia prudente.
—No quiero que hagas nada por culpa, por miedo o porque creas que me debes algo —dijo—. Si alguna vez quieres acercarte a mí, quiero que sea porque tú lo eliges.
Valentina se quedó mirándolo. La frase no le quitaba el temor, pero sí le permitía respirar.
—No estoy acostumbrada a que me den tiempo.
—Yo tampoco estoy acostumbrado a esperar.
—Eso se nota.
—Lo sé.
Ambos sonrieron apenas.
El teléfono de Maximiliano vibró. Él miró la pantalla y la dejó boca abajo. Valentina se sorprendió al verlo ignorar la llamada.
—¿No vas a contestar?
—No. Esta noche no.
—¿Quién era?
—Mi hija. Le devolveré la llamada cuando termine aquí.
—Deberías hablar con ella.
—Sí. Cuando sepa que no voy a atenderla a medias.
Valentina comprendió el esfuerzo que había detrás de esa decisión. No era solo cuestión de tiempo; era aprender a estar presente.
Los datos que esperaban llegaron poco después. Trabajaron juntos durante media hora, revisando cifras y anotaciones. Maximiliano leyó el informe y señaló dos errores menores. Valentina corrigió ambos.
Cuando guardó la computadora, ya eran casi las nueve.
—Ya está —dijo ella.
—Buen trabajo.
—Gracias.
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Valentina podía oír el zumbido de las luces y el murmullo de la ciudad detrás de los ventanales.
Maximiliano se acercó, pero se detuvo a una distancia prudente.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Puedo besarte?
Valentina sintió que el mundo se reducía a esa pregunta. No había una orden ni una exigencia. Él esperaba su respuesta.
Pensó en Gabriel. En los años compartidos, en sus hijos, en el último beso antes de que se marchara a la obra. El dolor apareció, pero no como una prohibición. Era amor, y seguía siendo suyo.
Valentina levantó la mirada hacia Maximiliano.
—Sí —susurró.
Él se acercó despacio y la besó con cuidado. No hubo prisa ni exigencia. Solo un beso suave, contenido, como si ambos supieran que estaban cruzando una frontera delicada.
Valentina apoyó una mano en su pecho. Por un instante, se permitió estar allí, sentirlo cerca y olvidar las explicaciones que tendría que darse después.
Luego el recuerdo de Gabriel la atravesó con tanta fuerza que se apartó.
—No puedo —dijo, respirando con dificultad—. Lo siento.
Maximiliano no intentó retenerla.
—No tienes que disculparte.
—No quiero que pienses que me arrepiento de haber dicho que sí.
—No lo pienso.
—Pero no puedo continuar.
—Lo entiendo.
Valentina tomó su bolso y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió hacia él.
—Necesito tiempo.
—Lo tendrás.
No hubo reproches. Ninguna pregunta más.
En el trayecto a casa, Valentina miró por la ventana. No sabía si aquel beso había sido un error o el primer paso hacia algo que todavía no podía nombrar.
Al entrar, se detuvo frente a la fotografía de Gabriel. Sintió culpa, ternura y tristeza, todo mezclado.
—Sigo amándote —susurró—. Pero no sé qué hacer con este nuevo sentimiento.
La fotografía no respondió.
Valentina apagó la luz y subió a ver a sus hijos. Los cinco dormían. Se quedó junto a sus camas, contemplando sus rostros tranquilos.
No tenía que decidir esa noche si estaba preparada para amar de nuevo. Tampoco podía borrar lo que había ocurrido.
Solo sabía que, por primera vez desde la muerte de Gabriel, había permitido que alguien se acercara.