Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 24
Capítulo 24. Tres millones en la pared
El intermediario le preguntó cuánto estaba dispuesta a gastar.
Renata estuvo a punto de contestar que lo necesario. Se detuvo. Era una respuesta que había dado muchas veces, con la tranquilidad de quien podía dejarle a otra persona la parte desagradable de averiguar cuánto era eso.
Esta vez necesitaba saberlo todo.
Le dio la información de la galería y le pidió que no mencionara su nombre. No quería que preguntara por los cuadros de su casa ni por las compras de Damián. Tenía que acercarse como un cliente, escuchar las condiciones y comprobar qué ocurría con el dinero.
—¿Quieres una obra en particular?
—Quiero saber qué estoy comprando.
Sobre la mesa tenía los documentos que había separado. Antes de enviarlos al abogado había vuelto a mirar las fechas, intentando recordar dónde estaba ella cada vez que su marido pagó uno de aquellos regalos.
En una cena. En un viaje. En la sala de su casa, descalza, buscando en el celular una foto de la pared para enseñársela.
Él se ocupaba del resto.
Renata le había agradecido incluso eso. Que la conociera lo suficiente para elegir algo que le gustara y, además, le ahorrara el trabajo de organizar la entrega y el pago.
Se acordó de una pregunta de la especialista: si conservaba algo más aparte de la información que le había dado su esposo.
Le había parecido una pregunta pequeña. Cuanto más buscaba, más espacio ocupaba.
El intermediario visitó la galería. Renata esperó su llamada con el teléfono al lado y un papel en blanco delante. No quería terminar recordando únicamente lo que más le hubiera dolido escuchar.
—Hay una operación por tres millones —le dijo cuando por fin hablaron.
—¿De pesos?
—Sí.
Renata escribió la cifra. Puso todos los ceros.
—¿Y el cuadro vale eso?
—Ese es el precio que aparece en la venta. Las condiciones que me ofrecieron son otra cosa.
Él le explicó lo que había averiguado. La compra se documentaba por el importe completo, pero una parte del dinero regresaba después, en varios pagos. La galería se quedaba con una comisión.
Renata apoyó el bolígrafo.
—¿Cuánto?
—Quinientos mil.
No contestó enseguida. Miró la primera cifra y escribió la segunda debajo.
—A ver. Yo compro una pintura de tres millones.
—Sí.
—La galería se queda con quinientos mil.
—Esa es la comisión de esta operación.
—Y los otros dos millones y medio vuelven.
—Eso es lo que me ofrecieron.
Renata tachó una palabra que acababa de escribir. Regalo.
Todavía faltaba comprobar que cumplieran. No iba a dar por hecho cada movimiento porque alguien supiera describírselo con voz tranquila. Le pidió los documentos y las condiciones que había conseguido, y acordaron continuar con la compra.
Durante la espera la pintura siguió en la sala. Renata la veía al bajar, al buscar el cargador del teléfono, al pasar hacia la cocina. A veces se detenía delante. Otras caminaba más deprisa para no tener que hacerlo.
No le preguntó a Damián cuánto había costado. Él ya se lo había dicho.
Lo había dicho sin dudar, mirándola a los ojos.
Cuando el intermediario confirmó la compra y empezaron a llegar las devoluciones, Renata abrió la información que le mandaba. Comparó las cantidades con lo que habían acordado y guardó los comprobantes. El dinero estaba regresando de la manera que le habían explicado.
Entonces volvió a llamar a Javier.
—Era cierto.
Le contó la compra. La comisión. Los pagos que ya podían comprobar.
—Mándame todo —le pidió él.
—Ya te lo estoy mandando.
—También lo de las compras anteriores. Hay que ver si se hizo lo mismo y a qué cuentas llegó el dinero.
—La galería es de él.
—Lo sé.
—Y los cuadros me los regalaba a mí.
Javier dejó que terminara.
—Yo los tengo aquí. Los puedo tocar, los puedo cambiar de pared. Si viene alguien, puedo decirle que mi marido me los regaló. Todo eso es verdad. Y mientras tanto…
Se le quebró la voz, pero no de llanto. Tuvo que hacer fuerza para sacar el aire.
—Mientras tanto, yo agradeciéndole al cabrón.
Javier le pidió que no mezclara lo comprobado en aquella operación con lo que aún tenían que rastrear en las demás. Renata lo entendía. No necesitaba que él inventara pruebas para darle la razón.
Lo que le costaba soportar era la facilidad con la que su marido había podido hacerlo sin que ella le preguntara nada.
Había un cuadro en la pared y una cantidad que supuestamente representaba su valor. Bastaba eso para que ella se creyera dueña de algo. No tenía por qué saber de pintura, había pensado. Él sabía. Él pagaba. Él la cuidaba.
—Que se vaya a la chingada con sus regalos —dijo.
Después de colgar dejó el teléfono sobre la mesa, con la pantalla hacia arriba. Allí estaban los mensajes del intermediario. Una venta real, dinero que había salido, dinero que volvía. No era una discusión en la que Damián pudiera tomarle las manos y decirle que había entendido mal una frase.
Volvió a mirar sus cuadros.
No podía afirmar todavía qué había pasado con cada uno. Esa incertidumbre no la tranquilizaba. La obligaba a recordar cada regalo por separado, cada precio, cada vez que había creído que él estaba apartando dinero para darle algo a ella.
¿Cuánto había vuelto? ¿Adónde?
¿Qué habría respondido si ella se lo hubiera preguntado entonces?
Quizá la habría besado en la frente. Quizá le habría dicho que no se preocupara por esas cosas.
Renata sintió un impulso tan fuerte de tirar el cuadro al suelo que tuvo que apartarse de la pared.
No lo tocó. Romperlo no iba a devolverle nada. Además, todavía tenían que averiguar qué había detrás de esa compra.
Fue a la cocina por agua. El vaso le golpeó los dientes al beber. Lo bajó y lo sujetó con las dos manos hasta que dejó de temblarle.
Le molestaba pensar en el agradecimiento. La infidelidad le había llenado la cabeza de escenas que nunca quiso ver; ahora aparecían estas otras, en las que no había nadie escondido. Ella sonriendo, abrazándolo. Ella enseñando algo con orgullo.
Él podía estar pensando en una devolución mientras ella intentaba encontrar las palabras para decirle cuánto lo quería.
—Hijo de puta.
Esta vez la palabra salió entera, sin bajar la voz.
Se quedó en la cocina hasta que pudo volver por el teléfono. Revisó que Javier hubiera recibido todo y abrió después sus redes.
En una publicación antigua encontró una foto de la sala. Al fondo se veía uno de los cuadros. Había comentarios sobre su ropa, sobre la casa, sobre la suerte que tenía.
No borró la foto. Tampoco siguió leyendo.
Buscó las propuestas comerciales que había dejado pendientes. Algunas ya no estaban vigentes. Otras ni siquiera las había abierto. Hasta entonces había podido elegir según le divirtiera el producto, le gustara la marca o le pareciera agradable hacer el video. Si las condiciones económicas eran malas, se negaba; si el trabajo no le interesaba, también.
Ahora fue directamente a las condiciones de pago.
Le escribió a un contacto, pidió información actualizada y esperó con el teléfono en la mano. Luego escribió a otro.
Todavía tenía recursos. No iba a fingir que una tarjeta rechazada la había dejado en la calle. Precisamente por eso tenía que moverse antes de quedarse sin margen, mientras aún podía elegir cómo hacerlo.
Cuando Lucía llamó, Renata estaba leyendo una propuesta para vender productos durante una transmisión.
—¿Qué haces?
—Estoy viendo cómo cobrar.
—¿Cómo cobrar qué?
—Por mi trabajo. Quiero saber cuánto me queda por cada venta y cuándo me lo pagan.
Lucía guardó silencio un instante.
—¿Te respondieron lo de la galería?
Renata miró hacia la sala.
—Sí. Y ahora quiero hacer otra cosa con mi tarde.
Puso el teléfono en altavoz y volvió a la propuesta. Había una cifra que todavía no entendía. La señaló, redactó la pregunta y la envió antes de que se le ocurriera dejar que alguien más se ocupara.