Eliana Casillas nunca soñó con gobernar un imperio criminal. Gordita, bondadosa y aparentemente inofensiva, siempre prefirió mantenerse al margen de las luchas de poder de su familia. Pero cuando las traiciones amenazan con destruir al clan Casillas y la vida de su pequeña hija Chloe corre peligro, descubre que su mayor fortaleza no está en las armas, sino en su inteligencia.
Entre enemigos disfrazados de aliados, secretos familiares y una conspiración que pretende arrebatarle todo, Eliana tendrá que demostrar que subestimarla fue el peor error de sus adversarios.
Con el destino de su hija en juego y la lealtad de los suyos puesta a prueba, la heredera inesperada deberá tomar el control del imperio.
Porque ser gordita no significa ser débil, y tocar a su familia tiene un precio.
¡Fuera cucarach@s! La nueva jefa ha llegado, y no piensa pedir permiso.
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La emboscada
A la mañana siguiente, todo parecía normal. El sol brillaba sobre las calles de la ciudad, la gente iba y venía con sus prisas cotidianas, y nadie habría adivinado que una familia luchaba por su futuro. Santiago y Leonardo salieron temprano hacia la notaría. Antes de partir, Eliana les hizo prometer que se mantendrían en contacto constante por teléfono.
—Si notan algo raro, cualquier cosa que no les cuadre, me llaman de inmediato —les pidió en la puerta—. No sean tercos. La seguridad va primero.
—Tranquila, Eliana. Estaremos atentos —le aseguró Leonardo, aunque su mirada revelaba que él también sentía esa inquietud en el estómago.
Eliana se quedó en casa con Chloe y doña Rosa. Pasó la mañana revisando las anotaciones de la libreta una vez más, memorizando cada nombre, cada fecha, cada advertencia de su padre. Pero a las nueve y media de la mañana, el teléfono sonó. Era Santiago. Su voz sonaba tensa, apresurada.
—Eliana… no vengas. No era coincidencia. Nos siguieron desde que salimos. Al llegar a la calle de la notaría, dos autos nos cortaron el paso. Leonardo está bien, pero estamos rodeados. No llevan placas. No sabemos quiénes son.
—¿Están heridos? —preguntó Eliana, poniéndose de pie de golpe, con el corazón latiéndole desbocado.
—Estamos bien por ahora. Solo nos bloquearon. No nos han atacado todavía. Pero no podemos avanzar. Y necesito que sepas esto: alguien les dio nuestra ruta exacta. No fue casualidad. Alguien sabía a dónde íbamos.
Eliana apretó el teléfono con fuerza. La traición estaba más cerca de lo que creían.
—No bajen del auto. No discutan con ellos. Llamaré al fiscal. Llamaré a nuestra gente. Manténganse en línea conmigo. No cuelgues.
Marcó el número del fiscal rápidamente. Le explicó la situación con claridad y urgencia. El fiscal prometió enviar una patrulla de inmediato, pero mientras esperaban, el tiempo pareció detenerse. Cada minuto que pasaba sin noticias era una eternidad. Y entonces, otro mensaje llegó a su teléfono. No era una llamada. Era una fotografía tomada desde lejos: el auto de Leonardo y Santiago, rodeado por cuatro hombres de rostros cubiertos. Y debajo, un mensaje de número desconocido: “Querías llegar a la verdad. A veces la verdad duele. No busques al notario. No preguntes por nada. O la próxima foto no será solo de un auto. Piensa en tu niña.”
Eliana sintió que se le helaba la sangre. Se sentó en el borde del sillón, temblando, pero obligándose a respirar. No podían ganar si ella se dejaba vencer por el miedo. Tocó el anillo en su dedo, tres veces, como una oración silenciosa. No era señal de peligro todavía. Era señal de que necesitaba pensar con claridad.
—Escúchame bien, Santiago —dijo al teléfono, con voz firme—. No intenten pelear ni salir. Cuando llegue la policía, expliquen todo. Digan que fueron emboscados. Pero no mencionen la libreta ni lo que buscábamos. No queremos que nadie más se entere de lo que tenemos. Vuelvan a casa. No tomen la misma ruta de regreso. Den vueltas. Asegúrense de que nadie los siga. Nos vemos aquí. Y tengan cuidado. Por favor.
—Entendido. Nos vemos allá. Cierra bien la puerta. No abras a nadie hasta que lleguemos.
Colgó. Se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Nadie. Pero eso no significaba que estuvieran solos. Valeria y Ramiro acababan de mostrar su verdadera cara. No solo querían impedir que llegaran al notario. Querían asustarla. Querían que se rindiera por miedo. Y ahí estaba la clave: si la hubieran querido dañar de verdad, ya lo habrían hecho. Todavía necesitaban que ella estuviera viva para firmar documentos, para renunciar legalmente. Mientras ella fuera la heredera legítima, no podían tomar posesión de todo sin su consentimiento. Eso significaba que tenían una debilidad también.
Media hora después, el auto de los primos apareció a lo lejos. Entraron despacio, sin prisa, pero con expresiones serias y preocupadas. Cuando cerraron la puerta tras de sí, se dejaron caer en los sofás, cansados y tensos.
—Nos escoltaron hasta tres cuadras de aquí —dijo Leonardo, frotándose la cara—. Sabían que veníamos. Esperaban exactamente en el punto donde íbamos a llegar. No hay duda: alguien nos delató. Pero ¿quién? Solo nosotros cuatro sabíamos el plan. Nadie más.
—Doña Rosa no sabe los detalles —dijo Eliana, pensando en voz alta—. No se lo conté a nadie fuera de este grupo. Sin embargo, ellos sabían. Y eso significa que nos escucharon, que interceptaron algo, o que… alguien nos ha estado vigilando desde antes de que saliéramos.
Marcos, que había estado en silencio analizando todo, levantó la vista.
—Entonces no podemos ir a la notaría como planeamos. Nos estarán esperando. Si volvemos a intentar lo mismo, nos estarán esperando con algo peor que autos bloqueando el paso. No arriesgaremos nuestras vidas ni las de ellos. Pero tampoco nos rendimos. Cambiamos de estrategia.
Eliana asintió. Tenía razón. La fuerza bruta no era el camino. La inteligencia sí.
—No vamos nosotros a él —decidió de pronto—. Él viene a nosotros. Le pedimos al fiscal que cite al notario a una reunión en un lugar neutral y seguro. Que sea el fiscal quien lo solicite oficialmente. Así no pueden atacarnos en la calle. No sabrán cuándo ni dónde nos reuniremos. Y cuando estemos todos en un lugar seguro, le mostramos las anotaciones de papá. Le preguntamos directamente qué documentos entregó y qué firmas son auténticas. Si él es honesto, nos ayudará. Si no lo es… lo descubriremos en ese mismo instante.
—Es arriesgado —admitió Santiago—. Pero es mejor que caer en su trampa otra vez. Y mientras tanto, reforzamos la vigilancia de la casa. Nadie se acerca sin que lo sepamos. Y Chloe… no sale sola a ningún lado. Ni al jardín. No podemos permitir que usen a la niña como palanca contra nosotros.
Eliana miró hacia el cuarto donde su hija jugaba tranquila, ajena a todo el peligro que la rodeaba.
—Tienen razón —susurró—. Protegernos es nuestra prioridad ahora mismo. Que crean que nos asustamos. Que crean que nos detuvieron. Que bajen la guardia. Porque mientras ellos celebran su pequeña victoria, nosotros estaremos construyendo algo que no podrán destruir: pruebas legales que no se pueden quemar ni esconder. Y cuando menos lo esperen, caerán sobre ellos con todo el peso de la ley. No con armas. Con la verdad.
Leonardo la miró con respeto.
—Tu padre estaría orgulloso de ti, Eliana. No pierdes la cabeza cuando todo se vuelve oscuro. Eso es lo que hace falta en esta familia. Alguien que piense antes de actuar.
—No soy valiente —admitió ella con sinceridad—. Solo sé lo que está en juego. Y sé que si nos rendimos ahora, todo lo que papá construyó con años de trabajo y honor desaparecerá en un instante. No podemos permitirlo. No lo hacemos por dinero. Lo hacemos por justicia. Y la justicia no se rinde por una emboscada. Se vuelve más cuidadosa. Más sabia. Y al final, siempre llega a su destino.
Esa tarde, Eliana llamó al fiscal. Le explicó su propuesta con calma y firmeza. El fiscal aceptó. Quedaron en contactar al notario al día siguiente. Nadie más lo sabría. Nadie más estaría involucrado. Sería un encuentro silencioso, lejos de miradas y oídos ajenos.
Pero mientras ellos planeaban con prudencia, en un despacho alejado, Ramiro golpeó la mesa con rabia al recibir la noticia.
—No caen en la trampa —dijo con voz cortante—. Se están protegiendo. Cambiaron de táctica. Si llegan al notario con el fiscal presente, todo se nos viene abajo. Tenemos que actuar rápido. Antes de que esa reunión ocurra. Si no podemos impedir que hablen con él… entonces el notario no puede estar disponible para hablar con nadie. Por ningún motivo. ¿Entiendes lo que digo? Que desaparezca. Temporalmente, por supuesto. Solo hasta que terminemos de transferir las propiedades. No tiene que pasarle nada malo. Solo… que nadie lo encuentre.
Valeria sonrió con frialdad.
—Eso sí puedo arreglarlo. Unos días de vacaciones forzadas en un lugar tranquilo, sin teléfono, sin contactos. Cuando regrese, ya será demasiado tarde para todos ellos. Perfecto.
Y así, sin que nadie lo supiera todavía, la siguiente pieza del rompecabezas estaba a punto de desaparecer. La pregunta era: ¿llegaría Eliana a tiempo para evitar que la verdad se perdiera para siempre?