Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.
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Capítulo 22
Capítulo 22. Ya no es más que un puñado de cenizas
El dolor le destrozó el corazón.
Así debía sentirse que lo atravesaran miles de flechas.
Nunca olvidaría aquella noche. Le habían provocado el parto a la fuerza y le habían arrebatado a su hijo.
Todavía no sabía si había sido niño o niña. Si se parecía más a ella o a Adrián…
Recorrió las publicaciones de Valeria. Todo era presumir: autos de lujo, bolsos de marca, el poder de sus padres biológicos y el precioso hijo que le había dado a Adrián.
Aquella víbora lo tenía todo.
Ella no tenía nada.
Qué ironía.
Varias veces pensó en buscar a Adrián. No encontraba el valor.
El recuerdo de lo que había sufrido en prisión la hacía retroceder.
Pero su bebé seguía desaparecido. Por él, acabó dando el paso.
Frente a la casa que antes había sido su hogar, sintió arder el pecho. Estaba a punto de tocar el timbre cuando Valeria salió.
Iba impecable, radiante y arrogante. Al ver a Lucía junto a la entrada, se detuvo. Un destello de sorpresa le cruzó los ojos. Enseguida sonrió, satisfecha.
—Mira nada más. Mi querida hermanita. ¿Cuándo terminaste tu «rehabilitación» en la cárcel?
Se acercó sobre sus tacones. La sonrisa hipócrita le dio a Lucía ganas de vomitar.
No pensaba perder tiempo hablando con ella. —Devuélveme a mi bebé.
Fue directa. La expresión de Valeria cambió apenas, pero su sonrisa creció.
—¿Tu bebé?
—¡Sí! ¡Mi bebé! ¡Devuélvemelo!
—Murió. —Lo dijo sin darle importancia—. Adrián dijo que tu bastardo tenía que morir por el bebé que yo perdí por accidente.
A Lucía se le oscureció la vista. Sintió que una hoja afilada le partía el corazón en dos y lo dejaba sangrando.
Agarró a Valeria del cuello de la ropa y se derrumbó. —¡Mientes! ¡Está vivo! ¡Devuélvemelo! ¡Quiero ver a Adrián! ¡Que venga a verme!
—¡Estás loca! ¡Suéltame o te va a ir muy mal! —La amenaza no la detuvo. Lucía tenía los ojos rojos y apretaba cada vez con más fuerza.
A Valeria le empezó a faltar el aire. Llamó enseguida a sus guardaespaldas.
Lucía aún intentaba averiguar dónde estaba su bebé cuando recibió un golpe brutal en la nuca. Perdió el conocimiento al instante.
No supo cuánto tiempo pasó. La despertaron a bofetadas. El ardor de los golpes la fue devolviendo a la conciencia.
Valeria estaba frente a ella, de brazos cruzados, mirándola desde arriba. —Parece que tres años en prisión no te enseñaron a comportarte.
Habló con una intención siniestra. Se inclinó y le hundió un dedo a Lucía en el abdomen.
—Me dijeron que tienes un tumor aquí. Que puede empeorar y matarte en cualquier momento. ¿Es cierto? —Su sonrisa daba miedo—. ¡Péguenle! ¡Sobre todo aquí!
Los hombres estaban esperando la orden. Empezaron a golpearla y a patearla, buscando especialmente el lugar del tumor.
Lucía se hizo un ovillo. No pudo evitar aquella paliza brutal. Los golpes le habían desgarrado la piel, pero ni aquel dolor se comparaba con aquella frase: «Adrián dijo que tu bastardo tenía que morir por el bebé que yo perdí por accidente».
Su bebé.
Las lágrimas le nublaron la vista.
Todavía no podía creer que Adrián fuera tan cruel.
¿De verdad había podido matar a una criatura que acababa de llegar al mundo?
Valeria la agarró con fuerza del cabello corto. Incluso sin maquillaje, aquel rostro seguía siendo tan hermoso que los celos la hicieron arder de rabia. —¿Sabes quién soy ahora? ¡La hija de los Montes! ¡Y pronto voy a ser la señora Beltrán! ¡¿Con qué vas a enfrentarte a mí?!
Le dio una patada y la apartó. Lucía no tenía fuerzas para resistirse. Valeria sonrió con frialdad. —¿No querías que te devolviera a tu bebé?
Lucía se estremeció. Con la vista borrosa, distinguió en la mano de Valeria un frasco de vidrio del tamaño de un puño. Dentro había un polvo blanco.
—Aquí está.
¿Qué?
Sintió que le vaciaban toda la sangre, que le arrancaban la carne hasta dejarla reducida a huesos.
Todo se volvió negro. Solo oyó la voz siniestra de Valeria. —Qué lástima. Un bebé recién nacido, gordito, de piel clarita, de carne y hueso. Ahora no es más que un puñado de cenizas.
—Adrián dijo que ese bastardo estaba mejor muerto. Eso te pasa por hacerme enojar todo el tiempo.
—Ah, por cierto. Era una niña. Pero le daba tanto asco que ni siquiera quiso verla. Mandó que se deshicieran de ella como fuera.
—Si quieres estas cenizas inútiles, llévatelas. —Valeria parecía estar haciéndole un gran favor. Su sonrisa era aterradora.
Lucía apenas seguía consciente por el dolor. No veía nada. Solo al oír aquellas palabras consiguió enfocar otra vez.
Con los ojos enrojecidos, vio que Valeria lanzaba el frasco muy alto. Quiso levantarse para atraparlo. Uno de los hombres le pisó la espalda y la dejó inmovilizada.
El vidrio estalló.
El frasco se hizo pedazos frente a ella. Las cenizas se desparramaron por el suelo. Algunas le salpicaron la cara.
Lucía abrió los ojos rojos de par en par. Al ver las cenizas por todas partes, se quebró por completo.
—¡Ah!
El grito le desgarró el pecho. Entre los dientes blancos tenía la sangre de la paliza. Su aspecto era insoportable de mirar.
Adrián acababa de llegar a la puerta del sótano cuando oyó aquel alarido.
Le dolió el corazón sin razón. Alzó la vista y vio a una mujer de cabello corto arrodillada, recogiendo el polvo del suelo con ambas manos, como si hubiera perdido la razón.
Al verlo, Valeria mostró enseguida una expresión dolida. —No quería tratarla así, Adrián. Pero pienso en nuestro bebé, en cómo lo mató, y no puedo soportarlo…
Acababa de darse una razón aparentemente justa para hacerle daño.
Adrián quedó paralizado. Miró a aquella mujer desesperada, sin poder creerlo.
Era Lucía.
Mientras la observaba, ella levantó la cabeza. Tenía la cara amoratada e hinchada y sangre en los labios. Solo los ojos seguían tan claros como siempre.
Al encontrarse con su mirada, él sintió una alarma inexplicable.
Lucía nunca había imaginado que volvería a verlo en aquellas condiciones.
Apretó los dientes y reunió sus últimas fuerzas para correr hacia él. Con las manos llenas de sangre y ceniza blanca, lo agarró del cuello de la camisa. —¡¿Por qué, Adrián?! ¡¿Cómo pudiste?! ¡También era tu hija! ¡¿Cómo puedes ser tan cruel?!
Él se quedó desconcertado ante aquella mujer que le gritaba. Su voz salió tan fría como antes. —¿Desde cuándo tú y yo tenemos una hija? ¿La cárcel te dejó mal de la cabeza?