La niñera de la mafia
Su esposo la envió a trabajar a una mansión con la esperanza de que muriera y así cobrar su seguro de vida. Pero el destino tenía otros planes para ella.
Contratada como cuidadora personal de un mafioso ciego, malhumorado y temido por todos, pronto descubrirá que convivir con ese hombre será mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Él no puede verla, pero ella está a punto de convertirse en su mayor obsesión.
Y cuando la mafia descubra quién se atrevió a ponerle las manos encima a su mujer, será demasiado tarde para arrepentirse.
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Capitulo 12
Valeria terminó de desayunar y se recostó ligeramente en la silla, disfrutando de la tranquilidad del jardín.
Damián, por su parte, parecía de un humor excepcional. Había comido más de lo habitual y, aunque seguía manteniendo su habitual expresión seria, ya no parecía tan ansioso por regresar a su habitación.
Ella lo observó con curiosidad.
—Bueno, señor Damián, creo que cumplí mi parte del trato. Saliste de tu habitación, desayunaste al aire libre y no ocurrió ninguna tragedia.
—Todavía no.
Valeria soltó una pequeña risa.
—Espero que no estés planeando ninguna.
Damián dejó la taza sobre la mesa y giró el rostro hacia ella.
—¿Qué me pedirás? —preguntó Valeria—. Recuerda que prometí hacer algo que me pidieras y que no podría negarme.
Él sonrió.
Fue una sonrisa auténtica, amplia y espontánea, que transformó por completo su rostro.
Valeria se quedó mirándolo.
Era la primera vez que lo veía sonreír desde que había llegado a la mansión.
Hasta entonces, Damián había sido un hombre de ceño fruncido, respuestas cortantes y una irritación casi permanente. Verlo así la tomó completamente por sorpresa.
Por un instante, incluso olvidó que estaba esperando una respuesta.
Damián, ajeno a su asombro, se inclinó ligeramente hacia delante.
—Quiero que te divorcies.
Valeria se atragantó con el jugo.
—¡¿Qué dijiste?!
Tosió varias veces, llevándose una mano al pecho mientras buscaba una servilleta. Damián frunció el ceño al escucharla toser.
—¿Estás bien?
—¡¿Cómo voy a estar bien después de que me pidas semejante cosa?!
—Acabo de hacerlo.
—¡Eso ya lo escuché!
Damián no se arrepintió de sus palabras. Al contrario, parecía bastante satisfecho con su petición.
—Quiero que te divorcies de tu esposo. No lo necesitas. Ahora tienes que cuidar de mí.
Valeria lo miró con la boca entreabierta.
¿En qué momento habían pasado de desayunar tranquilamente en el jardín a discutir su matrimonio?
—Pero... —intentó protestar.
—Dijiste que harías lo que te pidiera y que no podrías negarte —la interrumpió él—. Esto es lo que quiero.
Valeria bajó la mirada hacia su vaso.
La petición era tan inesperada que no sabía cómo responder. Una parte de ella quería recordarle que su matrimonio no era asunto suyo, pero otra, mucho más cansada, no encontraba motivos para defenderlo.
Su esposo tenía una amante.
La había recibido en su propia casa con otra mujer vestida con su ropa. Ni siquiera había intentado fingir arrepentimiento. En lugar de eso, la había empujado al suelo y le había dicho que debería haber muerto.
Valeria todavía recordaba aquellas palabras.
Deberías haber muerto.
Apretó los dedos alrededor de la servilleta.
Su matrimonio llevaba tiempo roto. Quizá ella había sido la última en darse cuenta.
—De todas maneras, él ya tiene a alguien más —murmuró.
Damián permaneció en silencio.
—Cuando fui a mi apartamento, encontré a una mujer con él —continuó Valeria—. No parecía una visita casual. Ella estaba usando mi ropa y él actuó como si yo fuera la intrusa.
No añadió nada más.
No necesitaba contarle todos los detalles para que Damián comprendiera que aquel encuentro había sido doloroso.
—¿Te hizo daño? —preguntó él.
Valeria tardó un momento en responder.
—Me empujó.
La mano de Damián se cerró alrededor del bastón que descansaba junto a su silla.
—¿Tu esposo?
—Sí.
La expresión de Damián perdió toda su alegría.
Por un instante, el ambiente tranquilo del jardín pareció cambiar. No hizo falta que levantara la voz ni que formulara una amenaza. La tensión de su mandíbula bastaba para mostrar cuánto le desagradaba aquella información.
—¿Y todavía piensas regresar con él?
Valeria negó lentamente con la cabeza.
—No. Creo que esa historia ya terminó.
Decirlo en voz alta le produjo una extraña sensación de vacío. Había imaginado muchas veces cómo sería su vida matrimonial, pero nunca había pensado que acabaría así, convertida en alguien a quien su propio marido deseaba ver desaparecer.
Sin embargo, no iba a quedarse aferrada a una relación que ya no existía.
—Si me divorcio, probablemente sea lo mejor para mí —añadió—. No quiero volver a verlo.
Damián relajó ligeramente los dedos.
—Entonces hazlo.
Valeria levantó la mirada hacia él.
—Está bien.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Que está bien. Me divorciaré.
Él inclinó la cabeza, como si necesitara asegurarse de haber escuchado correctamente.
—¿De verdad?
—Sí, Damián. No hace falta que me lo preguntes tres veces.
La incredulidad en su rostro era evidente.
Había esperado una discusión. Tal vez que Valeria se enfadara, lo acusara de entrometerse en su vida o se negara rotundamente a cumplir su petición.
Incluso había considerado la posibilidad de que intentara marcharse, obligándolo a buscar una manera de convencerla para que se quedara.
Pero ella había aceptado.
Sin gritos.
Sin amenazas.
Sin pedirle nada a cambio.
Damián sintió una satisfacción que no pudo disimular.
—Bien —dijo, recuperando la sonrisa—. Hablaré con mi abogado lo antes posible.
Valeria lo miró fijamente.
—Espera un momento. ¿Tú ya tienes un abogado preparado para divorciarme?
—Tengo abogados para muchas cosas.
—Eso no responde a mi pregunta.
—No necesito responderla.
Ella suspiró.
Por supuesto. Estaba tratando con un hombre que podía organizar un divorcio con la misma facilidad con la que pedía el desayuno.
—Hay algo que debes entender —dijo Valeria—. Acepté divorciarme porque mi matrimonio ya está terminado. No porque quiera que decidas qué hacer con mi vida.
La sonrisa de Damián se desvaneció un poco.
—Lo sé.
—Y tampoco significa que ahora te pertenezca.
Él guardó silencio.
Aquella aclaración no le gustó tanto como la anterior, aunque no podía reprochárselo. Valeria había aceptado divorciarse, no convertirse en su propiedad.
—No he dicho que me pertenezcas —respondió finalmente.
—Más te vale.
Damián giró el rostro hacia ella.
—Pero seguirás cuidándome.
Valeria lo estudió unos segundos.
—Ese es mi trabajo.
—Bien.
Él volvió a sonreír, esta vez con discreción.
Valeria no pudo evitar observarlo de nuevo. Seguía resultándole extraño verlo tan contento, especialmente después de una petición que, en cualquier otra circunstancia, habría provocado una discusión monumental.
—¿Por qué quieres que me divorcie? —preguntó de pronto.
Damián se quedó callado.
Podría haberle dicho que no quería que volviera con un hombre que la había lastimado. Que le desagradaba imaginarla regresando a un lugar donde la habían tratado de aquella manera.
También podría haber reconocido que la idea de que siguiera casada con otro hombre le provocaba una incomodidad que no sabía explicar.
Pero ninguna de esas respuestas salió de su boca.
—Porque necesitas empezar de nuevo —dijo al final.
Valeria bajó la mirada.
No esperaba aquella respuesta.
—Puede ser.
Damián extendió la mano sobre la mesa, buscando el borde de su taza.
—Además, sería conveniente que tu situación legal estuviera resuelta. No quiero problemas innecesarios dentro de mi casa.
Valeria soltó una pequeña risa.
Ahí estaba otra vez el hombre que necesitaba convertir cualquier gesto de consideración en una cuestión práctica.
—Por supuesto. No vaya a ser que mi divorcio perjudique la reputación de la familia.
—Exactamente.
Ella negó con la cabeza, pero esta vez no insistió.
Había aceptado divorciarse. Lo haría por sí misma, para cerrar aquella etapa y recuperar el control de su vida.
Lo que Valeria no sabía era que Damián llevaba varios minutos imaginando cómo sería su futuro una vez que aquel matrimonio dejara de existir.
Y tampoco sabía que, para un hombre que había pasado siete meses encerrado en su habitación, aquella pequeña decisión representaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Damián volvió a tomar su taza.
Su sonrisa permaneció en sus labios.
Por primera vez en mucho tiempo, tenía algo que esperar.