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Lazos De Hierro Y Terciopelo

Lazos De Hierro Y Terciopelo

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:846
Nilai: 5
nombre de autor: luisanyelis

trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas

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capitulo 2 segunda parte

—¡Suéltame, Ethan! —gritaba ella, pero él no se detuvo hasta llegar a su coche, un Lamborghini negro mate estacionado en el lugar reservado para los donantes de la universidad.

La metió en el asiento del copiloto y cerró la puerta. Él rodeó el coche y se sentó al volante, arrancando el motor con un rugido que hizo vibrar el asfalto.

—¿Qué te pasa? —exigió ella, golpeando el tablero.

Ethan no respondió hasta que salieron del campus a toda velocidad. Se detuvo en un mirador desierto y golpeó el volante.

—¡Lo que me pasa es que no te das cuenta del peligro en el que estás! —le gritó—. Ricci es un drogadicto y un abusador. ¿Crees que te invitó por tu personalidad? ¡Quería usarte para llegar a mí o a tu padre!

—¡Puedo cuidarme sola! —chilló Elena, con lágrimas de frustración en los ojos—. ¡Me asfixias, Ethan! ¡Todo el tiempo estás ahí, como una sombra! Quiero ser normal, quiero que alguien me invite a salir porque le gusto, no porque soy una “Valerius” o tu “prometida”.

Ethan se giró hacia ella, su respiración agitada. Se acercó tanto que ella pudo ver los pequeños destellos dorados en sus ojos verdes.

—No eres normal, Elena. Nunca lo serás. Y si quieres saber lo que es que alguien te invite porque le gustas… —Se detuvo, su mirada bajando a su boca con un hambre voraz—. Me gustas tanto que me duele, Elena. Me gustas tanto que me vuelvo loco cuando alguien te mira. Pero no es solo gusto. Es que eres parte de mí.

Antes de que ella pudiera responder, Ethan acortó la distancia y la besó. Fue un beso brusco, desesperado, lleno de años de tensión acumulada, de promesas silenciosas y de una posesividad que por fin encontraba salida. Elena, aunque quiso resistirse al principio, terminó enredando sus dedos en el cabello negro de él, respondiendo con la misma intensidad.

Era el primer beso de verdad. El beso que confirmaba que su destino estaba sellado no solo por sus padres, sino por el incendio que ardía entre los dos

El interior del Lamborghini de Ethan olía a una mezcla embriagadora de cuero italiano nuevo y el aroma personal de él: ese perfume amaderado con notas de bergamota que Elena reconocería en cualquier parte del mundo. La luz de la luna se filtraba por el parabrisas, bañando la piel de porcelana de Elena en un tono azulado y casi místico.

El beso continuaba, y no era el beso de un cuento de hadas. Era un choque de voluntades. Las manos de Ethan, que antes sujetaban el volante con fuerza, ahora estaban enredadas en el cabello rubio cenizo de Elena. Él podía sentir la suavidad de cada hebra, el calor del cuero cabelludo de la chica y la forma en que ella temblaba bajo su toque. Sus dedos, largos y fuertes, bajaron por su nuca, enviando oleadas de electricidad por la columna de Elena.

Ella, por su parte, sentía que el mundo se desvanecía. Sus manos pequeñas se aferraban a la chaqueta de cuero de Ethan, sintiendo la textura rugosa del material y la solidez del pecho que latía con fuerza debajo. El corazón de Ethan golpeaba rítmicamente contra las palmas de ella, una confesión muda de que, a pesar de su fachada de piedra, ella lo afectaba más de lo que él jamás admitiría.

Ethan se separó apenas unos milímetros, sus labios aún rozando los de ella mientras hablaba con una voz rota por la necesidad.

—Elena… —susurró él. Su aliento cálido chocaba contra su rostro—. Si seguimos esto, no habrá vuelta atrás. No soy un caballero. No soy un hombre paciente. Si te reclamo ahora, te reclamaré para el resto de mi vida.

Elena lo miró. Sus ojos avellana estaban nublados por el deseo y la confusión. En ese momento, se fijó en los detalles de Ethan que nunca antes se había permitido observar de tan cerca: la pequeña cicatriz en su ceja izquierda que se hizo al caerse del caballo a los diez años, la forma en que sus pestañas negras proyectaban sombras sobre sus pómulos altos, y la intensidad de ese verde en sus ojos que parecía querer devorarla.

—Siempre has dicho que ya soy tuya, Ethan —respondió ella, con la voz apenas un hilo, pero cargada de desafío—. ¿Tienes miedo ahora de que sea verdad?

Esa fue la chispa final. Ethan emitió un gruñido bajo y volvió a capturar sus labios, esta vez con una posesividad que le quitó el aliento. Sus manos bajaron por la espalda de ella, delineando la curva de su columna sobre la seda fina de su blusa. La piel de Elena ardía bajo el contacto. El espacio en el deportivo se sentía cada vez más pequeño, más privado, más cargado de una tensión que llevaba años cocinándose a fuego lento.

Él empezó a besar su cuello, justo en ese punto sensible debajo de la oreja que la hacía suspirar. Elena echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta larga y pálida.

—Mía —repitió él contra su piel, marcando cada sílaba con un beso—. Cada centímetro. Cada pensamiento. No dejes que Ricci, ni ningún otro imbécil, vuelva a ponerte una mano encima. Porque no responderé de mis actos.

—Eres un posesivo… —logró decir ella entre jadeos, mientras sus manos bajaban por los hombros anchos de él, maravillada por la diferencia de tamaño entre ambos—. Un monstruo controlador.

—Tu monstruo —corrigió él, subiendo una mano para acunar su rostro y obligarla a mirarlo—. El único que tiene permitido destruirte y reconstruirte.

La noche en el mirador se volvió un refugio silencioso. El motor del coche ya se había enfriado, pero el calor dentro de la cabina era sofocante. Ethan se detuvo un momento para observarla. Elena tenía los labios hinchados y el cabello desordenado; se veía hermosa y salvaje. Él, con su mandíbula apretada y la mirada oscurecida, parecía un depredador que finalmente había atrapado a su presa, pero que se negaba a herirla.

Se quedaron así por lo que parecieron horas, simplemente respirando el mismo aire, compartiendo el silencio de las montañas que rodeaban la ciudad. Elena apoyó la cabeza en el hombro de él, y por primera vez en años, Ethan se permitió relajar los músculos. La rodeó con su brazo, protegiéndola del frío imaginario.

—Tenemos que volver —dijo él finalmente, aunque no hizo ningún movimiento por arrancar—. Tu madre me llamará en diez minutos si no estás en la puerta de tu casa.

—Déjala que llame —murmuró Elena, cerrando los ojos y disfrutando de la seguridad que, a pesar de todo, solo los brazos de Ethan le brindaban—. Solo por cinco minutos más, quiero ser solo Elena. No la heredera Valerius, no la prometida de Steelwood. Solo yo.

Ethan apretó el agarre, depositando un beso casto en la coronilla de su cabeza.

—Para mí, siempre has sido solo Elena. La niña que le puso cintas a mis soldados.

Esa noche, la relación cambió de color. Dejaron de ser piezas en un tablero de ajedrez para convertirse en cómplices de un secreto que quemaba. Sin embargo, ambos sabían que la luz del día traería de vuelta las responsabilidades, las empresas y las expectativas de dos familias que no perdonarían ni un solo error.

La evolución de su relación en los meses siguientes fue una danza extraña de afecto y autoridad. Ethan, a sus 18 años recién cumplidos, ya no solo iba a la oficina por las tardes; ahora tomaba decisiones ejecutivas que afectaban la economía de la región. Se había vuelto más reservado, más enfocado. Su cuerpo se había ensanchado un poco más, llenando sus trajes de manera imponente. Medía 1.90 metros exactos y pesaba 90 kilos de puro músculo y determinación.

Elena, por su parte, estaba terminando sus estudios. Se había vuelto más astuta. Había aprendido que podía conseguir lo que quisiera de Ethan si sabía cómo pedírselo.

Era una tarde de martes, cálida y húmeda. Elena estaba aburrida en la mansión Valerius. Sus padres estaban en un viaje de negocios en Singapur, y la casa se sentía como una tumba de lujo. Se miró al espejo: llevaba un vestido corto de algodón blanco que resaltaba su bronceado y unas sandalias sencillas.

Tomó su teléfono y marcó el número privado de Ethan. Él respondió al segundo tono.

—Steelwood —dijo él. Su voz sonaba profesional, rodeada por el ruido de fondo de una oficina llena de gente.

—Ethan, tengo hambre —dijo ella, dejándose caer en su cama con dosel.

Hubo un silencio del otro lado. Elena podía imaginarlo frunciendo el ceño, mirando su reloj de platino.

—Elena, estoy en medio de una auditoría con los directivos del puerto. Son trescientas millones de acciones en juego.

—No me importa —replicó ella, jugando con un mechón de su pelo—. Quiero helado de esa tienda que está cerca de la costa. Y quiero galletas de macadamia. Recién horneadas.

—Llama a Ricardo o a uno de tus choferes. Ellos pueden ir —dijo él, aunque su voz ya no sonaba tan firme.

—No. Quiero que las traigas tú. Si no vienes, llamaré a Dante Ricci para ver si él tiene tiempo para mí.

El silencio que siguió fue gélido. Elena sabía que había tocado un nervio.

—No vuelvas a decir ese nombre, Elena.

—Entonces ven. Soy tu esposa, o casi. Se supone que tienes que cumplir mis caprichos, ¿no es eso lo que decía tu padre? “Cuídala, Ethan”. Bueno, cuidarme incluye alimentarme.

Elena escuchó un suspiro pesado y luego el sonido de una silla arrastrándose.

—En cuarenta minutos estoy ahí. Y más te vale que ese vestido no sea demasiado corto, porque voy a estar de muy mal humor.

Colgó. Elena sonrió victoriosa. Sabía que Ethan dejaría el mundo arder antes de permitir que ella se sintiera ignorada o, peor aún, que buscara atención en otro lugar.

Cuarenta y cinco minutos después, el rugido del motor de Ethan se escuchó en la entrada. Entró a la mansión sin llamar, con la corbata aflojada y la camisa blanca con las mangas arremangadas, revelando sus antebrazos fuertes y las venas marcadas por el estrés. En su mano derecha llevaba una bolsa térmica y una caja de una panadería exclusiva.

—Aquí tienes —dijo, dejando las cosas sobre la mesa del vestíbulo—. Helado de pistacho y galletas. ¿Contenta?

Elena bajó las escaleras saltando, con una sonrisa radiante. Al llegar a él, no tomó la comida, sino que se lanzó a sus brazos. Ethan, por instinto, la atrapó por la cintura, levantándola del suelo.

—Gracias —le susurró al oído, dándole un beso rápido.

Ethan la miró, su expresión de cansancio suavizándose por un instante. La bajó lentamente, pero sus manos se quedaron en su cintura.

—Me hiciste dejar una reunión de millones por diez dólares en dulces, Elena. Eres un desastre para mis finanzas.

—Pero soy tu desastre favorito —respondió ella con desparpajo.

Él la atrajo más hacia sí, pegando sus cuerpos.

—No tienes idea de cuánto. Pero la próxima vez que me amenaces con otro hombre, no traeré helado. Traeré una cadena para no dejarte salir de tu habitación. ¿Entendido?

Elena se rió, pero vio en sus ojos verdes que no estaba bromeando del todo. La posesividad de Ethan era el cimiento de su relación, una sombra que siempre estaba presente, incluso en sus momentos más dulces.

La mansión Steelwood se sentía diferente bajo el mando de Ethan. Ya no era el hogar cálido que Isabella intentaba mantener; ahora era un centro de operaciones. Ethan, a sus 18 años, se había instalado en el despacho que fue de su padre. La habitación era un santuario de madera de nogal, con estanterías que llegaban hasta el techo de seis metros y una ventana panorámica que ofrecía una vista gélida de los rascacielos de la ciudad.

Esa mañana de octubre, la luz del sol entraba de forma oblicua, iluminando las motas de polvo que bailaban sobre el escritorio de mármol negro. Ethan estaba sentado en la silla de cuero, revisando unos balances financieros. Llevaba una camisa de seda negra con los botones del cuello desabrochados y un reloj Patek Philippe que le recordaba cada segundo de su tiempo perdido. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre; llevaba tres días durmiendo apenas cuatro horas.

De repente, la puerta se abrió sin previo aviso. Solo una persona en el mundo se atrevía a entrar así.

Elena Valerius entró como una ráfaga de aire fresco y rebelde. A sus 17 años, estaba en la cúspide de una belleza que empezaba a ser peligrosa. Llevaba su uniforme del colegio privado: una falda plisada de cuadros escoceses que le llegaba a mitad del muslo, una camisa blanca impecable con la corbata de la institución floja y un jersey de punto azul marino. Su cabello rubio cenizo estaba recogido en una coleta alta, dejando al descubierto su cuello largo y elegante.

—Estás encerrado otra vez —dijo ella, dejando su mochila de cuero sobre un sofá de terciopelo de diez mil dólares—. El mundo exterior todavía existe, Ethan. No sé si te enteraste.

Ethan ni siquiera levantó la vista del papel. Su pluma estilográfica seguía firmando documentos con una caligrafía perfecta y agresiva.

—Tengo que terminar esto, Elena. Si los sindicatos del puerto no ven estos contratos firmados para el mediodía, tendremos una huelga. Y tu padre no estará feliz si las exportaciones de Valerius se detienen por mi culpa.

Elena caminó hacia él, sus zapatos de charol haciendo un eco rítmico. Se rodeó el escritorio y se sentó justo encima de los papeles que él estaba leyendo, cruzando sus piernas largas y enfundadas en medias blancas hasta la rodilla.

Ethan se detuvo. Levantó la mirada lentamente, recorriendo las piernas de Elena hasta llegar a sus ojos avellana, que brillaban con una mezcla de diversión y demanda de atención.

—Quítate de ahí —dijo él. Su voz era un gruñido bajo, pero había una nota de derrota en ella. Elena siempre ganaba estos asaltos.

—No. Quiero que me lleves a almorzar —respondió ella, inclinándose hacia él. El aroma a vainilla y flores frescas de su perfume invadió el espacio de Ethan, rompiendo su concentración—. Estoy harta de la comida de la cafetería y de las miradas de envidia de las otras chicas. Quiero salir contigo.

Ethan dejó la pluma sobre el escritorio y se recostó en su silla, observándola.

—Mírate, Elena. Todavía llevas el uniforme. Si te saco así, la gente pensará que soy un depravado que saca a una colegiala de clase.

Elena se rió, una risa cristalina que suavizó por un momento las facciones endurecidas de Ethan.

—Técnicamente, soy tu prometida. Y tú solo tienes un año más que yo, aunque tu cara diga que tienes cuarenta. Además… —se acercó más, rozando su nariz con la de él—… sé que te encanta que use este uniforme. He visto cómo me miras cuando paso por tu lado.

Ethan no lo negó. Sus manos, grandes y marcadas por las venas del esfuerzo, se cerraron sobre los muslos de Elena, justo donde terminaba la falda. La tela de los cuadros escoceses se arrugó bajo su agarre posesivo.

—Me vuelves loco —confesó él, su voz vibrando en su pecho—. Intento mantener este imperio a flote para que tú puedas tener todos los lujos que quieras, y tú solo intentas sabotearme.

—No quiero lujos, Ethan. Te quiero a ti —dijo ella con una sinceridad repentina que desarmó al joven Steelwood—. Sé que desde que murió tu padre no has tenido un respiro. Pero tienes dieciocho años. Por una hora, deja de ser el CEO de Steelwood y sé solo Ethan.

Ethan suspiró, cerrando los ojos por un segundo. La presión constante sobre sus hombros parecía aligerarse cuando Elena estaba cerca. Era su único punto débil, pero también su única fuente de paz.

—Está bien —cedió él, poniéndose de pie y levantándola del escritorio en un solo movimiento fluido—. Pero te pones un abrigo largo. No quiero que todos los hombres en el restaurante se queden ciegos mirando tus piernas. Eres mía, y no me gusta compartir la vista.

Elena sonrió triunfante mientras él tomaba su chaqueta de traje del respaldo de la silla.

—Eres un cavernícola, ¿lo sabías?

—Tu cavernícola —respondió él, tomándola de la mano y entrelazando sus dedos con una fuerza que decía más que cualquier palabra.

Salieron del despacho, pasando por delante de las secretarias y los guardaespaldas que bajaron la cabeza en señal de respeto. Ethan caminaba con la espalda recta, guiando a Elena a través de los pasillos de mármol de la mansión. Afinal de cuentas, el mundo podía esperar una hora. Elena era la única prioridad que realmente importaba en su jerarquía de poder.

El restaurante era un lugar reservado en el piso 50 de una torre de cristal. No había carteles en la puerta; solo se entraba con membresía. Ethan había reservado la mesa de la esquina, la más privada, rodeada de plantas tropicales que creaban una barrera natural.

Mientras esperaban la comida, la atmósfera cambió. El juego infantil de la mansión se desvaneció cuando Ethan recibió un mensaje en su teléfono. Sus facciones se volvieron de piedra nuevamente.

—¿Qué pasa? —preguntó Elena, jugueteando con su copa de agua.

—Nada de lo que debas preocuparte —respondió él, guardando el dispositivo.

—Ethan, no me hagas eso. Si vamos a estar juntos, deja de tratarme como si fuera una muñeca de cristal que se rompe con las noticias.

Ethan la miró fijamente. Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.

—Es el Grupo Vane. Están intentando comprar una de las subsidiarias de tu padre en secreto. Si lo logran, tendrán el control del 20% del mercado de suministros. Mi trabajo es detenerlos antes de que tu padre se entere y cometa un error por impulsividad.

Elena se quedó callada, procesando la información. A veces olvidaba que la vida de Ethan no era solo coches rápidos y trajes caros. Era una guerra constante.

—¿Por qué no se lo dices a mi papá? —susurró ella.

—Porque Marcus es un hombre de honor, Elena. Y en este negocio, el honor te hace matar. Yo no tengo ese problema. Yo haré lo que sea necesario para que nuestra unión sea inquebrantable desde el punto de vista financiero.

Él extendió la mano sobre la mesa y tomó la de ella. Sus dedos acariciaron el anillo de promesa que ella llevaba, una pieza de platino con un diamante pequeño pero de una pureza perfecta.

—Todo lo que hago, lo hago por nosotros —continuó él—. Para que cuando nos casemos, nadie pueda decirnos qué hacer. Ni tu padre, ni mi madre, ni los socios. Seremos dueños de todo.

Elena sintió un nudo en el estómago. La intensidad de Ethan era a veces tan grande que sentía que la consumía. Él no solo la amaba; él la integraba en sus planes de dominación mundial. Era romántico, pero también aterrador.

—A veces me pregunto si alguna vez seremos libres, Ethan —dijo ella con tristeza.

—La libertad es para los que no tienen nada que perder, Elena —respondió él con una frialdad madura—. Nosotros lo tenemos todo. Y eso significa que siempre tendremos que luchar por mantenerlo.

El almuerzo continuó con una conversación más ligera, pero la sombra del futuro ya estaba allí, presente en cada gesto de Ethan. Al terminar, mientras caminaban hacia el coche en el estacionamiento privado, un fotógrafo de prensa rosa intentó saltar la valla para captar una imagen de “la pareja de oro”.

En un segundo, Ethan cambió. Empujó a Elena suavemente detrás de él y se interpuso, su mirada tan letal que el fotógrafo se detuvo en seco.

—Borra eso ahora mismo —ordenó Ethan.

—¡Solo es una foto, Steelwood! El público los ama…

Ethan no esperó. Dio un paso hacia el hombre, y por un momento, Elena vio al depredador absoluto que habitaba en él.

—Si esa foto sale en algún lugar, compraré la editorial para la que trabajas solo para despedirte y asegurarme de que nunca vuelvas a sostener una cámara en esta ciudad. ¿Me has oído?

El hombre, temblando, borró la imagen frente a él. Ethan volvió con Elena, su rostro volviendo a la calma habitual, aunque sus ojos seguían encendidos.

—Vámonos —dijo, abriéndole la puerta del coche—. Tenemos que llevarte de vuelta al colegio antes de que cierren la puerta principal.

Esa era su vida a los 18 años: una mezcla de amor obsesivo, poder absoluto y una vigilancia constante que no permitía errores. Y Elena, a pesar de sus quejas, empezaba a entender que ese era el único mundo en el que sabía respirar.

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Mirna Lobo
que triste que un niño de su edad tenga que hacerse el fuerte por lo riguroso de su educación 😞
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