A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 13
No pude evitarlo: verla ahí, frente a mí, loca por algo que yo ansío desde hace tanto tiempo que ni sé decir cuánto. Terminé cediendo, y mierda, cedería otra vez, y otra, cuantas veces hiciera falta cedería solo por verla gritar mi nombre mientras acaba en mi boca y en mis dedos. Maldita, buena de la puta madre.
Debería parar ahí, mientras no todo estuviera perdido, pero mi cuerpo necesitaba más, mi cuerpo la necesitaba a ella. Y lo sabía, sabía que me arrepentiría después, pero ahora, ahora simplemente no puedo parar.
Me quité los calzoncillos despacio, mientras aún la miraba embriagada por el placer que había sentido.
Volví a ponerme sobre ella, y recién entonces abrió los ojos, unos ojos que parecían estar en otro planeta.
—¿Estás segura de que quieres seguir, Beatriz? De aquí en adelante ya no hay vuelta atrás. —pregunté con mi miembro posicionado entre sus piernas.
No dijo una palabra, solo enganchó las piernas en mi cintura y acomodó el cuerpo de modo que mi miembro quedara justo en su entrada.
—Voy a tomar esto como un sí. Pero si quieres parar solo dilo y paro en el mismo segundo, ¿de acuerdo?
Otra vez no respondió, pero empujó el cuerpo hacia arriba, haciendo que la punta de mi miembro entrara, y jadeé.
—Déjame ponerme el condón primero. —dije con la voz quebrándose.
—No, no quiero nada que me estorbe para sentirte por completo.
—¿Y si te embarazas, Bea? —Todavía intentaba mantener la razón.
—Estoy tomando anticonceptivos desde que decidí que iba a estar aquí contigo, porque quería vivir esta experiencia de forma completa, Renzo. No quiero nada entre nosotros dos.
—Yo… yo nunca lo hice sin condón.
—Parece que no seré la única teniendo la primera vez aquí, entonces. —Carajo.
De nuevo mi mente me gritaba que tenía que parar, pero mi cuerpo estaba entregado y no había nada que me hiciera dar marcha atrás; solo me detendría si ella quisiera parar; de lo contrario, ahora que estoy aquí, voy hasta el final. Al menos, si muero, moriré feliz, porque hice lo que tanto ansiaba.
Empujé mi miembro más adentro y ella tensó el cuerpo.
—Tienes que relajarte. Sé que debe de doler, pero necesitas mantener la calma y relajarte.
Empecé a besar su boca, en un intento de hacerla relajar, y funcionó; fue soltando el cuerpo debajo del mío y, de a poco y muy despacio, fui empujando más adentro.
En cierto momento me mordió, y entendí que el dolor era peor y más fuerte, pero no me pidió que parara, así que continué, despacio, tratando de forzar un poco, y entonces lo sentí, sentí cuando entró del todo. Ahora era oficial: acabo de cometer el mayor error de mi vida.
Me quedé quieto dentro de ella, y ella fue soltando mi labio de a poco. Abrió los ojos y me miró.
—¿Estás bien?
—Parece que soy yo quien debería preguntar eso; no te ves bien.
—Estar dentro de ti y no moverme es el peor tipo de tortura que existe. —Ella miró de inmediato mi mano, creo que fue más instintivo que otra cosa, pero enseguida sus ojos volvieron a encontrar los míos.
—Entonces no te tortures más, guapo.
No necesité oír nada más, empecé a embestirla, despacio al principio, pero pronto ya no tenía control de mi cuerpo. Me movía rápido y con fuerza, y la muy desgraciada gemía, gemía sin parar, echando la cabeza hacia atrás y dejándome con unas ganas enormes de morderle ese cuello.
Me agaché y mordí el lóbulo de su oreja, después bajé besándole el rostro, mientras aún entraba y salía de ella con rapidez.
Sus manos fueron a mi pecho y me arañó, me marcó como suyo. Cómo quería que esas marcas me volvieran de verdad suyo. Pero no voy a enfocarme en eso ahora, voy a aprovechar el momento.
Beatriz impulsó las caderas hacia arriba y enrolló las piernas en mi cintura, apretándome más contra ella, y carajo, sentirla así, piel con piel, era una locura. Tanto que cuando empezó a apretarme por dentro gemí fuerte y me derramé dentro de ella, sin poder controlarlo. Seguí embistiendo despacio hasta que salió la última gota y, mientras tanto, le toqué el clítoris de forma rápida y ágil y sentí cuando ella se liberó, dejándome completamente satisfecho.
Respiré hondo varias veces, mientras la miraba, hermosa de la puta madre, con los ojos cerrados y toda sudada.
Caí a su lado en la cama y cerré los ojos también, para recuperar mi estado normal, aunque quisiera que esa sensación durara para siempre.
—¿Estás bien? —preguntó apoyándose en el codo y mirándome.
—Era yo quien debía preguntar eso, estás toda llena de sangre. ¿Te duele? ¿Te lastimé? —pregunté preocupado.
—Fuiste perfecto. —Me dio un besito—. Pero es que cuando hablaste de tortura pensé en…
—Olvídalo, princesa, ya pasó, son solo cicatrices de una infancia difícil. Pero no tenía nada que ver con lo que quise decir en ese momento.
Asintió y luego se recostó en mi pecho, quedándose ahí en silencio. Me puse a acariciarle el pelo hasta que noté que estaba casi dormida, entonces me obligué a hacerla levantar. Mi cama parecía escenario de guerra, no podíamos dormir en esas condiciones.
—¿Segura que estás bien? —pregunté mientras retiraba la sábana ensangrentada.
Asintió y me sonrió.
—Voy a limpiar aquí; si quieres darte un baño, adelante.
—¿Si te ayudo a limpiar te bañas conmigo? —Solté una risa sincera.
—No necesitas ayudarme a limpiar, y claro que me baño contigo.
Estaba confundido con lo que acabo de hacer, pero la verdad es que, al contrario de lo que imaginaba, no me arrepiento. Aun sabiendo las consecuencias de lo que hice, nada me haría cambiarlo ni hacerlo distinto.